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El fandom de Juego de Tronos está dividido: mientras unos se desilusionan más con cada capítulo que pasa, otros parecen disfrutar a rabiar de esta temporada. Ambos bandos se atacan en Twitter, sobre todo en relación al cambio de Daenerys: muchos dicen que ya se veía venir mientras apoyan a pies juntillas a D&D, otros, los Daeneryliebers, a los que se acusa de ansiar un final Disney, miran horrorizados la pantalla a la vez que despotrican contra los creadores de la serie y amenazan con anegar el mundo en llamas. Si no estás al día de Juego de Tronos, no sé qué haces aquí. Si lo estás, quizás este artículo te ayude a entender qué es lo que está pasando.

Y es que ahora mismo no se habla de otra cosa en el fandom

Las discusiones entre los que claman por lo que consideran un bestial bajón en la calidad de la serie y los que quieren disfrutar esta última temporada sin mayores consideraciones son constantes. A los primeros se los acusa de no ser capaces de admitir los acontecimientos y de ser «malos fans», por justificar los terribles actos de Daenerys; a los segundos se les llama simples, por ser capaces de de conformarse con cualquier cosa que les pongan delante.

Daenerys comenta la última temporada de GoT

«¿Bajón de calidad?», dirán estos últimos. La dirección de la serie es estupenda (sobre todo de los capítulos 3 y 5 de esta temporada), las interpretaciones, la escenografía —salvo por el ya celebre café que no-era-del-Starbucks— o el vestuario están al mismo nivel que siempre. Hay además un montón de batallas, muertes —menos de las que algunos desearían— y giros de guion tan bestiales de esos a los que GoT nos tiene acostumbrados. «Si quieres un final feliz, vete a ver un musical», dirán, para acabar su argumentación. 

Pero es que de lo que hablamos es del guion

No de la trama, no de un final feliz, no de la incapacidad del espectador de aceptar el desenlace de una historia que lleva muchos años siguiendo, sino del guion. Un intangible que no se ve, ni se toca, ni se oye, pero que está detrás de cada decisión de vestuario o fotografía, tras cada plano, diálogo o escena. Del guion, y de su eficacia o ineficacia. Y aceptémoslo, la calidad del guion de GoT ya no es la que era. Y esa es una verdad que ni siquiera la magnífica cinematografía de la serie puede ocultar. 

Todos sabemos que es el guion el que dirige la trama, pero no porque algo esté escrito (y rodado e interpretado) significa que el espectador lo tenga que aceptar aun cuando los engranajes chirrían. El guion debe albergar coherencia, y debe preparar al espectador para lo que está a punto descubrir. Eso no parece estar ocurriendo en el desenlace de Juego de Tronos. Así que, ¿qué es lo que falla en el guion de GoT?

Diálogos

Parece lo más obvio para el espectador. Los diálogos de GoT solían ser gloriosos. Los habitantes de Poniente nos maravillaban con su labia e inteligencia, que parecían reflejar a su vez la inteligencia de los escritores que había detrás. Célebres eran, sobre todo los duelos dialécticos entre Meñique y Varys. Tyrion nos enseñó, allá por el capítulo 1x01 lo útil que resulta la apropiación del insulto, Igritte nos enamoró con su aparentemente simple «You know nothing, Jon Snow», Syrio Forel nos enseñó cómo debíamos responder al Dios de la Muerte (afamada referencia rescatada en el 8x03, para justificar que Arya se apropiara del arco de personaje de Jon, pero de eso hablaremos luego) y Melissandre nos recordaba una y otra vez que «la noche es oscura y alberga horrores». No es difícil recordar lo delicioso que resultaba escuchar diálogos sin fin en las elegantes estancias de La Fortaleza Roja, cuando los Lannister, los Tyrell o los Martell conspiraban unos a espaldas de los otros; las negociaciones de Catelyn Stark con los posibles aliados del Rey en el Norte; o las concurridas reuniones alrededor de un mapa de Poniente, mientras los generales planeaban sus próximos movimientos bélicos…

Ya nos parecía, allá por la temporada seis, que ciertos personajes perdían cierto interés, impresión que se reafirmó en la temporada siete y se afianzó notablemente en la ocho: Tyrion ya no nos enamora con su inagotable ingenio, sino que se limita a caer en lugares comunes, flagrantes errores de juicio y a insultar a Varys en relación a su falta de pene (una y otra vez). Meñique se dedicaba a vagar por Invernalia, como una sombra del que fue, comentando solo obviedades y cayendo víctima de su propio juego. Bronn solo quiere un castillo y Cersei solo quiere elefantes, y las escenas entre Jon y Daenerys nos parecen cursis, insulsas y aburridas, llegando provocar severos ataques de vergüenza ajena. Nunca más que ahora nos han parecido más lejanos los exquisitos complots políticos, venganzas y romances de Juego de Tronos. 

Verosimilitud

Una ficción puede ser fantasiosa, imaginativa, llena de locos giros argumentales o situaciones alocadas, pero nunca puede ser inverosímil. Todo lo que ocurre debe poder ser procesado adecuadamente por el lector/espectador y nunca (jamás de los jamases) debe animarle a decir «¡Menuda fantasmada!».

Hay quien dice que a una serie en la que hay hechiceros, dragones y muertos vivientes no se le puede pedir que sea realista. Pero no hay afirmación más falaz que esa: es sobre todo en este tipo de ficciones, las que desafían lo que el espectador cree real o no, en las que las técnicas de verosimilitud deben hacer mayor acto de presencia. La verosimilitud no tiene tanto que ver con la realidad como con la apariencia de realidad. Cada autor decide cuáles son las reglas que rigen su mundo y lo debe decidir y establecer desde un principio. Así en el mundo de Juego de Tronos ciertos eventos fantasiosos (como la existencia de dragones) están permitidos, pero por lo demás es un mundo regido por las mismas reglas que el nuestro (las leyes físicas o de la gravedad son las mismas que en el nuestro, por ejemplo). Por lo tanto, dentro del contexto de Juego de Tronos nos parece verosímil que existan los dragones, pero no que alguien tire una manzana al aire y esta caiga "hacia arriba". GoT ha dejado, por varias razones, de ser verosímil, y eso no tiene nada que ver con el elemento fantástico de la serie, sino con una falta de coherencia. 

Hay una multitud de ejemplos de esta falta de verosimilitud solo en esta temporada: que todos parezcan olvidarse acerca de la existencia de la Flota de Euron (punto confirmado por el propio Benioff); que Bronn sea capaz de colarse en Invernalia, charlar con los hermanos Lannister y salir por donde ha venido sin que nadie más se entere; que Tyrion le quite las cadenas a Jaime para liberarle y que este, por su cuenta, tenga que salir de la tienda, abandonar el campamento sin que nadie lo vea y entrar en una ciudad que está siendo sitiada (¡y que lo consiga!), que Arya y el Perro consigan también entrar en King's Landing horas antes de la batalla (¿quién puede creerse que se puede entrar en una ciudad amurallada que está siendo sitiada?), que Euron dispare tres veces a Rhaegal y que tres veces acierte, mientras que en la batalla de King's Landing se dispare mil veces a Drogon y no se acierte ni una vez, los múltiples Deux ex machina que pueblan todo el capítulo 8x03, por medio de los cuales muchos personajes son milagrosamente salvados justo antes de morir, que Arya ataque, desde arriba y sin que se nos explique de dónde sale, al Rey de la Noche…

Cabos sueltos

Me encanta la analogía que hace mi adorado FrikiDoctor (cirujano, guionista y friki supremo—echad un vistazo a su canal de YouTube si no lo habéis hecho ya) cuando explica que un guionista debe sembrar para poder recoger luego. Siguiendo la analogía, se podría decir que los guionistas de Juego de Tronos han pecado de intentar recoger sin haber sembrado antes, pero sobre todo, han sembrado mucho que no han querido recoger después. 

Una miríada de cabos sueltos quedan pendientes de respuesta en esta última temporada, y a falta de un solo capítulo ya podemos intuir que no los van a resolver. Algunos personajes han sido despachados literalmente para no tener que terminar sus tramas (casos de Gendry y Fantasma, por ejemplo). Esto echa por tierra el argumento de que no había trama para 10 capítulos en las dos últimas temporadas. Por ejemplo:

—¿Qué escuchó Varys en las llamas tras ser mutilado? Es un misterio que nunca se desvela.

—¿Por qué R'hllor resucita a Jon si no fue para que acabara con el Rey de la Noche? Si bien se nos desvela en la serie que el señor de la Luz resucitó una y otra vez a Beric para que salvara a Arya, aún no se nos ha desvelado la razón de la vuelta de Jon al mundo de los vivos. ¿Lo sabremos en el último capítulo?

—¿Quién era el príncipe —o la princesa— que fue prometido? En la serie nunca se nos nombra a Azor Ahai, tan solo la profecía del príncipe que fue prometido, paladín de R’hllor y motivación principal de Melissandre. Esta trama, de vital importancia hasta la temporada seis, fue abandonada bruscamente. 

—¿Cuál era el objetivo de que Cersei estuviera embarazada? GoT se caracterizaba por ser una ficción que no daba puntadas sin hilo, sin embargo, descubrimos en la temporada siete que Cersei estaba embarazada sin que esto tuviera un efecto real en la trama. Todo hubiera ocurrido virtualmente de la misma forma si ese embarazo nunca hubiera existido.

—La trama del banco de Hierro y la Compañía Dorada. Esta trama parece cerrada, pero en falso. Cersei se curró mucho que el banco de hierro la financiara para poder contratar a la Compañía Dorada, cosa que consiguió (a falta de un par de elefantes), pero ¿de qué le sirvió? De nuevo, nada hubiera cambiado para la soberana de Poniente de no haber conseguido este objetivo. ¿Para qué darle tantas vueltas a una trama que no tiene el menor impacto en el desenlace?

—Robert Arryn y la trama del Valle quedan, literalmente, en el aire. Muchas veces vimos a Sansa hablando (¿conspirando?) con Lord Royce en los primeros capítulos de esta temporada, pero ya parece muy tarde para que nos aclaren si realmente estaba pasando algo.

—¿Para qué viajó Jaime Lannister al norte, luchó en la batalla de Invernalia y se acostó con Brienne de Tarth, solo para volver finalmente al punto de partida? De nuevo, una trama desarrollada que no lleva a ninguna parte.

—Bran y sus habilidades. Primero, la capacidad profética de Bran podría haber ayudado en muchas ocasiones, pero los guionistas no lo quisieron hacer. Según el propio Isaac Hempstead-Wright, Bran le cuenta a Sansa la verdad sobre Meñique... en una escena que fue eliminada del montaje final de la séptima temporada. Podría también haber advertido a Jon sobre Daenerys, y de lo mala que se va a volver. Por otro lado, está su capacidad para wargear, capacidad totalmente infrautilizada desde la muerte de Hodor. Todos esperábamos que durante la batalla de Invernalia fuera a wargear algo importante para influir en el destino de la batalla. No lo hizo, y nadie nos aclara por qué no.

Arcos de personajes

Los arcos de personaje se han convertido de repente en un tema recurrente de conversación, sobre todo por parte de aquellos que intentan (intentamos) explicar qué hay de malo en la octava temporada, y en lo poco que tiene que ver con la incapacidad del espectador de aceptar los hechos que se le muestran si se muestran correctamente. Pero, ¿qué son los arcos de personaje?

Hablando en plata se podría decir que el arco de un personaje es la línea que define su evolución en la historia, el que le lleva desde el punto inicial A hasta el punto final B y que muestra el cambio en su situación, creencias, filiaciones o moralidad. Hay muchos tipos de arcos y muchos autores que defienden uno u otro tipo, pero simplifiquemos al decir que los arcos pueden ser ascendentes, cuando el personaje o sus circunstancias mejoran; descendentes, cuando se da lo contrario; o planos cuando hay pocos o ningún cambio en el personaje o sus características.

Hemos visto arcos de personaje muy complejos en Juego de Tronos, y esa es una de las cosas que siempre me ha gustado más de la saga, tanto literaria como televisiva. No hay más que pensar en la evolución de personajes como Sansa, Arya, El Perro, Jorah Mormont, Jaime Lannister o Theon Greyjoy para entender a qué me refiero. Sin embargo, la evolución de los personajes, sus arcos, deben estar dotados de coherencia y últimamente esa coherencia parece haber caído en picado.

Un ejemplo muy claro, ya citado más arriba, es el caso de Jon. Jon, renacido por la gracia del Señor de la Luz y por mediación de Melissandre parecía postularse muy claramente como paladín de R’hllor. Era muy lógico que fuera Jon quien acabara con el Rey de la Noche, y no solo por mantener la coherencia mitológica. Era también, desde el inicio de la serie, el personaje principal más involucrado con la lucha contra los caminantes blancos y el primero al que vemos acabar con un espectro, allá por la primera temporada. Tenía, además, fuertes razones personales para querer acabar con el Rey de la Noche, tras la derrota sufrida en Casa Austera. Incluso, hubiera sido más lógico que Daenerys acabara con el Rey de la Noche, teniendo también razones personales tras la pérdida de Viserion. Aquí, Arya hace una apropiación de arcos ajenos, al acabar con el Rey de la Noche sin ella tener ninguna vinculación con él. Sí, es inesperado y es espectacular, pero primar la espectacularidad sobre la coherencia no suele dar los mejores resultados.

El de Jaime es otro ejemplo de arco malogrado. Todo indicaba que el del Matarreyes sería un camino de la perdición (chico malo de Poniente, rompedor de juramentos y fornicador de hermanas reales) a la redención, mediante un via crucis a modo de aprisionamiento, mutilación y amistad con la no-caballero más honorable del continente. Cuando a finales de la séptima temporada abre los ojos finalmente con respecto a su hermana gemela y viaja al norte para unirse al equipo de “los buenos”, ese arco de redención parecía casi acabado… para acabar unos cuantos episodios más adelante, fanservice con Brienne mediante, en el punto de partida para morir junto a Cersei por ladrillazo, igual de enamorado de ella que siempre. Un sinsentido.

Sería muy fácil decir, como Daenerylieber que soy, que al arco de personaje de la Reina de Dragones le falta coherencia, aunque no creo que esto sea del todo cierto. En esta entrada del blog de Carlos Pérez Casas se describen los pasos necesarios para trasformar a un héroe en un villano, pasos que D&D parecen haber seguido al pie de la letra. Entonces, ¿por qué parece que el arco de Daenerys no funciona y somos incapaces de asimilar su cambio? 

Quizás la respuesta a esto es la premura con la que este arco inició su camino descendente. Muchos espectadores de la serie hacen ahora un análisis retrospectivo para hacernos ver las ocasiones en las que debimos ver que Daenerys iba a terminar tan loca como su padre, al decir cosas como que iba a conquistar el mundo con sus dragones y blablabla. De nuevo tengo que citar a FrikiDoctor y recordar que, como todo científico sabe, los estudios retrospectivos tienen un importante sesgo. Y la verdad es que los guionistas no nos han preparado para este giro, porque querían sorprendernos, primando de nuevo la espectacularidad sobre la coherencia. Si nos hubieran querido preparar para la caída a los infiernos de Daenerys Targaryen nos podrían hecho sentir alguna empatía por los Tarly, por ejemplo, en vez de mostrar al padre como un hombre inflexible y rígido y al hijo como un lelo. Sentimos por primera vez esas muertes como un hecho malvado por medio del dolor de Samwell Tarly, personaje al que sí que apreciamos, ya entrados en la temporada ocho. Aparte de ese par de comentarios sobre conquistas violentas dichos al vuelo por Daenerys, nunca vemos algo que nos haga dudar de ella. De hecho, el camino recorrido por la Reina Dragón hace que nos involucremos emocionalmente con ella de manera muy profunda, vinculación que no se puede deshacer en dos o tres episodios. Recordemos tan solo que el arco de redención de Theon (uno de los más completos de la serie) empezó allá por la temporada tres, y pasaron dos o tres temporadas completas antes de que realmente empatizáramos con él. Su redención acabó finalmente en el capítulo 8x03, al morir defendiendo a Bran. Se nos conceden veinte o treinta horas de metraje para poder confiar en Theon, pero apenas dos o tres para desvincularnos de Daenerys. Verla, de buenas a primeras, imprecando a Jon o matando civiles indiscriminadamente nos sumerge en una sensación de irrealidad, como si Emilia Clarke estuviera, de repente, interpretando a otro personaje. 

En definitiva, el guion de la octava temporada de Juego de Tronos ( y el de la séptima) está lleno de incongruencias, fallos, agujeros y lugares comunes, muy lejos del nivel que se espera de esta superproducción ampliamente financiada y del que mostraba solo unas temporadas atrás. Cuesta mucho pensar que la única razón de esta bajada en el nivel sea la falta de material en el que basarse (los libros de Martin se agotan al final de la quinta temporada), y sin embargo, esta parece ser la más plausible. Ahora solo queda ver, con cierto desinterés y sensación de trámite, el sexto capítulo de esta temporada, que será el último de una serie que ha caído en barrena. Que los Siete nos cojan confesados. 

La nueva temporada de Juego de Tronos parece no estar satisfaciendo a sus seguidores. Aún sabiendo que nunca llueve a gusto de todos y que ningún final va a satisfacer a todo el fandom, parece intuirse, ya por el capítulo 4, que la trama coge una deriva que muchos no esperaban y que ahora no desean. Además, no parece un problema solo de trama. De alguna manera, muchos parecen (parecemos) intuir que el nivel del guion está bajando peligrosamente, pero ¿es solo un problema de la octava y última temporada, o ya venía de antes? Si no estás al día de Juego de Tronos, más te vale no seguir leyendo.

Vamos a remontarnos a 2016.

Si eres fan de Juego de tronos recordarás que ese fue el año en el que se estrenó la sexta temporada. Por primera vez, la serie despegaba de los libros para volar sola, desarrollando tramas inéditas incluso para los lectores de la saga de Martin. Aquel fue, me parece, el año de la gran explosión de la serie a nivel global, justo cuando el hype de los espectadores era más alto que nunca. Ya no podíannanticiparse ninguno de los acontecimientos de la serie, que por otro lado no decepcionaron a nadie: Jon Snow resurgía de entre los muertos para liderar al norte en contra de la tiranía del Bolton y ganar la épica batalla de los bastardos, a la vez que se nos confirmaba su ascendencia Targaryen. Sansa, adulta y empoderada, parece encontrar su lugar en el mundo. Arya emprende por fin su regreso a casa. Cersei, habiendo enterrado a su último hijo vivo, es proclamada como reina de los Siete Reinos, ganándose con ello una mirada de incredulidad y miedo por parte de su amado hermano Jaime. Su otro hermano, Tyrion, al fin mano de una monarca en la que cree firmemente, pone su ingenio e intelecto en pro de un mundo mejor. Y qué decir de Daenerys, nuestra Khaleesi, que consigue pacificar la antiguamente llamada Bahía de los Esclavos antes de volver sus ojos hacia el Trono de Hierro. Por aquel entonces, el Rey de la Noche aún era solo una amenaza inespecífica, esperábamos con la misma insistencia que Melissandre al príncipe (o princesa) que fue prometido y tres dragones surcaban el cielo. Todo parecía posible en Poniente.

vAquella temporada, magistralmente escrita, no solo nos regaló una trama vibrante y una de las mejores batallas rodadas para la televisión de toda la historia —la batalla de los Bastardos—, sino la enorme satisfacción de que se confirmara la GRAN teoría que los fans llevábamos años barruntando: que Jon era en realidad hijo de Rhaegar y Lyanna Stark, y por lo tanto, un Targaryen. De repente, el título de la saga literaria, Canción de Hielo y Fuego, cobraba más sentido que nunca y todos elucubrábamos con la profecía de las tres cabezas del dragón. Había tres dragones, por lo que debía haber tres jinetes Targaryen. Ya teníamos a dos de ellos, y solo faltaba un tercero. Cuando Tyrion entra en la mazmorra de Meereen donde Rhaegal y Viserion estaban encerrados y sale de allí con vida e ileso, ya casi podíamos imaginarlo junto a Jon y Daenerys, reconquistando poniente a lomos de sus tres dragones, emulando a Aegon el conquistador y sus dos hermanas... Esperanza que murió, miserablemente, cuando vimos a Viserion hundirse en las heladas aguas de un lago al norte del Muro. ¡¡¡¡Arrrrggggggghhh!!!!

Targaryens y teorías de fans aparte

La séptima temporada pareció robarnos mucho más que a uno de los dragones. A diferencia de la sexta temporada, la séptima no supo mantener el nivel argumental y la trama flaqueó peligrosamente, rozando el ridículo en ocasiones —como la infame reunión en Dragon's Pit. Los personajes presentaban reacciones impropios de ellos, cometían flagrantes errores técnicos en sus batallas y mostraban la capacidad casi inhumana de trasladarse de un lado a otro del continente en un abrir y cerrar de ojos (recordemos a Gendry y su enloquecida carrera de vuelta hacia el muro). Por primera vez en Juego de tronos, pudimos verle las costuras a los guiones: qué pretendían los guionistas con tal o cual diálogo, cómo intentaban engañar al espectador con juegos tácticos, cómo forzaban situaciones o incluso romances en pro de hacer avanzar la trama en la dirección deseada. Ejemplo muy claro de esto es la maltratada trama de Invernalia, mal explicada a propósito solo para dar al público la impresión de que las dos hermanas Stark estaban enfrentadas, y preparar la gran sorpresa del juicio a Petyr Baelish, dejándonos el mítico "How do you answer these charges... Lord Baelish?" de Sansa como única satisfacción.

La octava y última temporada parece no estar tampoco a la altura

Ni de las expectativas puestas en ella ni del nivel de calidad que se le supone por los ingentes recursos disponibles. Weiss y Benioff no parecen ser conscientes de que tienen entre manos la última temporada de la que es, probablemente, la serie más grande jamás producida. Ya el primer capítulo fue relativamente flojo. Aunque esperábamos un capítulo de transición (y lo fue) lo que no esperábamos era la pobre redacción de diálogos (sobre todo en la escena de "Cómo entrenar a tu dragón y mantener caliente a tu Reina"). Fue aquí, además, cuando empiezan a pasar cosas porque sí: A Sansa le cae mal Daenerys porque sí, Daenerys y Jon se van de paseo porque sí, Cersei se va a la cama con Euron porque sí, Sam le cuenta a Jon la verdad de su familia porque sí (y porque estaba enfadado con la Khaleesi), etcétera.

El capítulo dos

A pesar de ser uno en el que aparentemente "no pasa nada" resultó estimulante. El guión estaba más hilado que el del primero (de hecho, de los cuatro capítulo emitidos, este es el único que no tiene graves problemas) y los diálogos estaban definitivamente mejor escritos, pero sigue habiendo cosas chirriantes, como la conversión de Tormund en el cómico invitado de la temporada (tendencia que parece vigente hasta hoy), a la vez que se hizo más evidente la intencióndel equipo de guionistas de que le cogiéramos tirria a Daenerys, cuando la hacen reaccionar de manera impropia a su carácter. 

El capítulo tres

Fue al mismo tiempo un prodigio técnico y un desastre narrativo. Aparte de la —muy controvertida— oscura fotografía del capítulo, la (no tan larga) noche de batalla es espectacular. El capítulo tiene buen ritmo, muy buena dirección y bastante decente dirección de actores. La música acompaña magistralmente y verlo (incluso por segunda o por tercera vez) es emocionante. Pero —y aquí viene el GRAN pero— el problema siguen siendo las costuras cada vez más visibles del guión. Cuando ves al ejército Dothraki galopar hacia la oscuridad —y a una más que previsible muerte— sin la menor consideración bélica, casi puedes imaginar a los guionistas en su sala de reuniones diciendo: "¿A que estaría guay ver cómo se van apagando las espadas una a una?". Sí, espectacular es, pero... ¿Hola? ¿Hay algún cerebro dirigiendo esta batalla o solo estamos haciéndonos los chachis? Por otro lado, el capítulo está copado de deux ex machina, y si no pensad: ¿Cuántos personajes son salvados milagrosamente justo antes de morir? Por no hablar del muy épico, sí, pero también muy inexplicable momento en el que Arya sale de la nada para atacar al Rey de la Noche... ¡desde arriba! Que vale, que yo fui la primera que gritó de emoción al ver a Arya hacer algo tan épico (¡Girl Power!) pero ¿de dónde sale? ¿Por qué nadie la ve venir? 

Aparte de lo anticlimático que resulta acabar con el Rey de la Noche a falta de tres episodios para el final, ya parece una pauta que Juego de Tronos deseche las tramas que no le sirven. Pasó con Tormundo y Gosht, mandados más allá del muro en el capítulo cuatro, o Gendry, sacado del juego de tronos contentándolo con Bastión de Tormentas. Ya está claro, a estas alturas de la serie, que no se animarán a aclarar tampoco el origen de Tyrion, al igual que desperdiciaron la trama dorniense. En fin...

Y hablando del capítulo 4

La verdad es que es un desatino total. Tras un muy elaborado y lacrimógeno funeral, los supervivientes de la batalla se pegan un fiestorrón épico. Vaso de Starbucks aparte, la fiesta está llena de escenas inexplicables y lugares comunes, para culminar con el fanservice del Jaime/Brienne y una horripilante escena entre tía y sobrino acerca de su parentesco y derechos royales. Posteriormente, se gestiona muy mal el tema de la herencia de Jon Snow, con una o dos escenas en las que se desvela el secreto que son más bien ridículas. Por si fuera poco, se coloca un cartel de neón sobre Daenerys que nos recuerda que está loca (como su padre). Varys parece haber entrado en pánico, de repente y sin venir a cuento, y a Tyrion (que para más inri lleva dos temporadas sin hacer NADA) se le está pegando tanta tontería. Luego, Bronn se cuela en Invernalia ballesta en mano como si nada para tener una inverosímil conversación con los hermanos Lannister. Y cuando piensas que el capítulo no podía ser más insulso, ¡Zas! y no una, ni dos, sino tres lanzas se clavan en el cuerpo de Rhaegal y en el corazón de todos los espectadores. ¡¡¡¡Arrrrggggggghhh!!!!

Podría seguir despotricando sobre el capítulo, pero creo que ya pillan la idea y a mí me va a dar un patatús. 

Aunque todavía (pobres infelices) los fans no hemos perdido la fe del todo, y confiamos en un gran giro final que devuelva todas nuestras esperanzas, nos vemos venir un final de serie insulso, insustancial y precipitado, incapaz de contentar a cualquier espectador mínimamente exigente. 

Nuestro único consuelo es que siempre nos quedarán los libros... O no.

Artículo coescrito junto a Nisa Arce

Últimamente, he recuperado (¡por fin!) el deseo de escribir. Y no solo de escribir ficción. Sino de escribir. A secas. Cualquier cosa. Y sí, esto incluye también este blog. Una de las principales razones por las que deseé reiniciar el blog (lo que incluyó un migrado desde Blogger y la adquisición de un dominio propio) fue precisamente ayudarme a reiniciar mi escritura, que en 2018, debo confesarlo, estuvo en franco dique seco. Lo que en un principio interpreté como un bloqueo (y por tanto, empecé a tratar como tal) se desveló a final como pura y simple desgana. Y no hay fácil cura para eso.
El año pasado fue algo raro para mí. No malo, pero sí lleno de cambios, sobre todo a nivel profesional, que me han sometido a ciertos ajustes y desajustes. Y eso significa que he sido (quizás en exceso) indulgente conmigo misma y no me he exigido demasiadas cosas. Pero tras unos cuantos meses, se podría decir, ganduleando, he empezado a filosofar sobre el sentido de la vida. Esa no sé si es buena o mala señal.
Estos últimos meses he leído más de lo que he acostumbrado últimamente, pero también he perdido mucho tiempo jugando a videojuegos o viendo series. Aún queda por decidir la cuestión de qué es y qué no perder el tiempo. Creo que todos coincidimos en que leer nunca lo es, pero que no lo sea ver televisión, aunque esta sea de calidad, se abre a debate. Lo cual es interesante por sí mismo.
En todo caso, he empezado a preguntarme si «está bien» que ocupe mi tiempo libre en hacer virtualmente nada, si es «correcto» ser tan poco productiva. Dejando de lado el hecho de que ya trabajo manteniendo mi hogar en orden y también en un hospital, ganándome el sueldo con un trabajo que no solo es agotador y apasionante, sino tambien vital (literalmente) me pregunto constalmente si soy injusta conmigo por fustigarme por mi escasa productividad en mi tiempo de ocio o si es mi pleno derecho hacer nada de vez en cuando.
Y aún así, es algo que me preocupa. Quizá esa preocupación sea solo fruto de la presión que sentimos por estar continuamente haciendo cosas, siempre informados, siempre conectados, que hemos perdido la capacidad de NO HACER NADA y que nos parezca bien. Esa capacidad la tenemos todos de niños. O al menos la teníamos los niños de nuestra generación: esas tardes aburridas en las que no había nada que hacer más que pensar en las musarañas o mirar por la ventana para ver los coches pasar.
A lo mejor, todo el auge actual del mindfulness no sea otra cosa más que otra respuesta a la hiperactividad a la que somos sometidos constantemente, pero yo sigo sin estar segura de que vaciarme el coco jugando a "The Witcher" sea tan saludable como meditar.
En todo caso, supongo que dos hechos determinantes me han hecho cuestionarme todo esto: el primero, que últimamente he pasado más tiempo en casa del que estoy acostumbrada por (leves) cuestiones de salud; y en segundo lugar, mi recuperado deseo de ser (y nótese que esta palabra se ha repetido ya varias veces en la entrada) productiva.
No sé si este deseo se materializará en algo concreto, como retomar la escritura de mi segunda novela (o de cualquier otra cosa) o no. Pero por lo menos siento el deseo de hacer algo. Y eso es un inicio prometedor. Aunque no prometo abandonar "The Witcher" por el momento.

Últimamente, he recuperado (¡por fin!) el deseo de escribir. Y no solo de escribir ficción. Sino de escribir. A secas. Cualquier cosa. Y sí, esto incluye también este blog. Una de las principales razones por las que deseé reiniciar el blog (lo que incluyó un migrado desde Blogger y la adquisición de un dominio propio) fue precisamente ayudarme a reiniciar mi escritura, que en 2018, debo confesarlo, estuvo en franco dique seco. Lo que en un principio interpreté como un bloqueo (y por tanto, empecé a tratar como tal) se desveló a final como pura y simple desgana. Y no hay fácil cura para eso.
El año pasado fue algo raro para mí. No malo, pero sí lleno de cambios, sobre todo a nivel profesional, que me han sometido a ciertos ajustes y desajustes. Y eso significa que he sido (quizás en exceso) indulgente conmigo misma y no me he exigido demasiadas cosas. Pero tras unos cuantos meses, se podría decir, ganduleando, he empezado a filosofar sobre el sentido de la vida. Esa no sé si es buena o mala señal.
Estos últimos meses he leído más de lo que he acostumbrado últimamente, pero también he perdido mucho tiempo jugando a videojuegos o viendo series. Aún queda por decidir la cuestión de qué es y qué no perder el tiempo. Creo que todos coincidimos en que leer nunca lo es, pero que no lo sea ver televisión, aunque esta sea de calidad, se abre a debate. Lo cual es interesante por sí mismo.
En todo caso, he empezado a preguntarme si «está bien» que ocupe mi tiempo libre en hacer virtualmente nada, si es «correcto» ser tan poco productiva. Dejando de lado el hecho de que ya trabajo manteniendo mi hogar en orden y también en un hospital, ganándome el sueldo con un trabajo que no solo es agotador y apasionante, sino tambien vital (literalmente) me pregunto constalmente si soy injusta conmigo por fustigarme por mi escasa productividad en mi tiempo de ocio o si es mi pleno derecho hacer nada de vez en cuando.
Y aún así, es algo que me preocupa. Quizá esa preocupación sea solo fruto de la presión que sentimos por estar continuamente haciendo cosas, siempre informados, siempre conectados, que hemos perdido la capacidad de NO HACER NADA y que nos parezca bien. Esa capacidad la tenemos todos de niños. O al menos la teníamos los niños de nuestra generación: esas tardes aburridas en las que no había nada que hacer más que pensar en las musarañas o mirar por la ventana para ver los coches pasar.
A lo mejor, todo el auge actual del mindfulness no sea otra cosa más que otra respuesta a la hiperactividad a la que somos sometidos constantemente, pero yo sigo sin estar segura de que vaciarme el coco jugando a "The Witcher" sea tan saludable como meditar.
En todo caso, supongo que dos hechos determinantes me han hecho cuestionarme todo esto: el primero, que últimamente he pasado más tiempo en casa del que estoy acostumbrada por (leves) cuestiones de salud; y en segundo lugar, mi recuperado deseo de ser (y nótese que esta palabra se ha repetido ya varias veces en la entrada) productiva.
No sé si este deseo se materializará en algo concreto, como retomar la escritura de mi segunda novela (o de cualquier otra cosa) o no. Pero por lo menos siento el deseo de hacer algo. Y eso es un inicio prometedor. Aunque no prometo abandonar "The Witcher" por el momento.

Sharp Objects no es una serie de la que haya oído hablar. Nadie me la ha recomendado, ni siquiera mencionado. Seguramente se deba a la relativamente baja penetración de HBO en España (que según algunos datos aún no llega a los 500.000 hogares), pero es una autentica pena que una obra maestra como esta pase tan desapercibida en nuestro país.


Basada en una novela homónima de Gillian Flynn (Gone girl), la serie ha sido adaptada para televisión por Marti Noxon (UnReal o Dietland) y sus ocho episodios fueron dirigidos por Jean-Marc Vallée (Dallas Buyers Club, Big Little Lies).

¿Qué nos cuenta?

La periodista Camille Preaker (Amy Adams) recibe el encargo de su editor Frank Curry (Miguel Sandoval) de cubrir el asesinato de una adolescente y la desaparición de otra en su ciudad natal. Alojada en la casa familiar, Camille se reencontrará con su madre Adora (Patricia Clarkson), una mujer neurótica e hipocondríaca y con Amma (Eliza Scanlen) una medio hermana a la que apenas conoce, a la vez que se verá abrumada por el recuerdo de una hermana fallecida mucho tiempo atrás. Camille se une a la investigación policial y pronto se identifica con las jóvenes víctimas. Atrapada por sus propios demonios, debe desentrañar el rompecabezas psicológico de su propio pasado si quiere obtener una historia que escribir acerca de los crímenes. 

¿Cómo lo cuenta?

Desde las primeras secuencias, Sharp Objects se revela como una narración no lineal, trufada de flasbacks e imágenes onírico-alucinógenas. El mundo, visto casi siempre desde la perspectiva de Camille, es opresivo, sudoroso y lleno de mensajes subconscientes. Es quizás ese punto de vista lo que hace de Camille, una antiheroína alcohólica y con evidentes problemas psicológicos, un personaje tan inquietante e interesante, y quizás sea también lo que nos permite empatizar con ella. Camille usa la música para evadirse de la realidad, y prácticamente toda la banda sonora de la serie es diegética, pues está formada por las canciones que ella y otros personajes escuchan, lo que nos da una mayor sensación de cercanía.

¿Por qué nos interesa?

La mera presencia de Amy Adams en el cast es excusa más que suficiente para verla, al menos, fue la razón de que yo decidiera verla. Esta pelirroja de nariz respingona, a la que todos pusimos cara a raíz del sorprendente éxito de la película de Disney Encantada, es la protagonista absoluta de este thriller psicológico que, durante sus ocho capítulos, nos introduce en la húmeda y asfixiante atmósfera de Wind Gap, Missouri. Destacan también en el cast Patricia Clarkson, Miguel Sandoval, Sophia Lilas (IT) como una joven Camille y sobre todo la joven Eliza Scanlen que nos brinda la desasosegante interpretación de una adolescente tóxica y controladora.

Sharp Objects, a ratos pausada y a ratos espeluznante, se beneficia de la continuidad de contar con un único director y de un montaje fragmentado que poco a poco va tomando sentido hasta alcanzar un inesperado clímax final. El resultado es un thriller psicológico espeso y asfixiante que involucra al espectador como pocas ficciones lo hacen. Si decides verla, no te pierdas las escenas postcrédito del Season Finale.

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Últimamente, todo el mundo parece ser un friki de algo: de los coches, de los ordenadores, de las series, de los gatos..., unos y otros se definen como frikis a sí mismos (o a sus amigos) tan alegremente.

Si lo pensamos, no es tan difícil que algo así ocurra, al fin y al cabo, en el español (y en España) la palabra friki tiene muchos significados, pero una de ellas hace referencia a una especie muy concreta de seres humanos (aquellos que en USA son conocidos como geeks). ¿Quiénes son estos extraños seres?

Si buscamos la respuesta en la RAE obtenemos en la tercera de las acepciones de la palabra en cuestión una definición del friki como alguien que practica desmesurada y obsesivamente una afición. Aunque no desacertada, sí que es insuficiente para diferenciar a a aquellos que celebran su día grande el 25 de mayo y a los que sencillamente son unos grandes aficionados a la alfarería. Si acudimos a la Wikipedia, vemos que un friki (o friqui) es aquel cuyas aficiones, comportamiento o vestuario son inusuales. Y luego, quizás para diferenciar al friki de cualquier persona sencillamente extravagante, añade: "Al conjunto de aficiones minoritarias propias de los frikis se denomina frikismo o cultura friki".

Quizás sea la definición de la cultura friki lo que realmente nos explique de qué hablamos en realidad: generalmente, el ámbito frikoso se circunscribe a aquellos aspectos culturales considerados como minoritarios, marginales, o simplemente demasiado pueriles para que se entienda socialmente que un adulto sea aficionado a ellos: películas y libros de fantasía o ciencia-ficción, el anime y los cómics de cualquier género, los videojuegos, la informática o los juegos de rol y/o de mesa y estrategia.

Hace 15 ó 20 años ese pobre friki era una especie en peligro: se ocultaba en las sombras, se camuflaba en sociedad y sólo mostraba sus verdaderos intereses cuando se encontraba entre sus semejantes. Se reunía con otros frikis en jornadas de rol, tiendas de cómics, convenciones de cine fantástico o de terror, salones del manga y facultades de informática de toda España. Esa era la época de los "asesinos del rol", de la primera PlayStation y prácticamente el único superhéroe cinematográfico que se tenía como referencia era el kitsch y algo ya lejano Batman de Tim Burton y el más kitsch además de terrible de Joel Schumacher. Tolkien era un desconocido para el gran público, Game of Thrones aún no había sido traducido al español y lo que más lo petaba era "Vampiro: la mascarada". En aquellos tiempos, la palabra friki se usaba casi siempre en tono despectivo y, con una acepción cercana a la del Freak original, más para referirse a los fenómenos televisivos que salían en lates show como Crónicas marcianas que a los inofensivos aficionados a D&D o a las publicaciones de Marvel.

En los albores del siglo XXI la cosa empezó a cambiar. Los frikis se arremolinaban (nos arremolinábamos) en manadas y a plena vista, a veces luciendo elaborados cosplays, en los estrenos de las sagas de Star Wars, los X-men de Singer, el Spiderman de Raimi o El señor de los anillos. Se empezó a normalizar que los niños criados en los 80 con los primeros videojuegos siguieran (siguiéramos) jugando a las maquinitas bien entrada la veintena (y la treintena), empezaron a proliferar salones del cómic y/o manga y/o videojuegos por toda España, y el cine de superhéroes se convirtió en un género por sí mismo. El posterior éxito de ficciones televisivas de género como The walking deadGame of Thrones o la comeda The big bang theory (que es un alegato de amor a la cultura friki y todos sus integrantes) ayudaron no solo a la normalización sino también a la proliferación del friki. El friki ya no se ocultaba: salía a la calle con su camiseta del Capitán América o lucía con orgullo en su sala de estar su colección de Warhammer.

Ahora, algunos aspectos de la cultura friki están tan integrados en la cultura de masas que todo el mundo sabe qué es el Anillo Único, quién es Tyrion Lannister o para qué quería Thanos chasquear los dedos, y cualquier fan de GoT se autoproclama como friki sin ningún tipo de pudor. Eso puede hacer que el friki "tradicional" se sienta desplazado ante una masa ingente de personas que se autoproclama como tal por consumir productos al que hace 20 años ningún adulto biempensante le hubiera dedicado un segundo vistazo. Si bien es cierto que no hay solo un buen modo de ser un friki y que hay tantos tipos de frikis como frikis hay, ahí va la guía definitiva de...

Sé un fanático de lo tuyo:

Que sí. Que has visto todos y cada uno de los capítulos de GoT, varias veces y en maratón. Que sabes diferenciar a los Lannister (los malos) de los Stark (los buenos) y que tu personaje favorito es Arya. Felicidades, eres un fan de la serie. Fin de la historia.
Para ser un friki no basta con ser tan solo un fan. El friki de GoT (o cualquier otra serie o saga de películas) es un experto: no solo la ve, la analiza; no se conforma con los capítulos, sino que absorve todo el contenido extra que exista: se ve los tráilers antes que nadie, lee las noticias relacionadas, sigue a las webs específicas, se mete en foros para ver imágenes del rodaje e intercambia teorías acerca de los personajes y la trama...  Y sobre todo: un friki no se queda en la serie, sino que se devora los libros (y probablemente ya lo hacía antes de que la serie se estrenara), lo que nos lleva al siguiente punto.

Léete el libro (y disfrútalo):

Un auténtico friki siempre acude a las fuentes originales. No importa lo mucho o lo poco que te gusten las películas de Peter Jackson, si eres un auténtico tolkiendili no te has contentando con verlas y criticarlas, sino que conoces los libros al dedillo, te has leído el Silmarillion, Los hijos de Húrin y sabes perfectamente quién es David Day. Los auténticos potterheads han devorado toda la saga literaria de J.K. Rowling, incluso los libros derivados como Los cuentos de Beedle el Bardo o Animales fantásticos y donde encontrarlos. Un fan de los superhéroes ya se ha leído todos los comics habidos y por haber, le explica a sus amigos las escenas finales de las pelis de Marvel y el adecuado orden de visionado de las mismas, o diserta infatigablemente sobre las diferencias entre el Batman clásico y el de Frank Miller. Y aunque la película (o la serie o el videojuego) en cuestión sea una obra basada en un guión original, si eres un auténtico friki tampoco te librarás de leer cualquier obra derivada, como sabe cualquier súper fan de Star Wars y su universo expandido.

Ve la versión original:

Cualquiera que vea The big bang theory en versión doblada al castellano se pierde los célebres Bazingas de Sheldon y el hilarante acento hindú de Koothrappali. Por supuesto que la puedes ver doblada, pero si eres un auténtico friki no lo harás. Tampoco llamarás Nieve a los bastardos del norte de Westeros, sino Snow, y sabrás perfectamente que Bolsón no es más que una buena traducción al castellano del original Baggins. Como friki y puto experto de lo tuyo que eres, no te preocupará lo más mínimo pecar de pedante al afirmar con petulancia supina que las versiones dobladas son, técnicamente, caca. Da igual que la ficción en cuestión sea en inglés, checo, coreano o japonés (sobre todo si es en japonés) la verás en su versión original, lo que de paso te ayudará a aprenderte una multitud inacabable de citas y expresiones en otros idiomas que te serán completamente inútiles en la vida real pero altamente amortizables en el mundo friki. Si ya el idioma en cuestión del que pillas algo es inventado (como el Quenya, el Klingon o el Dothraki) te convertirás de manera automática en el Fucking Master of the Universe.

Colecciona cosas:

Da igual si eres un geek o un gamer, si eres un trekkie o un otaku, seguro que hay algo que quieres coleccionar: los DVD's, mangas y Myth Cloth de Saint Seiya; cada consola de Nintendo desde la primera GameBoy, todos las películas de Estudio Ghibli o los Funko Pop de Harry Potter. El coleccionismo no solo es una tendencia natural en ti, sino que también te ofrece la oportunidad de exponer al mundo (y hacerlo muy claramente) cuál es tu área de especialización. Por supuesto, como buen friki puedes poseer tantas colecciones como áreas de especialización tengas, combinando en una misma habitación action figures de Superman con las novelas completas de Los Reinos Olvidados, varias ediciones del Señor de los Anillos en el mismo estante que las obras completas de CLAMP o una caja llena de dados de rol de todos los colores y patrones imaginables junto a los DVD's de la serie Buffy, Cazavampiros. Todo vale.

Haz cosplay (y hazlo en público):

¿Qué mejor manera hay de expresar tu completa admiración por Naruto que querer ser como él y dejar que el mundo lo sepa? Pasearte por tu ciudad con motivo de algún salón del cómic o los videojuegos a lo Solid Snake o llevando una Death Note bajo el brazo, o desempolvar tu túnica de Jedi Master para el estreno anual de la nueva de Star Wars es lo más in en el mundo friki. Para un triunfo total, combínalo con desvergüenza, una inmersión total en el papel y disposición para sacarte todas las fotos que te pidan. Triunfarás.

Ahora, sal al mundo y conviértete en el mejor friki que puedas ser.

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Esta temporada, Versailles ha cerrado sus puertas. La serie de Canal + , creada por Simon Mirren y David Wolstencroft, y publicitada como la más ambiciosa de la televisión francesa, acaba en su tercera temporada tras treinta episodios de intrigas palaciegas.

Esta serie, cuyas hechuras de gran producción se ven sobre todo en la ambientación, el vestuario y las localizaciones de rodaje, tiene en realidad alma de guilty pleasure: una soap opera que se permite cuantas licencias históricas le convengan, que se centra en las conspiraciones, las leyendas sobre el reinado de Luis XIV y sobre todo, los amoríos en la corte, lo que nos deja en las retinas el recuerdo de sus muy abundantes y casi siempre gratuitas escenas de sexo.

Pero no nos engañemos, soap opera o no, cumple perfectamente su objetivo. No importa que sospeches que la historia no fue tal cual la cuenta, que alguna situación o giro de guión sea algo inverosímil, que te moleste levemente que los actores sean mucho más atractivos que a las personas a las que interpretan: sencillamente, quieres más y más, y ahora que la serie se acaba, ha dejado un hueco que difícilmente una ficción histórica más sesuda y ajustada a la realidad podría llenar.

El reparto, sin llegar a ser estelar, cumple bien sus funciones. Si bien no hay ningún actor cuya interpretación sea especialmente remarcable, tampoco hay ninguno al que echaría a los perros, y el resultado final es eficaz. De hecho, muchos de sus personajes resultan memorables. He aquí mis favoritos.

Luis XIV (George Blagden):

«Luis XIV es rey desde los 4 años. Durante años, Francia ha sido gobernada por un consejo regido por su madre. Ahora, la regente a muerto. Los nobles se están haciendo con el control. Para sobrevivir, Luis tiene que derrotar a sus enemigos y formar un nuevo centro de poder lejos de París, en una pequeña villa llamada: Versailles».

 Conocido sobre todo por su papel del padre Athelstan en Vikingos, George Blagden se unió a esta serie para liderar un reparto copado de actores británicos (a pesar de que la producción principal es francesa, la seria está rodada en inglés para satisfacer sus aspiraciones internacionales) interpretando al Rey Sol durante los años centrales de su reinado, en los que convierte el antiguo coto de caza que era Versailles en el centro de su corte y el mayor símbolo del absolutismo.

El joven rey Luis, traumatizado por la fronda (revuelta de los nobles contra el poder real) desconfía de la nobleza francesa y rehuye habitar en París. Al mismo tiempo, sueña con la construcción de un palacio de especial magnificencia que a la vez sea el símbolo de su poder y una jaula de oro para la nobleza, que se verá obligada a residir a la sombra del rey, y estará demasiado ocupada en la vida cortesana como para poder planear nuevos complots. A su vez, el rey se rodea de personas de total confianza, muchos de ellos de origen plebeyo, mientras afianza su poder y camina hacia el absolutismo...

Madame de Montespan

Favorita de Luis XIV, manipuladora, hermosa, cruel y la equivalente versallesca a una animadora rubia de instituto americano de toda la vida, Athenaïs de Montespan se muestra decidida a hacer lo que haga falta para conservar el amor del rey y la posición social que ello conlleva. La interpretación de Anna Brewster me parece digna de destacar por el retrato que hace de esta dama: vulnerable y profundamente enamorada, pero envuelta en una coraza más dura que cualquier diamante.

Felipe de Francia, Duque de Orleans.

La primera vez que vemos a Felipe de Orleans, el hermano menor del rey, interpretado por el galés Alexander Vhalos, tiene la cabeza entre las piernas de su amante, el frívolo Chevalier de Lorraine. Por supuesto, eso le convirtió automáticamente en mi personaje favorito.

 

Felipe, que ha crecido y vivido siempre bajo la alargada sombra de su hermano, desespera en la corte y anhela la gloria que solo el campo de batalla puede darle. Quizás sea Felipe uno de los personajes que más evoluciona a lo largo de las tres temporadas, y con él lo hace la relación fraternal de amor-odio que mantiene con Luis.

Inmaduro y envidioso, fiero en la batalla y con ciertas tendencias travestistas, Felipe es una persona inconstante e infeliz, que no sabe lo que realmente quiere hasta que lo pierde.

Chevalier de Lorraine

Célebre por ser «tan hermoso como un ángel», Felipe de Lorraine, más conocido como el Chevalier, es el inconstante, irresponsable y avaricioso amante del hermano del rey, siendo el principal interés amoroso de Felipe de Orleans a lo largo de las tres temporadas. Interpretado por el casi desconocido Evan Williams, Lorraine se mete en más de un lío por su falta de aprecio por la ley y su amor por el lujo y las riquezas.

Princesa Palatina. 

Liselotte aparece en Versailles en la segunda temporada para convertirse en la
esposa de Felipe y al mismo tiempo, en un nuevo escollo de este en su relación con el de Lorraine. Liselotte no llega con buen pie a Versailles: casada con un hombre por el que se siente fascinada pero que no muestra el menor interés por ella, imbuida en un ambiente cortesano y altamente protocolario que no entiende, humillada por las damas de la corte, que la consideran pueblerina y vulgar, y enfrentada a la enemistad del amante de su esposo, la princesa Palatina tendrá que encontrar su lugar en el palacio y conseguir que Felipe consume con ella su matrimonio, lo cual no será nada fácil. Pero parlanchina, abierta y brutalmente honesta como es ella, poco a poco irá ganándose el afecto de aquellos que la rodean.

Fabien Marchal

Jefe de la policía y de seguridad del rey, Monsieur Marchal protagoniza muchas de las más importantes tramas de la serie: investiga crímenes, mete las narices en el célebre «asunto de los venenos» (complot real que resultó con la muerte de numerosos cortesanos de la época), desenmascara a espías, brujos y traidores, a los que apresa, tortura y asesina por la gloria de Luis XIV. Un personaje íntegro y honrado que no se plantea nada más allá de la lealtad que le debe a su rey.

Madame de Maintenon.

Amiga de la infancia de Athénaïs, Françoise llega a Versailles como niñera de los hijos naturales que había tenido con el rey. De pasado incierto, no muy alta cuna y antigua protestante, es ahora una católica ferviente. Madame de Maintenon traba una profunda amistad con el rey de Francia, del que se convertirá en una suerte de consejera espiritual en un momento en el que este se encuentra totalmente perdido. Reacia a mantener relaciones extramatrimoniales, Françoise mantiene una relación más bien platónica con el rey a la vez que se destapa como un despiadado animal político, que empuja a Luis a seguir sus ambiciones.

En definitiva, Versailles es una serie efectiva y efectista, de factura técnica impecable y altamente disfrutable. Un guilty pleasure en toda regla que hará las delicias de todos los amantes de la ficción histórica.

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Así que estás viviendo uno de esos infames y temidos bloqueos del escritor.
Surge poco a poco, soterradamente: Cada vez te cuesta más y más sentarte a escribir, dar con la palabra adecuada, dotar de coherencia a tus personajes, y escribir se convierte en un proceso lento y enojoso. Quizás te has quedado atascado en una escena, o no visualizas un diálogo, o en el proceso de escaletar tu nueva novela ves que la trama no encaja. Te enfadas  con todo y todos (especialmente contigo mismo) y dejas de escribir. 
Y de momento, no has podido continuar.

No desesperes. Del bloqueo, querido escritor, se sale. Muchas veces, solo hay que esperar un tiempo hasta que la chispa de la inspiración brilla de nuevo. Pero si quiere acelerar el proceso, o el bloqueo te genera mucha ansiedad, existen ciertos trucos que podemos usar.

Reconoce que tienes un bloqueo

Y hazlo cuanto antes. Identificar un problema es siempre la primera fase para superarlo. Negarte a ti mismo una y otra vez que estás absolutamente sobrepasado, y empeñarte en seguir dejándote los ojos en la misma página o en el parpadeo del cursor día tras día no tiene sentido.

Identifica la causa.

«¿Por qué estoy bloqueado?», debería ser la primera pregunta que nos hagamos siempre que detectemos un patrón en nuestra escritura. A veces puede ser la obra en sí, quizás la trama no va por dónde querías, no consigues transmitir la atmósfera adecuada o los personajes se sienten planos. A lo mejor, descansar un poco de la historia para verla con nueva perspectiva o incluso replantearte ciertas cosas sobre ella pueden bastar para desbloquear de nuevo tu inventiva.

Pero quizás el bloqueo viene de ti mismo. Quizás estás aterrado ante la idea de no ser lo suficientemente bueno, de defraudar a tus lectores, de no tener éxito en las metas que te pongas... En muchas menos ocasiones de las que pensamos, la procrastinación llega a nuestra vida por pura holgazanería. Casi siempre es una manera de postergar algo que tememos hacer, porque no nos creemos capaces de hacerlo o de hacerlo bien. Si es así, si esa es la causa de tu bloqueo, deja de gandulear y coge el toro por los cuernos. Sí, aunque lo que estés escribiendo no vaya a ganar nunca el premio Planeta.

Pasea. Relájate. Cambia de actividad.

Date permiso a ti mismo a descansar, despejarte y airear las ideas. Quizás la próxima vez que te sientes frente al ordenador tengas las cosas más claras.

Lee

Vuelve a redescubrir el placer de leer, en caso de que lo hayas perdido. Lee a autores cuya narrativa te gusta, que creen una ambientación parecida a aquella que estés intentando plasmar. O prueba a releer un libro que adores, no importa cuántas veces lo hayas leído antes. Disfrutar de la lectura, sin más pretensiones que la pura diversión, pueden ayudarte a redescubrir por qué empezaste a escribir en primer lugar.

Escribe

Lo que sea. Mucho o poco, siempre será mejor que nada. Si una escena te tiene bloqueado, pasa de largo y escribe otra escena. U otro capítulo. Si necesitas un descanso de tu historia, concédetelo, pero escribe algo más: un micorrrelato, un diario, un post, cartas…

Coge papel y lápiz

Sí, me has leído bien. Apaga el puñetero ordenador y coge papel y lápiz (un bolígrafo sirve para el mismo fin), siéntante en un lugar cómodo y alejado de distracciones (apaga también el puñetero móvil), sírvete un café o cualquier bebida caliente que te apetezca y empieza a escribir. La escritura manual genera en el cerebro un feedback de las acciones motoras que nos hace ser más consciente de lo que escribimos, proceso que no ocurre con la escritura en teclado. Quizás descubras que escaletar una trama o avanzar con una escena que se te resiste es mucho más fácil si lo haces en papel.

Disfruta

Parece obvio, pero la primera vez que te sentaste a escribir algo lo hiciste porque querías hacerlo, porque algo dentro de ti lo pedía a gritos. Y lo disfrutaste como un enano, aunque probablemente el resultado te resultaría vergonzante de volverlo a leer. Date el permiso a ti mismo de volver a disfrutar al escribir como aquella primera vez, de escribir lo que te apetezca sin preocuparte de nada más. Mientras más te centres en la alegría del proceso, menos te angustiará la calidad del resultado.

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Si no te sale ardiendo de lo más profundo de ti,

a pesar de todo,

no lo hagas.

A no ser que salga espontáneamente de tu corazón,

 de tu mente, de tu boca

 de tus entrañas,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte durante horas

con la mirada fija en la pantalla del ordenador

o clavado en tu máquina de escribir

buscando las palabras,

no lo hagas.

Si lo haces por dinero o por fama,

no lo hagas.

Si lo haces para llevarte mujeres a la cama,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte

y reescribirlo una y otra vez,

no lo hagas.

Si te cansa sólo pensar en hacerlo,

no lo hagas.

Si estás intentando escribir

como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,

espera pacientemente.

Pero si nunca llega a rugir, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa

o a tu novia o a tu novio

o a tus padres o a cualquiera,

no estás preparado.

No seas como tantos escritores,

no seas como tantos miles de

personas que se llaman a sí mismos escritores,

no seas pesado y aburrido y pretencioso,

no te consumas en el amor propio.

Las bibliotecas del mundo

bostezan hasta dormirse

con esa gente.

No seas uno de ellos.

No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma

como un cohete,

a no ser que quedarte quieto

pueda llevarte a la locura,

al suicidio o al asesinato,

no lo hagas.

A no ser que el sol que hay dentro de ti

esté quemando tus tripas, no lo hagas.

Cuando sea verdaderamente el momento,

si has sido elegido,

sucederá por sí solo y

seguirá sucediendo hasta que mueras

o hasta que muera en ti.

No hay otro camino.

Y nunca lo hubo.

Incluso antes de abrir los ojos lo percibo: este jodido dolor de cabeza. La pulsante presión en mis sienes, la enloquecedora tensión que me atenaza la base del cráneo, el intenso vértigo que me domina cuando, todo lo lentamente que puedo, me siento en la cama.
Mi mente va a estallar, como si una gigante llave inglesa se estuviera cerrando sobre mis huesos temporales, y por un instante, deseo que eso ocurra, que mi cabeza explote, que salpique de sangre el suelo y las paredes, las blancas sábanas sobre las que me siento y el camisón de satén de la mujer que, aún dormida, comparte la cama conmigo. Que acabe, que pare el dolor.
Como si quisiera acelerar el proceso, coloco mis puños en los extremos de mi frente y apreto con fuerza. Durante un magnífico segundo el dolor cede, mi cuello se relaja y lo único que siento es el latido de mis venas contra mis nudillos, pero en cuanto aflojo la presión el dolor vuelve con renovada furia. Me levanto despacio.
No enciendo la luz cuando entro en el baño. Me lavo la cara a oscuras, con agua muy fría, y pongo las palmas empapadas sobre la nuca. La nariz me chorrea agua, mocos, lágrimas. Apoyo la frente contra el espejo y, en la grisácea mañana de esta primavera que parece no llegar nunca, solo puedo distinguir algunos de mis rasgos: mi ceño fruncido, mis ojos llorosos, mi rictus de dolor.
Cuando sobre mí el fluorescente se enciende con un estallido, cierro los ojos con fuerza y lanzo un reniego. La luz, fría y azul, atraviesa mis párpados, recorre mi nervio óptico y taladra mi cerebro. Ella hace pis a mi lado, la oigo bostezar. Entreabro los ojos brevemente y la veo: las bragas en los tobillos, el camisón en los muslos, limpiándose el culo con aire soñoliento. Se levanta y pone una mano sobre mi hombro. «¿Te duele la cabeza?», la oigo preguntar. Ni siquiera tengo fuerzas para asentir.
La luz se apaga. Estoy solo de nuevo, a oscuras y a merced de ese monstruo que, de cuando en cuando, se sienta sobre mis hombros. Me masajeo los trapecios. Me froto las cervicales. Intento pegar la barbilla al pecho, pero mi cuello protesta y vuelvo a levantarla.
Debería estar acostumbrado, asumir las jaquecas con entereza, integrarlas decididamente en mi vida, no quejarme. Pero la resignación tiene el amargo regusto de la derrota, y yo siempre he sido un ganador.
Entonces lo oigo: el paso apresurado que se dirige a mi habitación, dos rápidos toques en la puerta, la decidida irrupción en la estancia. Antes de que el hombre trajeado que acaba de entrar se dirija a mí, ya sé qué va a decirme.
Le escucho a medias, mientras cierro la bata alrededor de mi cuerpo con un laxo nudo. Las palabras «objetivo», «operación», «misil» y «órdenes» llegan a mi desastrado cerebro. «Debe tomar una decisión», concluye.
Esbozo la primera sonrisa del día, ladeada, levemente agria. Esa decisión la tomé hace mucho tiempo. «Proceda, general», digo impertérrito, escondiendo mi debilidad tras una hierática expresión. El hombre me mira con sorpresa durante la décima de segundo que tarda en controlar su expresión. Quizás, pensaba que yo no sería capaz, de hacerlo, y menos con tanta calma.
No es calma lo que siento, idiota, es dolor, es enfado, es frustración. En días como este, no me importa lo que le pase al mundo.
El hombre asiente y se va. Yo me dispongo a vestirme para supervisar los eventos del día. Sé lo que se espera de mí y nada podrá pararme.
Ni siquiera este jodido dolor de cabeza.

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Hace aproximadamente tres semanas que eliminé mi cuenta de Facebook.
Y lo digo así, con la boca bien grande. Nunca fue una red social que me gustara especialmente, y no le vi la gracia hasta que empecé a rentabilizarla como escritora, sobre todo a partir de la creación de la página de A través del sexo. Y fue también, más o menos en esa época, cuando empecé a descuidar mi blog.
Ahora puedo decir que no echo de menos Facebook. En absoluto. No añoro el icono azul de la app en mi móvil, y definitivamente, tampoco las continuas notificaciones de dicha app, que te obligaban a entrar en Facebook cada poco solo para no tener en el móvil ese enojoso icono rojo que parecía indicarte que tenías cosas pendientes por hacer. Nunca perdí mucho el tiempo en Facebook, y sin embargo, todo tiempo pasado en Facebook me parecía perdido. Tenerlo me parecía superfluo. A mis amigos y familia los tengo muy presentes en la vida real y más presentes todavía en el dichoso WhatsApp. Las noticias de sus vidas siempre he preferido recibirlas en persona, y nunca he preferido un chateo a una agradable conversación sobre unas tazas de café. El resto me parece superfluo.
El único aspecto de Facebook del que me costó desprenderme no tiene nada que ver con mi perfil personal, sino con la página de A través del sexo, que al desactivar mi perfil, ha dejado, virtualmente, de existir, y ni siquiera sé si podré recuperarla algún día si decido reactivar mi cuenta, pero también creo que esa página ya había cumplido su función, se había amortizado, y que quizás no tenía sentido seguir apegada a ella.
Sé que muchas aplicaciones y funciones online están vinculadas a Facebook y limitadas, por tanto, a sus usuarios, pero sinceramente, es algo que de momento ni me preocupa ni me ha ocasionado (al menos de momento) molestia alguna. No echo de menos Facebook, y aunque solo he tomado la decisión de desactivar temporalmente mi cuenta, no creo que de momento vaya a volver.
Lo que sí echo de menos, y lo llevo haciendo desde hace varios años, es este blog. Sentía que ya no tenía nada interesante que contar o compartir, mayormente porque cuando lo tenía, lo decía y compartía en redes sociales como Facebook y Twitter. Parecía que al irlo descuidando también iba perdiendo mi derecho a escribir en él, como si ya no tuviera sentido volver, hasta que recordé que este blog es ante todo mi propio espacio, creado para mí y que aunque preferiría que no fuera solo mío, me he dado cuenta de que prefiero que sea eso a que desaparezca.
Quizás por eso, aparejado a mi deseo de abandonar Facebook, vino otro, el de reactivar este blog, aunque solo sea para poder expresarme y tener un lugar propio en este enorme océano que es internet, alejado del bullicio y la inmediatez de las redes sociales.
Así que ahora, si quieres pasaros por aquí, me veréis de vez en cuando. Reorganizaré el blog, que ha quedado algo desfasado, y probablemente me anime (por fin) a hacer la migración a WordPress y tener un dominio propio, para poder empezar de nuevo este proyecto que nunca debí haber abandonado.