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Suelo decir que no me gusta tener en cuenta las fechas, que no te recuerdo más o menos porque un día en concreto esté relacionado con tu vida, pero la verdad es que últimamente, cuando se cumplen tanto el día de tu llegada al mundo como el de tu marcha, te tengo especialmente presente. Quizás es porque este es un año especial, ya que hoy hace justo 10 años que te moriste. A lo mejor, me fijo en las fechas más de lo que me gusta admitir. 

Quiero que sepas que en ocasiones sueño contigo, pero nunca de cuando estabas enferma. En mis sueños siempre estás bien y se te ve muy guapa, y yo ni siquiera sé que estás muerta. En mis sueños solo eres mi hermana otra vez y a veces ni te hago mucho caso. Pero no me lo tengas en cuenta, que cuando estabas viva tú a veces también pasabas un poco de mí.

Cuando estoy despierta a veces recuerdo los peores momentos. Recuerdo cuando estabas mala y cuando lo pasabas mal. Y últimamente recuerdo mucho el día que te moriste. No te lo tomes a mal, que no lo digo como algo malo. Si de algo en el mundo estoy orgullosa es de haberte ayudado a morir bien, en tu propia cama, tranquila y sin dolor; y de haber elegido un vestido con muchos colores para que estuvieras bien guapa en tu ataúd, que sé que a ti nunca te gustó mucho eso de vestir de oscuro. Y si de algo estoy agradecida, es de haberte tenido como hermana, aunque te fueras tan prontito. 

Es que eras una tía de puta madre. Con una sonrisa, un par de halagos y un gesto ya los tenías a todos en el bolsillo, porque persona más simpática que tú no he conocido jamás. Eras muy graciosa y tenías una risa contagiosa. Y eras capaz de tocarte la nariz con la punta de la lengua, tu payasada favorita. Aprendí, ademas, mucho de ti: el valor de la inocencia, de ver siempre lo mejor de los demás, de valorar a cada persona y no burlarme nunca de los defectos ajenos. Y sobre todo que lo más importante no es llegar más alto que los demás, sino todo lo alto que tú puedas esforzándote al máximo.

Han pasado muchas cosas en estos diez años que me habría gustado que supieras. Deberías ver a nuestra sobrina Carmen, aquella que te empeñaste que nombráramos igual que a ti. Ya es más alta de lo que tú lo eras y pronto será más alta de lo que yo lo soy, y solo tiene diez años. Y es lista, tía. Súper lista. Pero también es un poco maniática y lenta como una tortuga igual que tú. También me hubiera encantado que conocerías a Ana, que es pizpireta, simpática e independiente. En eso se parece a ti tanto como a mí. Y te perdiste mi boda, y ver a tu hermana casarse con un vestido rosa. Así en plan princesa.

Que sepas que las Spice Girls volvieron a hacer un tour el año pasado. Operación triunfo y concursos del estilo siguen existiendo. David Bisbal aún canta y yo sigo sin poder escuchar a Laura Pausini sin acordarme de ti. Harry Potter ganó y se cargó a Voldemort, y aún no ha salido la secuela de Avatar, que fue la última película que vimos juntas en el cine. Te hubiera encantado la serie Jane, the Virgin, y la nueva trilogía de StarWars, porque las protagonistas son chicas guapas y fuertes, como a ti te molan. Seguro que hubieras insultado a Donal Trump cada vez que lo vieras en la tele y te habrías cabreado muchísimo con todo esto del confinamiento. «Este coronavirus me tiene harta», te imagino diciendo, cansada de estar tanto tiempo metida en casa. 

Te imagino a veces cantado, que tanto te gustaba, y bailando, que siempre lo hiciste tan bien. Recuerdo tus ojos, enormes, y la marca que la varicela te dejó en la frente. Recuerdo tu barbilla menudita y tu cabello casi negro. Recuerdo que siempre querías ser el centro de atención y que casi siempre lo conseguías. Y que eso a veces me enfadaba un poquito. Recuerdo lo presumida que eras, y lo bien que te quedaban los vestidos. Recuerdo que tus últimas palabras me las dijiste a mí, y que en ese momento no supe entenderlas. Y recuerdo cuando decías que eras especial, y que a veces lo decías como si eso fuera algo malo. No lo era. Eras especial. Y eras única. Y yo no te habría podido querer más de lo que te quise si hubieras sido de cualquier otra manera. 

También quiero que sepas que estoy bien. Y que soy feliz, que eso siempre te preocupó mucho. Que aunque a veces llore un poquito cuando me acuerdo de ti no pasa nada, porque la mayoría de las veces, me acuerdo de ti sonriendo. Que cuido de mamá y de papá por ti y me preocupo de que la familia siga unida y sin enfados entre nosotros, que no soportabas vernos discutir. Que no estoy enfadada contigo por haberte ido tan prontito. Y que fuiste fuerte y valiente, como esas heroínas de las películas a las que tanto admirabas. Y preciosa, siempre fuiste preciosa, aun cuando no pensabas eso de ti misma. Y precioso es también el recuerdo que siempre tendré de ti. 

Yo no creo en el cielo, pero seguro que estoy equivocada porque tú dijiste que hacía allí te ibas. Así que quédate ahí bien tranquilita, que por aquí abajo estamos bien. 

Tu hermana, que te quiere

I

Érase una vez un matrimonio que vivía en una pequeña ciudad. Ambos estaban tremendamente afligidos porque deseaban más que ninguna otra cosa en el mundo tener un hijo, pero cada vez que la mujer quedaba encinta y daba a luz, el niño nacía muerto o moría a las pocas horas, y cada bebé muerto los alejaba cada vez más. 

La mujer, desesperada por ser madre y cumplir con su deber de esposa, pensó: «¡Haría cualquier cosa por tener un bebé sano y fuerte! Iré a ver a la vieja bruja, a la que siempre he temido. ¡Es posible que ella pueda ayudarme!». Así que un día, en secreto y sin decirle nada a su esposo, fue hasta la casita en la que habitaba la bruja. Era una casa pequeña, ruinosa, a orillas del mar, en cuyo jardín de cantos rodados no crecía vegetación alguna. Allí estaba la bruja, dando de comer a un canario un terrón de azúcar de su propia boca.

—¡Sé muy bien lo que deseas! —dijo la bruja nada más verla, apartando al pajarillo de sus labios para encerrarlo en una diminuta jaula que colgaba del porche—. Y verás cumplida tu voluntad, aunque a la larga solo te hará ser más desgraciada. Prepararé un bebedizo, pero antes de la salida del sol deberás volver a casa, yacer con tu esposo y beberlo. Entonces quedarás encinta y tendrás el bebé más sano y hermoso que puedas desear. El niño tendrá un espíritu fuerte y no morirá, pero ese espíritu no será enteramente suyo. Entrelazada con su alma habrá otra, un alma oscura que se retorcerá en su interior y despertará como una bestia terrible si alguna vez el niño prueba el sabor de las manzanas rojas. ¿Quieres tener ese bebé a pesar de todo, y que yo te ayude?

—¡Sí! 

—Pero, además, tendrás que pagarme —dijo la bruja—, y no es poco lo que pido. Después de que el niño haya nacido, deberás darme esas preciosas y cimbreantes piernas que escondes bajo tu falda. Tu rasgo más hermoso a cambio de mi poderoso bebedizo. ¡Te entregaré en él incluso un poco de mi propia sangre!

—Pero si me quitas mis piernas, no podré caminar.

—No podrás, pero serás madre. Tendrás un amado hijo al que educar, escucharás su risa y podrás cantarle para que se duerma en tu regazo.

—Así sea —exclamó la mujer, pensando tan solo en la dicha que un niño le aportaría a su hogar.

Y la bruja puso al fuego su puchero para preparar la pócima. Tras añadirle un sinfín de ingredientes, entre ellos, tal como había prometido, tres gotas de su propia sangre, se lo entregó a la mujer.

—Aquí tienes.

La mujer cogió la botellita que la bruja le ofrecía y que contenía un líquido oscuro, espeso y con olor a mar. No había salido aún el sol cuando regresó a su casa, y acudió a la cama de su esposo como la bruja le había indicado que hiciera. Luego, justo antes del amanecer, bebió la salada y amarga pócima e inmediatamente se sintió terriblemente indispuesta. 

Nueve meses más tarde dio a luz a un niño tan perfectamente formado, de tal vigor y belleza que en la casa todos quedaron maravillados. El niño creció rápidamente y la madre lo amó y lo consintió todo lo que quiso, a pesar de que poco después la bruja hiciera efectivo su pago y la mujer perdiera su capacidad de caminar. Sin haber olvidado la advertencia que le hiciera la anciana bruja, cada primavera mandaba podar todas las ramas del hermoso manzano que crecía en su jardín, para que nunca volviera a dar frutos, manteniendo a su hijo alejado del sabor de las manzanas rojas. 

Mas un trágico día, la mujer falleció. El niño, que amaba tiernamente a su madre, se quedó desconsolado y lloró lágrimas amargas frente al mutilado árbol, que tanto le recordaba a ella. No dejó de llorar hasta que vio ante sí a un joven príncipe de cabellos negros como el ébano, piel blanca como la nieve y labios rojos como la sangre. En su mano izquierda llevaba una gran manzana roja, jugosa y reluciente, como si hubiera sido pulida. Al verla, el niño quedó fascinado por ella y preguntó:

—¿Qué es eso que llevas en la mano?

—Una manzana —fue la simple respuesta—. ¿La quieres probar? —añadió el príncipe, ofreciéndosela.

El niño no sabía lo que era una manzana, nunca había visto una en toda su vida, pero nada más verla supo, sin ningún género de duda, que siempre había deseado probar una de ellas. Acercó la boca a la manzana ofrecida y la mordió, y la carne de la fruta, deshaciéndose lentamente en su boca, le pareció lo más dulce y delicioso que había probado jamás. Él no lo sabía, pero el sabor de aquella fruta para él prohibida había despertado aquello que habitaba en su alma. Poco a poco, el niño que era dejó de existir y su lugar fue ocupado por una figura negra y lanuda que, con las fauces abiertas, miraba con ojos inyectados en sangre al joven que había frente a sí. 

Aun así el príncipe no parecía estar asustado de la bestia que tenía en frente, sino que lo miraba con la misma compasión con la que lo hiciera cuando aún era aquel triste niño que lloraba por su madre muerta. Sin mostrar el menor signo de temor, volvió a ofrecerle el resto de la manzana, acercándola osadamente al horrible hocico, tentándolo con la fragancia que la fruta desprendía, y el animal la devoró con tanta violencia que hizo sangrar al joven príncipe. La sangre inundó la palma de su pálida mano y la bestia la lamió con su lasciva y roja lengua, antes de elevar su terrible cabeza al cielo y aullar a la luna llena. 

PRÓLOGO

Las Palmas de Gran Canaria, 24 de marzo de 1914

Gabriel sintió la cercanía del amanecer incluso antes de ver, a través de un ventanuco en el alto techo abuhardillado, que el cielo empezara a clarear. Aun así no se movió, y siguió acurrucado en la misma esquina en la que había estado toda la noche. Una intensa modorra empezaba a apoderarse de él y la idea de permanecer allí, abrazado a sus rodillas, escondiendo su deshonra del mundo, se le antojó muy tentadora, aunque dudaba que el dulce olvido del sueño le trajera algún alivio después de lo que había hecho. Avergonzado, hundió el rostro entre las manos, y el profundo suspiro que exhaló rompió el silencio de la estancia, atrayendo hacia sí la atención del hombre que la compartía con él.

Fernando, a quien apodaban el Brujo, volvió el rostro hacia él. Al sentirlo, Gabriel se encogió todavía más en su rincón sin atreverse a levantar la vista, pero aun así pudo notar una intensa sensación de desnudez cuando aquella mirada cayó sobre él, iluminando como la rutilante luz de un faro sus pensamientos más íntimos, para luego pasar de largo en cuanto Fernando perdió el interés en él para seguir rebuscando entre los enseres del dormitorio. Al fin y al cabo, tras pasar la noche interrogándole y leyéndole el pensamiento, el hombre ya sabía que Gabriel no podía darle ninguna de las respuestas que tan desesperadamente necesitaba.

Ni siquiera él mismo tenía esas respuestas. Hasta aquel momento se había creído incapaz de matar a nadie, y menos de la manera en que lo había hecho. Sin embargo, algo en él parecía haber cambiado en los dos últimos meses, meses que se habían esfumado por completo de su mente.

No sabía por qué su memoria se mostraba tan esquiva, por qué su mente era una amalgama de recuerdos evanescentes que se perdían cada vez que intentaba poner el foco en los últimos acontecimientos de su vida. Lo último que recordaba con claridad era acudir a una sesión de espiritismo a mediados de enero, donde había conocido a Fernando, y ahora se reencontraba con él en funestas circunstancias y descubriendo con estupor, que ya era marzo.

Con la creciente luz, las imprecisas sombras del dormitorio fueron convirtiéndose en formas reconocibles: la cama de madera maciza, con el barniz descolorido y desconchado a causa del paso del tiempo; el armario, cuyas puertas entreabiertas dejaban ver unos cuantos vestidos, zurcidos demasiadas veces, tirados en completo desorden junto a unos viejos zapatos; la estantería, llena de volúmenes. Varios de los libros habían caído al suelo y uno de ellos se había abierto, dejando ver el grabado de un lobo que acechaba con sus afilados colmillos a una dulce niña en mitad del bosque. 

Ese grabado le hizo pensar en los sucesos ocurridos la noche anterior, a causa de los cuales estaba encerrado como el animal rabioso que era. Bajó la mirada hacia sus manos, posadas sumisamente sobre su regazo. En las horas transcurridas desde el crimen, la sangre de su víctima se le había secado en las manos, formando costras oscuras alrededor de las uñas y en los pliegues de sus falanges. También su camisa seguía manchada y la sangre se había oxidado sobre la tela, dejando una marca ocre y un olor metálico. El recuerdo de aquella sangre bañando su piel, regando su garganta, le acometió violentamente, atormentándolo durante los segundos que tardó en recordar cuánto lo había disfrutado. No pudo evitar la evocación del tosco rasgueo de sus colmillos al despedazar la piel, el estallar de la carne contra su lengua, la satisfacción que había sentido al destrozar aquel cuerpo que con tanta asiduidad había amado. El deseo de volver a experimentarlo hizo que su respiración se acelerara y sus encías empezaran a latir dolorosamente, haciéndole ver los instintos animales de los que era presa. 

Lo que más le atormentaba era el recuerdo de su propia crueldad. Después de que todo hubiera acabado, cuando la virulencia de su propia ira se había aplacado, se encontró a sí mismo contemplando la dantesca escena con absoluta frialdad: la sangre ajena que cubría su cuerpo, el cadáver que había a sus pies, el intenso vacío de aquellos ojos muertos vueltos hacia él… Todo ello le producía una desconcertante indiferencia. Ni siquiera el vínculo que había mantenido con quien yacía en el suelo, con los miembros destrozados y las carnes abiertas impúdicamente, parecía tener el menor efecto en él. Ahora, al rememorar el momento, no podía sino sentir horror, no ya por el crimen cometido, sino por reconocerse como ese inmisericorde verdugo que no sentía el más mínimo remordimiento por segar la vida de su víctima. 

Tampoco recordaba haber sentido alarma alguna al ser descubierto, minutos después, cuando el cadáver aún no se había enfriado. Era como si de alguna manera lo hubiera estado esperando. Aún con la sangre hirviéndole en las venas a causa de la matanza, se había mostrado ufano, determinado a no contestar a las airadas preguntas y acusaciones que se le hacían, albergando una sensación de orgullo por lo que acababa de hacer. Después de eso sus recuerdos se volvían confusos y caían en la inconsciencia, para luego despertarse en aquel oscuro desván habiendo perdido, al parecer, toda noción acerca de las endiabladas motivaciones que guiaran sus actos. 

—Es mejor para ti no recordar nada —le había dicho Fernando—. Has hecho cosas terribles. Lo que hiciste anoche solo fue el colofón de unos meses de verdadera depravación. 

Con calma desapasionada Fernando le había dado unas parcas explicaciones acerca de lo que había ocurrido. De cómo Fernando no era un brujo, sino otra cosa. Y de cómo Gabriel se había convertido en lo mismo que él.

—Vampiro —había dicho mientras un temblor supersticioso recorría su cuerpo.

—Noctívago —le aleccionó Fernando—, es así como debes dirigirte a ti mismo y a tus similares. Aunque en muy poco eres similar a mí: no eres más que un asesino, un monstruo —le había espetado con rabia apenas contenida en la voz—. Un demonio al que has alimentado con sangre. Nunca debí haber confiado en ti. 

«No, no debería haberlo hecho», se dijo con acritud mientras una profunda sensación de arrepentimiento atenazaba sus tripas. Su propia inconsciencia se presentó de improviso como una revelación: ¿cómo podía haber aceptado la inmortalidad cuando sabía muy bien lo que habitaba en su interior desde el mismo día de su nacimiento?

Amparado por la cálida oscuridad que le proporcionaban sus párpados cerrados, Gabriel se sintió transportado a otro tiempo y otro lugar. «Tienes al wa-yewta en tu interior, niño», casi pudo oír la arrugada voz que le susurraba, y ver ante sí el rostro de aquella misteriosa mujer, enturbiado por el humo del incienso al ser quemado. «Y ya nunca abandonará tu alma.» 

Quizás, de haber seguido la existencia anodina a la que estaba destinado, podría haber contenido al espíritu que de una manera u otra siempre había sabido dentro de sí, para nunca dejarlo salir. Por el contrario, había osado ambicionar una vida inmortal. «Un demonio al que has alimentado con sangre». Y ahora estaba condenado a seguir haciéndolo. 

Evocó entonces el tacto frío de una copa de vino, el intenso color rojizo del líquido que contenía, el sabor del tinto mezclado con unas primeras gotas de sangre, la sangre de Fernando. La había apurado con la promesa de la inmortalidad, sintiéndose más libre que en toda su vida, para encontrarse por contra más esclavo de sus pasiones que antes. A partir de aquel momento, Fernando se había convertido en su pater, y no necesitó expresar con palabras que Gabriel le debería lealtad a partir de entonces. La misma lealtad que se había apresurado a romper al cometer aquel terrible crimen.

—Debería usted matarme —susurró Gabriel con la voz preñada de convicción.

—Sí, debería —fue la dura respuesta. Fernando se puso junto a él y le miró desde su considerable altura, para luego darle la espalda—. Y sin embargo, no lo voy a hacer. —Gabriel levantó los ojos, y por primera vez en toda la noche se atrevió a mirar directamente a su pater—. A pesar de todo, eres mi prognatus. Eso debe de valer para algo. 

—Entonces, ¿qué va a hacer conmigo? 

—No lo sé. Ni puedes ayudarme a deshacer el mal que has hecho, ni te quiero a mi lado, al menos por el momento. Tendrás que expiar tus pecados como mejor sepas, si es que algún día llegas a conseguir tal cosa. 

Gabriel no sabía cómo sentirse al ver que no recibiría el castigo que creía merecer o la posibilidad de redimirse, pero mientras veía cómo su pater se dirigía a la puerta se dio cuenta, con creciente tristeza, de que no era lo suficientemente importante para él como para que se dignara a darle ni una cosa ni la otra.

«Fernando no entiende el poder de tu verdadera naturaleza». El recuerdo de esas palabras irrumpió en su mente, y con él la leve sensación de reconocimiento de una íntima conversación mantenida a oscuras, el contacto de un cuerpo cálido contra el suyo y una intensa añoranza, pero con la misma rapidez con la que vino, el recuerdo empezó a diluirse antes de que le diera tiempo a identificarlo. Intentó con desespero aferrarse a él, evocar el sonido de aquella voz, el movimiento de aquellos labios, la mirada de su confidente, sin lograr visualizar ni su rostro ni las circunstancias de esa conversación, a la vez que el recuerdo se deshacía como jirones de niebla al amanecer.

Sin embargo, aquel huidizo comentario, cuyo eco apenas se había esbozado en su memoria, le había dejado una certeza: Fernando nunca le había entendido o, al menos, no lo había hecho hasta el momento de ser testigo de la violencia que podía desatar, a pesar de haber reconocido lo que había en su interior desde la primera vez que se vieran.

«Tienes al wa-yewta en tu interior». Y ahí se va a quedar, pensó decidido a no dejarlo salir nunca más. Ahora que ya comprendía la naturaleza violenta de tal entidad, Gabriel se prometió luchar cada día de su vida contra él.

Al verse solo, se incorporó lentamente, oyendo a su cuerpo protestar por la postura adoptada durante toda la noche. Poco a poco se deslizó hasta abandonar el rincón que había estado ocupando y se incorporó. Miró a sus pies el montón de libros que Fernando había dejado caer tras observarlos detenidamente. Eran libros infantiles, comprobó con cierta sorpresa, fábulas de Esopo, historias populares, cuentos de los hermanos Grimm, Perrault o Andersen, como si la habitante de aquel dormitorio fuera una niña pequeña, y no la joven de esbelta figura que sus vestidos dejaban adivinar. Se agachó para recoger el libro que había llamado su atención unos minutos antes. Como todos los demás, era un libro para niños, una recopilación de cuentos clásicos. Lo hojeó, observando los grabados que ilustraban las diferentes historias: dos huérfanos perdidos en el bosque; una princesa mordiendo una manzana envenenada; la sirenita que moría por amor; el amenazante lobo, que miraba con ojos lujuriosos a una dulce niña. 

Unos pasos en el piso inferior le hicieron darse cuenta de que no estaba solo. Su primer instinto fue pensar que su pater volvía, pero tras prestar atención unos segundos se convenció de que no era así. La presencia que percibía en la casa no era poderosa, como la de Fernando, sino pequeña y apocada. Sus pasos eran ligeros, como los de alguien acostumbrado a pasar desapercibido, y ahora recorrían el piso inferior en completo silencio, desprendiendo una tristeza infinita. Una profunda sensación de pérdida, que nada tenía que ver con el dolor que aún sentía por la que fuera su víctima, le asaltó súbitamente, y tardó unos segundos en darse cuenta que no provenía de sí mismo. Fue entonces cuando Gabriel se percató, con enorme asombro, de que en realidad no escuchaba aquellos pasos, sino que los sentía de alguna manera que no alcanzaba a comprender, de la misma manera que sentía el dolor que aquella mujer —pues ahora sabía sin lugar a dudas que eso es lo que era— dejaba tras de sí como el olor de un penetrante perfume. Con los ojos cerrados frunció el ceño, concentrándose al máximo en aquellas percepciones tan nuevas para él, y le pareció acercarse tanto a ella que casi la pudo visualizar, así como percibir el lento bombeo de su corazón y el incesante impulso de la sangre en sus arterias. Un torrente de emociones y pensamiento ajenos le golpeó, dejándole casi sin aliento, y visualizó con total claridad la imagen de una doncella de enormes ojos ambarinos y rostro en forma de corazón. Un escalofrío le invadió, como si el de amor, la culpa y los remordimientos que la mujer albergaba por ella no le fueran completamente ajenos. De pronto sintió como si esa joven le mirara fijamente, como si no fuese la mera contemplación de un pensamiento ajeno, sino como si ella también pudiera verlo, como si le estuviese buscando. Luego la visión cambió, y con el estómago revuelto y el suelo balanceándose bajo sus pies la vio a bordo de un barco que se mecía en las olas, vistiendo con un camisón empapado de sangre, perdiéndose como una cáscara de nuez en la inmensidad del océano Atlántico. 

Sobresaltado por la intensidad de la visión, abrió los ojos y trastabilló, tropezando con la pila de libros y golpeándose contra la estantería. El estrépito originó una alarma en el piso inferior y Gabriel escuchó cómo la persona con la que compartía la casa corría escaleras arriba en dirección al desván con un destello de esperanza en su corazón. Pero mientras escuchaba cómo en el exterior la mujer descorría los pestillos y abría las cerraduras que mantenían la puerta sellada, Gabriel supo que no era a él a quien la mujer esperaba ver allí.

—Hija mía, ¿has vuelto? ¿Estás ahí? —exclamó, entrando precipitadamente en la estancia. 

Por un segundo, Gabriel pudo verse a sí mismo a través de aquellos ojos ajenos: una figura oscura y espigada, que se confundía amenazante con las sombras de la habitación. Observó cómo la mujer se quedaba paralizada por el miedo, escrutando la habitación con unos ojos que aún no se habían acomodado a la escasa luz que entraba por el ventanuco, y aprovechó esos segundos para huir. Lanzando un rugido, se abalanzó sobre la puerta abierta, golpeándola y haciéndola soltar una aguda imprecación a causa del susto. Bajó a toda prisa las escaleras que conducían al piso inferior, dejando a sus espaldas los gritos de la mujer. Alcanzó la puerta principal y no paró hasta alejarse calle abajo, cuando, tras resguardarse en un portal, se permitió detenerse. Solo entonces se percató de que aún llevaba en la mano el viejo volumen infantil que había hojeado en el desván. Sujetándolo fuertemente bajo su brazo, miró a su alrededor. 

Le pareció reconocer la calle en la que se encontraba y solo entonces se dio cuenta de que la casa de la que había salido tan precipitadamente era la del propio Fernando. El alumbrado público estaba ya apagado, pero a pesar de que el cielo mostraba el profundo azul del amanecer, el sol aún no era visible tras los edificios que le rodeaban. Los escasos transeúntes, en su mayoría tenderos que iban o venían del mercado a aquella hora temprana, lo miraban con disgusto, curiosidad o clara animadversión. Pudo sentir, emanando de ellos, una miríada de opiniones, sentimientos e ideas, y el reflejo de su propia y desarrapada imagen le desagradó profundamente.

—Aparta, borracho —le espetó un hombre que salía del portal en el que se encontraba.

Sintiéndose terriblemente humillado y deseando huir de las miradas ajenas, se alejó a toda prisa para meterse en calles menos concurridas, cada vez más alejado de la zona pudiente de la ciudad. No se detuvo hasta llegar a un destartalado edificio cerca de la zona portuaria. Se coló en el interior aprovechando que un vecino salía del portal y subió las escaleras hasta el último piso, donde había un cuartucho de alquiler. Esperando que el inquilino siguiera siendo el mismo, tocó con vehemencia a la puerta.

—¿Quién es a estas horas? —oyó a través de la puerta tras varios insistentes toques.

—Antonio —contestó al reconocer la voz—, abre, que soy yo.

Escuchó una precipitación al otro lado y, pocos segundos después, la puerta se abrió de golpe. Se encontró mirando frente a frente a un joven de cabellos ensortijados y redondas mejillas, cuyos ojos exageradamente abiertos mostraban sorpresa.

—Gabriel —balbuceó—. ¿Qué haces aquí? Te dábamos por muerto. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

No contestó, sino que se dejó observar. Suponía el deplorable aspecto que debía presentar, y por un segundo lo percibió a través de la mirada de su amigo: delgado, famélico, con la camisa manchada y rasgada y un brillo animal en sus enormes ojos castaños. Sacudió la cabeza en un intento de alejar de sí pensamientos ajenos con los que no se sentía capaz de lidiar.

—He hecho algo terrible —dijo con parquedad. 

Sin decir una palabra, Antonio se quitó la bata de dormir y la puso alrededor de sus hombros, haciéndole entrar en la habitación. Luego, tras mirar a ambos lados del rellano para cerciorarse de que no había nadie alrededor, cerró la puerta.

No sé a vosotros, pero tras tres semanas de confinamiento este se ha convertido en una nueva rutina para mí, lo cual no sé si es malo o bueno teniendo en cuenta que en España nos esperan al menos tres semanas más.

También es cierto que yo no he estado este tiempo exclusivamente en casa. Como enfermera que soy, mi rutina laboral ha seguido más o menos igual, lo que me permite salir, relacionarme con mis compañeros, etc. Solo estuve encerrada diez días por una sospecha de Covid (que quedó en nada).

Si eres uno de esos afortunados seres humanos que no comparten el confinamiento con niños, y empiezas a aburrirte del binge watching en Netflix, o crees que no puedes soportar tres semanas más de encierro, esto es lo que puedes hacer:

Céntrate en algo:

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¿Cuántas veces hemos dicho eso de: ojalá tuviera tiempo para…? Pues ahora lo tienes. Aprovéchalo. Sea algún bricolaje en casa que llevas teniendo un tiempo pendiente, sea leer la saga completa de Geralt de Rivia, sea retomar un hobby que llevaba un tiempo abandonado… hazlo. Yo, personalmente le estoy dando a la tecla más que nunca, lo cual me ha ayudado a despejarme y centrarme en algo que no sea la situación actual.

No veas las noticias:

Foto de cottonbroO al menos, no las veas todo el rato. Sé que es un consejo un tanto manido, y que las noticias ya no son tan catastrofistas como al principio de la epidemia, pero ver cómo el recuento de infectados y fallecidos sigue creciendo o las imágenes de los hospitales de campaña, pueden seguir siendo agobiantes. Si quieres estar informado, dedícale un tiempo cada día para ver las noticias. O escucharlas, que la radio es generalmente más sosegada y no nos deja con inquietantes imágenes en las retinas. Yo, personalmente, escucho cada mañana el podcast de La Cafetera, un programa con noticias nacionales e internaciones muy sosegado y tranquilo, perfecto para informarte sin que te de un ataque de estrés, y leo el boletín que envía ElDiario.es con información sobre el Covid actualizada y de calidad, mientras que prefiero no ver los telediarios. Elegir bien de qué medios te informas te ayudará a evitar alarmismos. Lo que nos lleva al siguiente consejo.

Bloquea y detecta los bulos por WhatsApp:

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Menos que al principio, pero mucha gente sigue reenviando noticias catastróficas, medias verdades o directamente bulos. Hasta hay quien ha decidido desinstalarse el WhatsApp por unos días o ha bloqueado a algún amigo o conocido. Yo misma he hecho esto último. No temas tomar medidas drásticas, como salir de algún grupo o bloquear a alguien que te manda continuamente información, verídica o no, que te pone de los nervios. Y procura poner tu granito de arena al respecto: no reenvíes audios o información cuya fuente desconoces o que te suenen sospechosos y piensa siempre si lo que vas a reenviar tiene un valor informativo real, y si va a ser de utilidad a la persona a la que se lo envías o solo va a contribuir a aumentar su ansiedad. Sé considerado, empático y respetuoso.

Haz ejercicio:

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No voy a ser yo la que haga un mundo por coger una kilitos debido a la inactividad, ni que aconseje hacerse una sesión de crossfit en el salón. Este consejo no tiene nada que ver ni con la gordofobia imperante ni con el culto al cuerpo, sino simple y llanamente con la salud física y mental.

Si eres una persona activa ya habrás buscado la manera de seguir haciendo algún tipo de ejercicio en casa. Pero si no lo eres, quizás pienses que no te hace falta, ya que nunca lo has hecho antes. La diferencia es que ahora no nos desplazamos al trabajo, ni damos un paseo por el centro comercial y esa falta total de actividad, unida al hecho de estar entre cuatro paredes 24/7 puede empezar a generarte problemas de ansiedad, dolores de espalda, etc.

Hay muchas actividades que puedes hacer con un espacio mínimo en tu salón. Unos sencillos estiramientos diarios, o algo de yoga, pilates o meditación. Hay muy buenos canales de YouTube sobre esos temas. Mi preferido desde hace años es Yoga with Adriene.

Pasa más tiempo contigo mismo, y con los demás:

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¿Estás pasando la cuarentena acompañado? Genial. La compañía (la buena compañía, se entiende) siempre es bienvenida. Sea tu pareja, un familiar… aprovecha el tiempo extra para hacer cosas juntos, que habitualmente las rutinas diarias no os dejarían hacer. Sentarse con una copa y charlar puede ser un ejercicio enriquecedor para reconectar con tu pareja. Jugad a algún juego juntos, descubrid alguna serie que todos queráis ver, compartid los momentos de actividad física si el espacio lo permite.

Tampoco olvides el espacio propio. Permite que las personas que viven contigo puedan disponer de un tiempo a solas, y exige el tuyo cuando lo necesites. La compañía (incluso la buena compañía) puede llegar a agobiar.

Y tanto si estás solo como acompañado, aprovecha para volver a reconectar contigo mismo. Sentarse con una taza caliente entre las manos y pensar es una actividad que hemos ido perdiendo, pero que debería seguir presente en nuestras vidas. Aprovecha el parón para pensar en ti, en cómo te sientes, en qué quieres…

Sé también indulgente contigo mismo, y date los placeres que el cuerpo te pida, sea una riquísima y grasienta pizza de cuatro quesos o una sesión con tu Satisfyer. Mantenernos satisfechos es también mantenernos sanos.

Descubre cosas nuevas:

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Se hicieron muchas bromas al principio de la cuarentena con el aluvión de oferta cultural que nos cayó a los consumidores de repente: el circo del sol, ópera gratis, conciertos en vivo en instagram, libros para descarga… Pero es que realmente es el momento adecuado para disfrutar de esas cosas. Lo que yo aconsejo es aprovechar para descubrir cosas que ya existían antes de la cuarentena y que se puede convertir en nuevas aficiones una vez la hayamos acabado.

Los podcasts, por ejemplo, son un gran entretenimiento para dentro y fuera de casa. Suelo recomendar:

Aprovecha también para leer gratis.Todos sabemos que las grandes editoriales están poniendo lecturas para descarga gratuitas, pero también otras menos conocidas.  Ediciones Babylon ha puesto parte de su catálogo de ebooks para descarga gratuita, entre ellos el primer volumen de A través del sexo. La escritora Marta Sanz ha escrito durante este confinamiento y puesto online el relato Sherezade en el búnker , Valdemar ofrece un relato gratuito al día en su cuenta de Twitter, Astiberri, que ha puesto el cómic La balada del norte para su descarga… Por supuesto, seguimos teniendo autores autopublicados en Amazon u otras plataformas (Nisa Arce suele poner en determinados días sus obras gratis) y siempre nos quedará Wattpad.

Lleva un diario de la cuarentena:

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Parece una tontería, pero estando encerrados cada día puede confundirse con el anterior. Escribir unas líneas cada noche sobre qué has hecho ese día, cómo te has sentido o qué noticia te ha impactado más te ayudará a gestionar el paso del tiempo, organizar tu pensamiento y con el paso de los años, si lo guardas, se convertirá en un recuerdo de incalculable valor para recordar cómo fueron estos inusuales días que nos está tocando vivir.

En todo caso, no pierdas de vista lo importante: mantenerse sano y proteger a los demás con el simple hecho de quedarse en casa. Todo lo demás, carece, al final, de importancia.

 

El fandom de Juego de Tronos está dividido: mientras unos se desilusionan más con cada capítulo que pasa, otros parecen disfrutar a rabiar de esta temporada. Ambos bandos se atacan en Twitter, sobre todo en relación al cambio de Daenerys: muchos dicen que ya se veía venir mientras apoyan a pies juntillas a D&D, otros, los Daeneryliebers, a los que se acusa de ansiar un final Disney, miran horrorizados la pantalla a la vez que despotrican contra los creadores de la serie y amenazan con anegar el mundo en llamas. Si no estás al día de Juego de Tronos, no sé qué haces aquí. Si lo estás, quizás este artículo te ayude a entender qué es lo que está pasando.

Y es que ahora mismo no se habla de otra cosa en el fandom

Las discusiones entre los que claman por lo que consideran un bestial bajón en la calidad de la serie y los que quieren disfrutar esta última temporada sin mayores consideraciones son constantes. A los primeros se los acusa de no ser capaces de admitir los acontecimientos y de ser «malos fans», por justificar los terribles actos de Daenerys; a los segundos se les llama simples, por ser capaces de de conformarse con cualquier cosa que les pongan delante.

Daenerys comenta la última temporada de GoT

«¿Bajón de calidad?», dirán estos últimos. La dirección de la serie es estupenda (sobre todo de los capítulos 3 y 5 de esta temporada), las interpretaciones, la escenografía —salvo por el ya celebre café que no-era-del-Starbucks— o el vestuario están al mismo nivel que siempre. Hay además un montón de batallas, muertes —menos de las que algunos desearían— y giros de guion tan bestiales de esos a los que GoT nos tiene acostumbrados. «Si quieres un final feliz, vete a ver un musical», dirán, para acabar su argumentación. 

Pero es que de lo que hablamos es del guion

No de la trama, no de un final feliz, no de la incapacidad del espectador de aceptar el desenlace de una historia que lleva muchos años siguiendo, sino del guion. Un intangible que no se ve, ni se toca, ni se oye, pero que está detrás de cada decisión de vestuario o fotografía, tras cada plano, diálogo o escena. Del guion, y de su eficacia o ineficacia. Y aceptémoslo, la calidad del guion de GoT ya no es la que era. Y esa es una verdad que ni siquiera la magnífica cinematografía de la serie puede ocultar. 

Todos sabemos que es el guion el que dirige la trama, pero no porque algo esté escrito (y rodado e interpretado) significa que el espectador lo tenga que aceptar aun cuando los engranajes chirrían. El guion debe albergar coherencia, y debe preparar al espectador para lo que está a punto descubrir. Eso no parece estar ocurriendo en el desenlace de Juego de Tronos. Así que, ¿qué es lo que falla en el guion de GoT?

Diálogos

Parece lo más obvio para el espectador. Los diálogos de GoT solían ser gloriosos. Los habitantes de Poniente nos maravillaban con su labia e inteligencia, que parecían reflejar a su vez la inteligencia de los escritores que había detrás. Célebres eran, sobre todo los duelos dialécticos entre Meñique y Varys. Tyrion nos enseñó, allá por el capítulo 1x01 lo útil que resulta la apropiación del insulto, Igritte nos enamoró con su aparentemente simple «You know nothing, Jon Snow», Syrio Forel nos enseñó cómo debíamos responder al Dios de la Muerte (afamada referencia rescatada en el 8x03, para justificar que Arya se apropiara del arco de personaje de Jon, pero de eso hablaremos luego) y Melissandre nos recordaba una y otra vez que «la noche es oscura y alberga horrores». No es difícil recordar lo delicioso que resultaba escuchar diálogos sin fin en las elegantes estancias de La Fortaleza Roja, cuando los Lannister, los Tyrell o los Martell conspiraban unos a espaldas de los otros; las negociaciones de Catelyn Stark con los posibles aliados del Rey en el Norte; o las concurridas reuniones alrededor de un mapa de Poniente, mientras los generales planeaban sus próximos movimientos bélicos…

Ya nos parecía, allá por la temporada seis, que ciertos personajes perdían cierto interés, impresión que se reafirmó en la temporada siete y se afianzó notablemente en la ocho: Tyrion ya no nos enamora con su inagotable ingenio, sino que se limita a caer en lugares comunes, flagrantes errores de juicio y a insultar a Varys en relación a su falta de pene (una y otra vez). Meñique se dedicaba a vagar por Invernalia, como una sombra del que fue, comentando solo obviedades y cayendo víctima de su propio juego. Bronn solo quiere un castillo y Cersei solo quiere elefantes, y las escenas entre Jon y Daenerys nos parecen cursis, insulsas y aburridas, llegando provocar severos ataques de vergüenza ajena. Nunca más que ahora nos han parecido más lejanos los exquisitos complots políticos, venganzas y romances de Juego de Tronos. 

Verosimilitud

Una ficción puede ser fantasiosa, imaginativa, llena de locos giros argumentales o situaciones alocadas, pero nunca puede ser inverosímil. Todo lo que ocurre debe poder ser procesado adecuadamente por el lector/espectador y nunca (jamás de los jamases) debe animarle a decir «¡Menuda fantasmada!».

Hay quien dice que a una serie en la que hay hechiceros, dragones y muertos vivientes no se le puede pedir que sea realista. Pero no hay afirmación más falaz que esa: es sobre todo en este tipo de ficciones, las que desafían lo que el espectador cree real o no, en las que las técnicas de verosimilitud deben hacer mayor acto de presencia. La verosimilitud no tiene tanto que ver con la realidad como con la apariencia de realidad. Cada autor decide cuáles son las reglas que rigen su mundo y lo debe decidir y establecer desde un principio. Así en el mundo de Juego de Tronos ciertos eventos fantasiosos (como la existencia de dragones) están permitidos, pero por lo demás es un mundo regido por las mismas reglas que el nuestro (las leyes físicas o de la gravedad son las mismas que en el nuestro, por ejemplo). Por lo tanto, dentro del contexto de Juego de Tronos nos parece verosímil que existan los dragones, pero no que alguien tire una manzana al aire y esta caiga "hacia arriba". GoT ha dejado, por varias razones, de ser verosímil, y eso no tiene nada que ver con el elemento fantástico de la serie, sino con una falta de coherencia. 

Hay una multitud de ejemplos de esta falta de verosimilitud solo en esta temporada: que todos parezcan olvidarse acerca de la existencia de la Flota de Euron (punto confirmado por el propio Benioff); que Bronn sea capaz de colarse en Invernalia, charlar con los hermanos Lannister y salir por donde ha venido sin que nadie más se entere; que Tyrion le quite las cadenas a Jaime para liberarle y que este, por su cuenta, tenga que salir de la tienda, abandonar el campamento sin que nadie lo vea y entrar en una ciudad que está siendo sitiada (¡y que lo consiga!), que Arya y el Perro consigan también entrar en King's Landing horas antes de la batalla (¿quién puede creerse que se puede entrar en una ciudad amurallada que está siendo sitiada?), que Euron dispare tres veces a Rhaegal y que tres veces acierte, mientras que en la batalla de King's Landing se dispare mil veces a Drogon y no se acierte ni una vez, los múltiples Deux ex machina que pueblan todo el capítulo 8x03, por medio de los cuales muchos personajes son milagrosamente salvados justo antes de morir, que Arya ataque, desde arriba y sin que se nos explique de dónde sale, al Rey de la Noche…

Cabos sueltos

Me encanta la analogía que hace mi adorado FrikiDoctor (cirujano, guionista y friki supremo—echad un vistazo a su canal de YouTube si no lo habéis hecho ya) cuando explica que un guionista debe sembrar para poder recoger luego. Siguiendo la analogía, se podría decir que los guionistas de Juego de Tronos han pecado de intentar recoger sin haber sembrado antes, pero sobre todo, han sembrado mucho que no han querido recoger después. 

Una miríada de cabos sueltos quedan pendientes de respuesta en esta última temporada, y a falta de un solo capítulo ya podemos intuir que no los van a resolver. Algunos personajes han sido despachados literalmente para no tener que terminar sus tramas (casos de Gendry y Fantasma, por ejemplo). Esto echa por tierra el argumento de que no había trama para 10 capítulos en las dos últimas temporadas. Por ejemplo:

—¿Qué escuchó Varys en las llamas tras ser mutilado? Es un misterio que nunca se desvela.

—¿Por qué R'hllor resucita a Jon si no fue para que acabara con el Rey de la Noche? Si bien se nos desvela en la serie que el señor de la Luz resucitó una y otra vez a Beric para que salvara a Arya, aún no se nos ha desvelado la razón de la vuelta de Jon al mundo de los vivos. ¿Lo sabremos en el último capítulo?

—¿Quién era el príncipe —o la princesa— que fue prometido? En la serie nunca se nos nombra a Azor Ahai, tan solo la profecía del príncipe que fue prometido, paladín de R’hllor y motivación principal de Melissandre. Esta trama, de vital importancia hasta la temporada seis, fue abandonada bruscamente. 

—¿Cuál era el objetivo de que Cersei estuviera embarazada? GoT se caracterizaba por ser una ficción que no daba puntadas sin hilo, sin embargo, descubrimos en la temporada siete que Cersei estaba embarazada sin que esto tuviera un efecto real en la trama. Todo hubiera ocurrido virtualmente de la misma forma si ese embarazo nunca hubiera existido.

—La trama del banco de Hierro y la Compañía Dorada. Esta trama parece cerrada, pero en falso. Cersei se curró mucho que el banco de hierro la financiara para poder contratar a la Compañía Dorada, cosa que consiguió (a falta de un par de elefantes), pero ¿de qué le sirvió? De nuevo, nada hubiera cambiado para la soberana de Poniente de no haber conseguido este objetivo. ¿Para qué darle tantas vueltas a una trama que no tiene el menor impacto en el desenlace?

—Robert Arryn y la trama del Valle quedan, literalmente, en el aire. Muchas veces vimos a Sansa hablando (¿conspirando?) con Lord Royce en los primeros capítulos de esta temporada, pero ya parece muy tarde para que nos aclaren si realmente estaba pasando algo.

—¿Para qué viajó Jaime Lannister al norte, luchó en la batalla de Invernalia y se acostó con Brienne de Tarth, solo para volver finalmente al punto de partida? De nuevo, una trama desarrollada que no lleva a ninguna parte.

—Bran y sus habilidades. Primero, la capacidad profética de Bran podría haber ayudado en muchas ocasiones, pero los guionistas no lo quisieron hacer. Según el propio Isaac Hempstead-Wright, Bran le cuenta a Sansa la verdad sobre Meñique... en una escena que fue eliminada del montaje final de la séptima temporada. Podría también haber advertido a Jon sobre Daenerys, y de lo mala que se va a volver. Por otro lado, está su capacidad para wargear, capacidad totalmente infrautilizada desde la muerte de Hodor. Todos esperábamos que durante la batalla de Invernalia fuera a wargear algo importante para influir en el destino de la batalla. No lo hizo, y nadie nos aclara por qué no.

Arcos de personajes

Los arcos de personaje se han convertido de repente en un tema recurrente de conversación, sobre todo por parte de aquellos que intentan (intentamos) explicar qué hay de malo en la octava temporada, y en lo poco que tiene que ver con la incapacidad del espectador de aceptar los hechos que se le muestran si se muestran correctamente. Pero, ¿qué son los arcos de personaje?

Hablando en plata se podría decir que el arco de un personaje es la línea que define su evolución en la historia, el que le lleva desde el punto inicial A hasta el punto final B y que muestra el cambio en su situación, creencias, filiaciones o moralidad. Hay muchos tipos de arcos y muchos autores que defienden uno u otro tipo, pero simplifiquemos al decir que los arcos pueden ser ascendentes, cuando el personaje o sus circunstancias mejoran; descendentes, cuando se da lo contrario; o planos cuando hay pocos o ningún cambio en el personaje o sus características.

Hemos visto arcos de personaje muy complejos en Juego de Tronos, y esa es una de las cosas que siempre me ha gustado más de la saga, tanto literaria como televisiva. No hay más que pensar en la evolución de personajes como Sansa, Arya, El Perro, Jorah Mormont, Jaime Lannister o Theon Greyjoy para entender a qué me refiero. Sin embargo, la evolución de los personajes, sus arcos, deben estar dotados de coherencia y últimamente esa coherencia parece haber caído en picado.

Un ejemplo muy claro, ya citado más arriba, es el caso de Jon. Jon, renacido por la gracia del Señor de la Luz y por mediación de Melissandre parecía postularse muy claramente como paladín de R’hllor. Era muy lógico que fuera Jon quien acabara con el Rey de la Noche, y no solo por mantener la coherencia mitológica. Era también, desde el inicio de la serie, el personaje principal más involucrado con la lucha contra los caminantes blancos y el primero al que vemos acabar con un espectro, allá por la primera temporada. Tenía, además, fuertes razones personales para querer acabar con el Rey de la Noche, tras la derrota sufrida en Casa Austera. Incluso, hubiera sido más lógico que Daenerys acabara con el Rey de la Noche, teniendo también razones personales tras la pérdida de Viserion. Aquí, Arya hace una apropiación de arcos ajenos, al acabar con el Rey de la Noche sin ella tener ninguna vinculación con él. Sí, es inesperado y es espectacular, pero primar la espectacularidad sobre la coherencia no suele dar los mejores resultados.

El de Jaime es otro ejemplo de arco malogrado. Todo indicaba que el del Matarreyes sería un camino de la perdición (chico malo de Poniente, rompedor de juramentos y fornicador de hermanas reales) a la redención, mediante un via crucis a modo de aprisionamiento, mutilación y amistad con la no-caballero más honorable del continente. Cuando a finales de la séptima temporada abre los ojos finalmente con respecto a su hermana gemela y viaja al norte para unirse al equipo de “los buenos”, ese arco de redención parecía casi acabado… para acabar unos cuantos episodios más adelante, fanservice con Brienne mediante, en el punto de partida para morir junto a Cersei por ladrillazo, igual de enamorado de ella que siempre. Un sinsentido.

Sería muy fácil decir, como Daenerylieber que soy, que al arco de personaje de la Reina de Dragones le falta coherencia, aunque no creo que esto sea del todo cierto. En esta entrada del blog de Carlos Pérez Casas se describen los pasos necesarios para trasformar a un héroe en un villano, pasos que D&D parecen haber seguido al pie de la letra. Entonces, ¿por qué parece que el arco de Daenerys no funciona y somos incapaces de asimilar su cambio? 

Quizás la respuesta a esto es la premura con la que este arco inició su camino descendente. Muchos espectadores de la serie hacen ahora un análisis retrospectivo para hacernos ver las ocasiones en las que debimos ver que Daenerys iba a terminar tan loca como su padre, al decir cosas como que iba a conquistar el mundo con sus dragones y blablabla. De nuevo tengo que citar a FrikiDoctor y recordar que, como todo científico sabe, los estudios retrospectivos tienen un importante sesgo. Y la verdad es que los guionistas no nos han preparado para este giro, porque querían sorprendernos, primando de nuevo la espectacularidad sobre la coherencia. Si nos hubieran querido preparar para la caída a los infiernos de Daenerys Targaryen nos podrían hecho sentir alguna empatía por los Tarly, por ejemplo, en vez de mostrar al padre como un hombre inflexible y rígido y al hijo como un lelo. Sentimos por primera vez esas muertes como un hecho malvado por medio del dolor de Samwell Tarly, personaje al que sí que apreciamos, ya entrados en la temporada ocho. Aparte de ese par de comentarios sobre conquistas violentas dichos al vuelo por Daenerys, nunca vemos algo que nos haga dudar de ella. De hecho, el camino recorrido por la Reina Dragón hace que nos involucremos emocionalmente con ella de manera muy profunda, vinculación que no se puede deshacer en dos o tres episodios. Recordemos tan solo que el arco de redención de Theon (uno de los más completos de la serie) empezó allá por la temporada tres, y pasaron dos o tres temporadas completas antes de que realmente empatizáramos con él. Su redención acabó finalmente en el capítulo 8x03, al morir defendiendo a Bran. Se nos conceden veinte o treinta horas de metraje para poder confiar en Theon, pero apenas dos o tres para desvincularnos de Daenerys. Verla, de buenas a primeras, imprecando a Jon o matando civiles indiscriminadamente nos sumerge en una sensación de irrealidad, como si Emilia Clarke estuviera, de repente, interpretando a otro personaje. 

En definitiva, el guion de la octava temporada de Juego de Tronos ( y el de la séptima) está lleno de incongruencias, fallos, agujeros y lugares comunes, muy lejos del nivel que se espera de esta superproducción ampliamente financiada y del que mostraba solo unas temporadas atrás. Cuesta mucho pensar que la única razón de esta bajada en el nivel sea la falta de material en el que basarse (los libros de Martin se agotan al final de la quinta temporada), y sin embargo, esta parece ser la más plausible. Ahora solo queda ver, con cierto desinterés y sensación de trámite, el sexto capítulo de esta temporada, que será el último de una serie que ha caído en barrena. Que los Siete nos cojan confesados. 

La nueva temporada de Juego de Tronos parece no estar satisfaciendo a sus seguidores. Aún sabiendo que nunca llueve a gusto de todos y que ningún final va a satisfacer a todo el fandom, parece intuirse, ya por el capítulo 4, que la trama coge una deriva que muchos no esperaban y que ahora no desean. Además, no parece un problema solo de trama. De alguna manera, muchos parecen (parecemos) intuir que el nivel del guion está bajando peligrosamente, pero ¿es solo un problema de la octava y última temporada, o ya venía de antes? Si no estás al día de Juego de Tronos, más te vale no seguir leyendo.

Vamos a remontarnos a 2016.

Si eres fan de Juego de tronos recordarás que ese fue el año en el que se estrenó la sexta temporada. Por primera vez, la serie despegaba de los libros para volar sola, desarrollando tramas inéditas incluso para los lectores de la saga de Martin. Aquel fue, me parece, el año de la gran explosión de la serie a nivel global, justo cuando el hype de los espectadores era más alto que nunca. Ya no podíannanticiparse ninguno de los acontecimientos de la serie, que por otro lado no decepcionaron a nadie: Jon Snow resurgía de entre los muertos para liderar al norte en contra de la tiranía del Bolton y ganar la épica batalla de los bastardos, a la vez que se nos confirmaba su ascendencia Targaryen. Sansa, adulta y empoderada, parece encontrar su lugar en el mundo. Arya emprende por fin su regreso a casa. Cersei, habiendo enterrado a su último hijo vivo, es proclamada como reina de los Siete Reinos, ganándose con ello una mirada de incredulidad y miedo por parte de su amado hermano Jaime. Su otro hermano, Tyrion, al fin mano de una monarca en la que cree firmemente, pone su ingenio e intelecto en pro de un mundo mejor. Y qué decir de Daenerys, nuestra Khaleesi, que consigue pacificar la antiguamente llamada Bahía de los Esclavos antes de volver sus ojos hacia el Trono de Hierro. Por aquel entonces, el Rey de la Noche aún era solo una amenaza inespecífica, esperábamos con la misma insistencia que Melissandre al príncipe (o princesa) que fue prometido y tres dragones surcaban el cielo. Todo parecía posible en Poniente.

vAquella temporada, magistralmente escrita, no solo nos regaló una trama vibrante y una de las mejores batallas rodadas para la televisión de toda la historia —la batalla de los Bastardos—, sino la enorme satisfacción de que se confirmara la GRAN teoría que los fans llevábamos años barruntando: que Jon era en realidad hijo de Rhaegar y Lyanna Stark, y por lo tanto, un Targaryen. De repente, el título de la saga literaria, Canción de Hielo y Fuego, cobraba más sentido que nunca y todos elucubrábamos con la profecía de las tres cabezas del dragón. Había tres dragones, por lo que debía haber tres jinetes Targaryen. Ya teníamos a dos de ellos, y solo faltaba un tercero. Cuando Tyrion entra en la mazmorra de Meereen donde Rhaegal y Viserion estaban encerrados y sale de allí con vida e ileso, ya casi podíamos imaginarlo junto a Jon y Daenerys, reconquistando poniente a lomos de sus tres dragones, emulando a Aegon el conquistador y sus dos hermanas... Esperanza que murió, miserablemente, cuando vimos a Viserion hundirse en las heladas aguas de un lago al norte del Muro. ¡¡¡¡Arrrrggggggghhh!!!!

Targaryens y teorías de fans aparte

La séptima temporada pareció robarnos mucho más que a uno de los dragones. A diferencia de la sexta temporada, la séptima no supo mantener el nivel argumental y la trama flaqueó peligrosamente, rozando el ridículo en ocasiones —como la infame reunión en Dragon's Pit. Los personajes presentaban reacciones impropios de ellos, cometían flagrantes errores técnicos en sus batallas y mostraban la capacidad casi inhumana de trasladarse de un lado a otro del continente en un abrir y cerrar de ojos (recordemos a Gendry y su enloquecida carrera de vuelta hacia el muro). Por primera vez en Juego de tronos, pudimos verle las costuras a los guiones: qué pretendían los guionistas con tal o cual diálogo, cómo intentaban engañar al espectador con juegos tácticos, cómo forzaban situaciones o incluso romances en pro de hacer avanzar la trama en la dirección deseada. Ejemplo muy claro de esto es la maltratada trama de Invernalia, mal explicada a propósito solo para dar al público la impresión de que las dos hermanas Stark estaban enfrentadas, y preparar la gran sorpresa del juicio a Petyr Baelish, dejándonos el mítico "How do you answer these charges... Lord Baelish?" de Sansa como única satisfacción.

La octava y última temporada parece no estar tampoco a la altura

Ni de las expectativas puestas en ella ni del nivel de calidad que se le supone por los ingentes recursos disponibles. Weiss y Benioff no parecen ser conscientes de que tienen entre manos la última temporada de la que es, probablemente, la serie más grande jamás producida. Ya el primer capítulo fue relativamente flojo. Aunque esperábamos un capítulo de transición (y lo fue) lo que no esperábamos era la pobre redacción de diálogos (sobre todo en la escena de "Cómo entrenar a tu dragón y mantener caliente a tu Reina"). Fue aquí, además, cuando empiezan a pasar cosas porque sí: A Sansa le cae mal Daenerys porque sí, Daenerys y Jon se van de paseo porque sí, Cersei se va a la cama con Euron porque sí, Sam le cuenta a Jon la verdad de su familia porque sí (y porque estaba enfadado con la Khaleesi), etcétera.

El capítulo dos

A pesar de ser uno en el que aparentemente "no pasa nada" resultó estimulante. El guión estaba más hilado que el del primero (de hecho, de los cuatro capítulo emitidos, este es el único que no tiene graves problemas) y los diálogos estaban definitivamente mejor escritos, pero sigue habiendo cosas chirriantes, como la conversión de Tormund en el cómico invitado de la temporada (tendencia que parece vigente hasta hoy), a la vez que se hizo más evidente la intencióndel equipo de guionistas de que le cogiéramos tirria a Daenerys, cuando la hacen reaccionar de manera impropia a su carácter. 

El capítulo tres

Fue al mismo tiempo un prodigio técnico y un desastre narrativo. Aparte de la —muy controvertida— oscura fotografía del capítulo, la (no tan larga) noche de batalla es espectacular. El capítulo tiene buen ritmo, muy buena dirección y bastante decente dirección de actores. La música acompaña magistralmente y verlo (incluso por segunda o por tercera vez) es emocionante. Pero —y aquí viene el GRAN pero— el problema siguen siendo las costuras cada vez más visibles del guión. Cuando ves al ejército Dothraki galopar hacia la oscuridad —y a una más que previsible muerte— sin la menor consideración bélica, casi puedes imaginar a los guionistas en su sala de reuniones diciendo: "¿A que estaría guay ver cómo se van apagando las espadas una a una?". Sí, espectacular es, pero... ¿Hola? ¿Hay algún cerebro dirigiendo esta batalla o solo estamos haciéndonos los chachis? Por otro lado, el capítulo está copado de deux ex machina, y si no pensad: ¿Cuántos personajes son salvados milagrosamente justo antes de morir? Por no hablar del muy épico, sí, pero también muy inexplicable momento en el que Arya sale de la nada para atacar al Rey de la Noche... ¡desde arriba! Que vale, que yo fui la primera que gritó de emoción al ver a Arya hacer algo tan épico (¡Girl Power!) pero ¿de dónde sale? ¿Por qué nadie la ve venir? 

Aparte de lo anticlimático que resulta acabar con el Rey de la Noche a falta de tres episodios para el final, ya parece una pauta que Juego de Tronos deseche las tramas que no le sirven. Pasó con Tormundo y Gosht, mandados más allá del muro en el capítulo cuatro, o Gendry, sacado del juego de tronos contentándolo con Bastión de Tormentas. Ya está claro, a estas alturas de la serie, que no se animarán a aclarar tampoco el origen de Tyrion, al igual que desperdiciaron la trama dorniense. En fin...

Y hablando del capítulo 4

La verdad es que es un desatino total. Tras un muy elaborado y lacrimógeno funeral, los supervivientes de la batalla se pegan un fiestorrón épico. Vaso de Starbucks aparte, la fiesta está llena de escenas inexplicables y lugares comunes, para culminar con el fanservice del Jaime/Brienne y una horripilante escena entre tía y sobrino acerca de su parentesco y derechos royales. Posteriormente, se gestiona muy mal el tema de la herencia de Jon Snow, con una o dos escenas en las que se desvela el secreto que son más bien ridículas. Por si fuera poco, se coloca un cartel de neón sobre Daenerys que nos recuerda que está loca (como su padre). Varys parece haber entrado en pánico, de repente y sin venir a cuento, y a Tyrion (que para más inri lleva dos temporadas sin hacer NADA) se le está pegando tanta tontería. Luego, Bronn se cuela en Invernalia ballesta en mano como si nada para tener una inverosímil conversación con los hermanos Lannister. Y cuando piensas que el capítulo no podía ser más insulso, ¡Zas! y no una, ni dos, sino tres lanzas se clavan en el cuerpo de Rhaegal y en el corazón de todos los espectadores. ¡¡¡¡Arrrrggggggghhh!!!!

Podría seguir despotricando sobre el capítulo, pero creo que ya pillan la idea y a mí me va a dar un patatús. 

Aunque todavía (pobres infelices) los fans no hemos perdido la fe del todo, y confiamos en un gran giro final que devuelva todas nuestras esperanzas, nos vemos venir un final de serie insulso, insustancial y precipitado, incapaz de contentar a cualquier espectador mínimamente exigente. 

Nuestro único consuelo es que siempre nos quedarán los libros... O no.

Artículo coescrito junto a Nisa Arce

Últimamente, he recuperado (¡por fin!) el deseo de escribir. Y no solo de escribir ficción. Sino de escribir. A secas. Cualquier cosa. Y sí, esto incluye también este blog. Una de las principales razones por las que deseé reiniciar el blog (lo que incluyó un migrado desde Blogger y la adquisición de un dominio propio) fue precisamente ayudarme a reiniciar mi escritura, que en 2018, debo confesarlo, estuvo en franco dique seco. Lo que en un principio interpreté como un bloqueo (y por tanto, empecé a tratar como tal) se desveló a final como pura y simple desgana. Y no hay fácil cura para eso.
El año pasado fue algo raro para mí. No malo, pero sí lleno de cambios, sobre todo a nivel profesional, que me han sometido a ciertos ajustes y desajustes. Y eso significa que he sido (quizás en exceso) indulgente conmigo misma y no me he exigido demasiadas cosas. Pero tras unos cuantos meses, se podría decir, ganduleando, he empezado a filosofar sobre el sentido de la vida. Esa no sé si es buena o mala señal.
Estos últimos meses he leído más de lo que he acostumbrado últimamente, pero también he perdido mucho tiempo jugando a videojuegos o viendo series. Aún queda por decidir la cuestión de qué es y qué no perder el tiempo. Creo que todos coincidimos en que leer nunca lo es, pero que no lo sea ver televisión, aunque esta sea de calidad, se abre a debate. Lo cual es interesante por sí mismo.
En todo caso, he empezado a preguntarme si «está bien» que ocupe mi tiempo libre en hacer virtualmente nada, si es «correcto» ser tan poco productiva. Dejando de lado el hecho de que ya trabajo manteniendo mi hogar en orden y también en un hospital, ganándome el sueldo con un trabajo que no solo es agotador y apasionante, sino tambien vital (literalmente) me pregunto constalmente si soy injusta conmigo por fustigarme por mi escasa productividad en mi tiempo de ocio o si es mi pleno derecho hacer nada de vez en cuando.
Y aún así, es algo que me preocupa. Quizá esa preocupación sea solo fruto de la presión que sentimos por estar continuamente haciendo cosas, siempre informados, siempre conectados, que hemos perdido la capacidad de NO HACER NADA y que nos parezca bien. Esa capacidad la tenemos todos de niños. O al menos la teníamos los niños de nuestra generación: esas tardes aburridas en las que no había nada que hacer más que pensar en las musarañas o mirar por la ventana para ver los coches pasar.
A lo mejor, todo el auge actual del mindfulness no sea otra cosa más que otra respuesta a la hiperactividad a la que somos sometidos constantemente, pero yo sigo sin estar segura de que vaciarme el coco jugando a "The Witcher" sea tan saludable como meditar.
En todo caso, supongo que dos hechos determinantes me han hecho cuestionarme todo esto: el primero, que últimamente he pasado más tiempo en casa del que estoy acostumbrada por (leves) cuestiones de salud; y en segundo lugar, mi recuperado deseo de ser (y nótese que esta palabra se ha repetido ya varias veces en la entrada) productiva.
No sé si este deseo se materializará en algo concreto, como retomar la escritura de mi segunda novela (o de cualquier otra cosa) o no. Pero por lo menos siento el deseo de hacer algo. Y eso es un inicio prometedor. Aunque no prometo abandonar "The Witcher" por el momento.

Últimamente, he recuperado (¡por fin!) el deseo de escribir. Y no solo de escribir ficción. Sino de escribir. A secas. Cualquier cosa. Y sí, esto incluye también este blog. Una de las principales razones por las que deseé reiniciar el blog (lo que incluyó un migrado desde Blogger y la adquisición de un dominio propio) fue precisamente ayudarme a reiniciar mi escritura, que en 2018, debo confesarlo, estuvo en franco dique seco. Lo que en un principio interpreté como un bloqueo (y por tanto, empecé a tratar como tal) se desveló a final como pura y simple desgana. Y no hay fácil cura para eso.
El año pasado fue algo raro para mí. No malo, pero sí lleno de cambios, sobre todo a nivel profesional, que me han sometido a ciertos ajustes y desajustes. Y eso significa que he sido (quizás en exceso) indulgente conmigo misma y no me he exigido demasiadas cosas. Pero tras unos cuantos meses, se podría decir, ganduleando, he empezado a filosofar sobre el sentido de la vida. Esa no sé si es buena o mala señal.
Estos últimos meses he leído más de lo que he acostumbrado últimamente, pero también he perdido mucho tiempo jugando a videojuegos o viendo series. Aún queda por decidir la cuestión de qué es y qué no perder el tiempo. Creo que todos coincidimos en que leer nunca lo es, pero que no lo sea ver televisión, aunque esta sea de calidad, se abre a debate. Lo cual es interesante por sí mismo.
En todo caso, he empezado a preguntarme si «está bien» que ocupe mi tiempo libre en hacer virtualmente nada, si es «correcto» ser tan poco productiva. Dejando de lado el hecho de que ya trabajo manteniendo mi hogar en orden y también en un hospital, ganándome el sueldo con un trabajo que no solo es agotador y apasionante, sino tambien vital (literalmente) me pregunto constalmente si soy injusta conmigo por fustigarme por mi escasa productividad en mi tiempo de ocio o si es mi pleno derecho hacer nada de vez en cuando.
Y aún así, es algo que me preocupa. Quizá esa preocupación sea solo fruto de la presión que sentimos por estar continuamente haciendo cosas, siempre informados, siempre conectados, que hemos perdido la capacidad de NO HACER NADA y que nos parezca bien. Esa capacidad la tenemos todos de niños. O al menos la teníamos los niños de nuestra generación: esas tardes aburridas en las que no había nada que hacer más que pensar en las musarañas o mirar por la ventana para ver los coches pasar.
A lo mejor, todo el auge actual del mindfulness no sea otra cosa más que otra respuesta a la hiperactividad a la que somos sometidos constantemente, pero yo sigo sin estar segura de que vaciarme el coco jugando a "The Witcher" sea tan saludable como meditar.
En todo caso, supongo que dos hechos determinantes me han hecho cuestionarme todo esto: el primero, que últimamente he pasado más tiempo en casa del que estoy acostumbrada por (leves) cuestiones de salud; y en segundo lugar, mi recuperado deseo de ser (y nótese que esta palabra se ha repetido ya varias veces en la entrada) productiva.
No sé si este deseo se materializará en algo concreto, como retomar la escritura de mi segunda novela (o de cualquier otra cosa) o no. Pero por lo menos siento el deseo de hacer algo. Y eso es un inicio prometedor. Aunque no prometo abandonar "The Witcher" por el momento.

Sharp Objects no es una serie de la que haya oído hablar. Nadie me la ha recomendado, ni siquiera mencionado. Seguramente se deba a la relativamente baja penetración de HBO en España (que según algunos datos aún no llega a los 500.000 hogares), pero es una autentica pena que una obra maestra como esta pase tan desapercibida en nuestro país.


Basada en una novela homónima de Gillian Flynn (Gone girl), la serie ha sido adaptada para televisión por Marti Noxon (UnReal o Dietland) y sus ocho episodios fueron dirigidos por Jean-Marc Vallée (Dallas Buyers Club, Big Little Lies).

¿Qué nos cuenta?

La periodista Camille Preaker (Amy Adams) recibe el encargo de su editor Frank Curry (Miguel Sandoval) de cubrir el asesinato de una adolescente y la desaparición de otra en su ciudad natal. Alojada en la casa familiar, Camille se reencontrará con su madre Adora (Patricia Clarkson), una mujer neurótica e hipocondríaca y con Amma (Eliza Scanlen) una medio hermana a la que apenas conoce, a la vez que se verá abrumada por el recuerdo de una hermana fallecida mucho tiempo atrás. Camille se une a la investigación policial y pronto se identifica con las jóvenes víctimas. Atrapada por sus propios demonios, debe desentrañar el rompecabezas psicológico de su propio pasado si quiere obtener una historia que escribir acerca de los crímenes. 

¿Cómo lo cuenta?

Desde las primeras secuencias, Sharp Objects se revela como una narración no lineal, trufada de flasbacks e imágenes onírico-alucinógenas. El mundo, visto casi siempre desde la perspectiva de Camille, es opresivo, sudoroso y lleno de mensajes subconscientes. Es quizás ese punto de vista lo que hace de Camille, una antiheroína alcohólica y con evidentes problemas psicológicos, un personaje tan inquietante e interesante, y quizás sea también lo que nos permite empatizar con ella. Camille usa la música para evadirse de la realidad, y prácticamente toda la banda sonora de la serie es diegética, pues está formada por las canciones que ella y otros personajes escuchan, lo que nos da una mayor sensación de cercanía.

¿Por qué nos interesa?

La mera presencia de Amy Adams en el cast es excusa más que suficiente para verla, al menos, fue la razón de que yo decidiera verla. Esta pelirroja de nariz respingona, a la que todos pusimos cara a raíz del sorprendente éxito de la película de Disney Encantada, es la protagonista absoluta de este thriller psicológico que, durante sus ocho capítulos, nos introduce en la húmeda y asfixiante atmósfera de Wind Gap, Missouri. Destacan también en el cast Patricia Clarkson, Miguel Sandoval, Sophia Lilas (IT) como una joven Camille y sobre todo la joven Eliza Scanlen que nos brinda la desasosegante interpretación de una adolescente tóxica y controladora.

Sharp Objects, a ratos pausada y a ratos espeluznante, se beneficia de la continuidad de contar con un único director y de un montaje fragmentado que poco a poco va tomando sentido hasta alcanzar un inesperado clímax final. El resultado es un thriller psicológico espeso y asfixiante que involucra al espectador como pocas ficciones lo hacen. Si decides verla, no te pierdas las escenas postcrédito del Season Finale.

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Últimamente, todo el mundo parece ser un friki de algo: de los coches, de los ordenadores, de las series, de los gatos..., unos y otros se definen como frikis a sí mismos (o a sus amigos) tan alegremente.

Si lo pensamos, no es tan difícil que algo así ocurra, al fin y al cabo, en el español (y en España) la palabra friki tiene muchos significados, pero una de ellas hace referencia a una especie muy concreta de seres humanos (aquellos que en USA son conocidos como geeks). ¿Quiénes son estos extraños seres?

Si buscamos la respuesta en la RAE obtenemos en la tercera de las acepciones de la palabra en cuestión una definición del friki como alguien que practica desmesurada y obsesivamente una afición. Aunque no desacertada, sí que es insuficiente para diferenciar a a aquellos que celebran su día grande el 25 de mayo y a los que sencillamente son unos grandes aficionados a la alfarería. Si acudimos a la Wikipedia, vemos que un friki (o friqui) es aquel cuyas aficiones, comportamiento o vestuario son inusuales. Y luego, quizás para diferenciar al friki de cualquier persona sencillamente extravagante, añade: "Al conjunto de aficiones minoritarias propias de los frikis se denomina frikismo o cultura friki".

Quizás sea la definición de la cultura friki lo que realmente nos explique de qué hablamos en realidad: generalmente, el ámbito frikoso se circunscribe a aquellos aspectos culturales considerados como minoritarios, marginales, o simplemente demasiado pueriles para que se entienda socialmente que un adulto sea aficionado a ellos: películas y libros de fantasía o ciencia-ficción, el anime y los cómics de cualquier género, los videojuegos, la informática o los juegos de rol y/o de mesa y estrategia.

Hace 15 ó 20 años ese pobre friki era una especie en peligro: se ocultaba en las sombras, se camuflaba en sociedad y sólo mostraba sus verdaderos intereses cuando se encontraba entre sus semejantes. Se reunía con otros frikis en jornadas de rol, tiendas de cómics, convenciones de cine fantástico o de terror, salones del manga y facultades de informática de toda España. Esa era la época de los "asesinos del rol", de la primera PlayStation y prácticamente el único superhéroe cinematográfico que se tenía como referencia era el kitsch y algo ya lejano Batman de Tim Burton y el más kitsch además de terrible de Joel Schumacher. Tolkien era un desconocido para el gran público, Game of Thrones aún no había sido traducido al español y lo que más lo petaba era "Vampiro: la mascarada". En aquellos tiempos, la palabra friki se usaba casi siempre en tono despectivo y, con una acepción cercana a la del Freak original, más para referirse a los fenómenos televisivos que salían en lates show como Crónicas marcianas que a los inofensivos aficionados a D&D o a las publicaciones de Marvel.

En los albores del siglo XXI la cosa empezó a cambiar. Los frikis se arremolinaban (nos arremolinábamos) en manadas y a plena vista, a veces luciendo elaborados cosplays, en los estrenos de las sagas de Star Wars, los X-men de Singer, el Spiderman de Raimi o El señor de los anillos. Se empezó a normalizar que los niños criados en los 80 con los primeros videojuegos siguieran (siguiéramos) jugando a las maquinitas bien entrada la veintena (y la treintena), empezaron a proliferar salones del cómic y/o manga y/o videojuegos por toda España, y el cine de superhéroes se convirtió en un género por sí mismo. El posterior éxito de ficciones televisivas de género como The walking deadGame of Thrones o la comeda The big bang theory (que es un alegato de amor a la cultura friki y todos sus integrantes) ayudaron no solo a la normalización sino también a la proliferación del friki. El friki ya no se ocultaba: salía a la calle con su camiseta del Capitán América o lucía con orgullo en su sala de estar su colección de Warhammer.

Ahora, algunos aspectos de la cultura friki están tan integrados en la cultura de masas que todo el mundo sabe qué es el Anillo Único, quién es Tyrion Lannister o para qué quería Thanos chasquear los dedos, y cualquier fan de GoT se autoproclama como friki sin ningún tipo de pudor. Eso puede hacer que el friki "tradicional" se sienta desplazado ante una masa ingente de personas que se autoproclama como tal por consumir productos al que hace 20 años ningún adulto biempensante le hubiera dedicado un segundo vistazo. Si bien es cierto que no hay solo un buen modo de ser un friki y que hay tantos tipos de frikis como frikis hay, ahí va la guía definitiva de...

Sé un fanático de lo tuyo:

Que sí. Que has visto todos y cada uno de los capítulos de GoT, varias veces y en maratón. Que sabes diferenciar a los Lannister (los malos) de los Stark (los buenos) y que tu personaje favorito es Arya. Felicidades, eres un fan de la serie. Fin de la historia.
Para ser un friki no basta con ser tan solo un fan. El friki de GoT (o cualquier otra serie o saga de películas) es un experto: no solo la ve, la analiza; no se conforma con los capítulos, sino que absorve todo el contenido extra que exista: se ve los tráilers antes que nadie, lee las noticias relacionadas, sigue a las webs específicas, se mete en foros para ver imágenes del rodaje e intercambia teorías acerca de los personajes y la trama...  Y sobre todo: un friki no se queda en la serie, sino que se devora los libros (y probablemente ya lo hacía antes de que la serie se estrenara), lo que nos lleva al siguiente punto.

Léete el libro (y disfrútalo):

Un auténtico friki siempre acude a las fuentes originales. No importa lo mucho o lo poco que te gusten las películas de Peter Jackson, si eres un auténtico tolkiendili no te has contentando con verlas y criticarlas, sino que conoces los libros al dedillo, te has leído el Silmarillion, Los hijos de Húrin y sabes perfectamente quién es David Day. Los auténticos potterheads han devorado toda la saga literaria de J.K. Rowling, incluso los libros derivados como Los cuentos de Beedle el Bardo o Animales fantásticos y donde encontrarlos. Un fan de los superhéroes ya se ha leído todos los comics habidos y por haber, le explica a sus amigos las escenas finales de las pelis de Marvel y el adecuado orden de visionado de las mismas, o diserta infatigablemente sobre las diferencias entre el Batman clásico y el de Frank Miller. Y aunque la película (o la serie o el videojuego) en cuestión sea una obra basada en un guión original, si eres un auténtico friki tampoco te librarás de leer cualquier obra derivada, como sabe cualquier súper fan de Star Wars y su universo expandido.

Ve la versión original:

Cualquiera que vea The big bang theory en versión doblada al castellano se pierde los célebres Bazingas de Sheldon y el hilarante acento hindú de Koothrappali. Por supuesto que la puedes ver doblada, pero si eres un auténtico friki no lo harás. Tampoco llamarás Nieve a los bastardos del norte de Westeros, sino Snow, y sabrás perfectamente que Bolsón no es más que una buena traducción al castellano del original Baggins. Como friki y puto experto de lo tuyo que eres, no te preocupará lo más mínimo pecar de pedante al afirmar con petulancia supina que las versiones dobladas son, técnicamente, caca. Da igual que la ficción en cuestión sea en inglés, checo, coreano o japonés (sobre todo si es en japonés) la verás en su versión original, lo que de paso te ayudará a aprenderte una multitud inacabable de citas y expresiones en otros idiomas que te serán completamente inútiles en la vida real pero altamente amortizables en el mundo friki. Si ya el idioma en cuestión del que pillas algo es inventado (como el Quenya, el Klingon o el Dothraki) te convertirás de manera automática en el Fucking Master of the Universe.

Colecciona cosas:

Da igual si eres un geek o un gamer, si eres un trekkie o un otaku, seguro que hay algo que quieres coleccionar: los DVD's, mangas y Myth Cloth de Saint Seiya; cada consola de Nintendo desde la primera GameBoy, todos las películas de Estudio Ghibli o los Funko Pop de Harry Potter. El coleccionismo no solo es una tendencia natural en ti, sino que también te ofrece la oportunidad de exponer al mundo (y hacerlo muy claramente) cuál es tu área de especialización. Por supuesto, como buen friki puedes poseer tantas colecciones como áreas de especialización tengas, combinando en una misma habitación action figures de Superman con las novelas completas de Los Reinos Olvidados, varias ediciones del Señor de los Anillos en el mismo estante que las obras completas de CLAMP o una caja llena de dados de rol de todos los colores y patrones imaginables junto a los DVD's de la serie Buffy, Cazavampiros. Todo vale.

Haz cosplay (y hazlo en público):

¿Qué mejor manera hay de expresar tu completa admiración por Naruto que querer ser como él y dejar que el mundo lo sepa? Pasearte por tu ciudad con motivo de algún salón del cómic o los videojuegos a lo Solid Snake o llevando una Death Note bajo el brazo, o desempolvar tu túnica de Jedi Master para el estreno anual de la nueva de Star Wars es lo más in en el mundo friki. Para un triunfo total, combínalo con desvergüenza, una inmersión total en el papel y disposición para sacarte todas las fotos que te pidan. Triunfarás.

Ahora, sal al mundo y conviértete en el mejor friki que puedas ser.

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Esta temporada, Versailles ha cerrado sus puertas.

La serie de Canal + , creada por Simon Mirren y David Wolstencroft, y publicitada como la más ambiciosa de la televisión francesa, acaba en su tercera temporada tras treinta episodios de intrigas palaciegas.

Esta serie, cuyas hechuras de gran producción se ven sobre todo en la ambientación, el vestuario y las localizaciones de rodaje, tiene en realidad alma de guilty pleasure: una soap opera que se permite cuantas licencias históricas le convengan, que se centra en las conspiraciones, las leyendas sobre el reinado de Luis XIV y sobre todo, los amoríos en la corte, lo que nos deja en las retinas el recuerdo de sus muy abundantes y casi siempre gratuitas escenas de sexo.

Pero no nos engañemos, soap opera o no, cumple perfectamente su objetivo. No importa que sospeches que la historia no fue tal cual la cuenta, que alguna situación o giro de guión sea algo inverosímil, que te moleste levemente que los actores sean mucho más atractivos que a las personas a las que interpretan: sencillamente, quieres más y más, y ahora que la serie se acaba, ha dejado un hueco que difícilmente una ficción histórica más sesuda y ajustada a la realidad podría llenar.

El reparto, sin llegar a ser estelar, cumple bien sus funciones. Si bien no hay ningún actor cuya interpretación sea especialmente remarcable, tampoco hay ninguno al que echaría a los perros, y el resultado final es eficaz. De hecho, muchos de sus personajes resultan memorables. He aquí mis favoritos.

Luis XIV (George Blagden):
El Rey Sol

«Luis XIV es rey desde los 4 años. Durante años, Francia ha sido gobernada por un consejo regido por su madre. Ahora, la regente a muerto. Los nobles se están haciendo con el control. Para sobrevivir, Luis tiene que derrotar a sus enemigos y formar un nuevo centro de poder lejos de París, en una pequeña villa llamada: Versailles».

 Conocido sobre todo por su papel del padre Athelstan en Vikingos, George Blagden se unió a esta serie para liderar un reparto copado de actores británicos (a pesar de que la producción principal es francesa, la seria está rodada en inglés para satisfacer sus aspiraciones internacionales) interpretando al Rey Sol durante los años centrales de su reinado, en los que convierte el antiguo coto de caza que era Versailles en el centro de su corte y el mayor símbolo del absolutismo.

El joven rey Luis, traumatizado por la fronda (revuelta de los nobles contra el poder real) desconfía de la nobleza francesa y rehuye habitar en París. Al mismo tiempo, sueña con la construcción de un palacio de especial magnificencia que a la vez sea el símbolo de su poder y una jaula de oro para la nobleza, que se verá obligada a residir a la sombra del rey, y estará demasiado ocupada en la vida cortesana como para poder planear nuevos complots. A su vez, el rey se rodea de personas de total confianza, muchos de ellos de origen plebeyo, mientras afianza su poder y camina hacia el absolutismo...

Madame de Montespan

Favorita de Luis XIV, manipuladora, hermosa, cruel y la equivalente versallesca a una animadora rubia de instituto americano de toda la vida, Athenaïs de Montespan se muestra decidida a hacer lo que haga falta para conservar el amor del rey y la posición social que ello conlleva. La interpretación de Anna Brewster me parece digna de destacar por el retrato que hace de esta dama: vulnerable y profundamente enamorada, pero envuelta en una coraza más dura que cualquier diamante.

Felipe de Francia, Duque de Orleans.

La primera vez que vemos a Felipe de Orleans, el hermano menor del rey, interpretado por el galés Alexander Vhalos, tiene la cabeza entre las piernas de su amante, el frívolo Chevalier de Lorraine. Por supuesto, eso le convirtió automáticamente en mi personaje favorito.

Felipe, que ha crecido y vivido siempre bajo la alargada sombra de su hermano, desespera en la corte y anhela la gloria que solo el campo de batalla puede darle. Quizás sea Felipe uno de los personajes que más evoluciona a lo largo de las tres temporadas, y con él lo hace la relación fraternal de amor-odio que mantiene con Luis.

Inmaduro y envidioso, fiero en la batalla y con ciertas tendencias travestistas, Felipe es una persona inconstante e infeliz, que no sabe lo que realmente quiere hasta que lo pierde.

Chevalier de Lorraine

Célebre por ser «tan hermoso como un ángel», Felipe de Lorraine, más conocido como el Chevalier, es el inconstante, irresponsable y avaricioso amante del hermano del rey, siendo el principal interés amoroso de Felipe de Orleans a lo largo de las tres temporadas. Interpretado por el casi desconocido Evan Williams, Lorraine se mete en más de un lío por su falta de aprecio por la ley y su amor por el lujo y las riquezas.

Princesa Palatina. 

Liselotte aparece en Versailles en la segunda temporada para convertirse en la esposa de Felipe y al mismo tiempo, en un nuevo escollo de este en su relación con el de Lorraine. Liselotte no llega con buen pie a Versailles: casada con un hombre por el que se siente fascinada pero que no muestra el menor interés por ella, imbuida en un ambiente cortesano y altamente protocolario que no entiende, humillada por las damas de la corte, que la consideran pueblerina y vulgar, y enfrentada a la enemistad del amante de su esposo, la princesa Palatina tendrá que encontrar su lugar en el palacio y conseguir que Felipe consume con ella su matrimonio, lo cual no será nada fácil. Pero parlanchina, abierta y brutalmente honesta como es ella, poco a poco irá ganándose el afecto de aquellos que la rodean.

Fabien Marchal

Jefe de la policía y de seguridad del rey, Monsieur Marchal protagoniza muchas de las más importantes tramas de la serie: investiga crímenes, mete las narices en el célebre «asunto de los venenos» (complot real que resultó con la muerte de numerosos cortesanos de la época), desenmascara a espías, brujos y traidores, a los que apresa, tortura y asesina por la gloria de Luis XIV. Un personaje íntegro y honrado que no se plantea nada más allá de la lealtad que le debe a su rey.

Madame de Maintenon.

Amiga de la infancia de Athénaïs, Françoise llega a Versailles como niñera de los hijos naturales que había tenido con el rey. De pasado incierto, no muy alta cuna y antigua protestante, es ahora una católica ferviente. Madame de Maintenon traba una profunda amistad con el rey de Francia, del que se convertirá en una suerte de consejera espiritual en un momento en el que este se encuentra totalmente perdido. Reacia a mantener relaciones extramatrimoniales, Françoise mantiene una relación más bien platónica con el rey a la vez que se destapa como un despiadado animal político, que empuja a Luis a seguir sus ambiciones.

En definitiva, Versailles es una serie efectiva y efectista, de factura técnica impecable y altamente disfrutable. Un guilty pleasure en toda regla que hará las delicias de todos los amantes de la ficción histórica.

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