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Si andas estos días por Las Palmas y te apetece, a lo mejor te interesa ir a la presentación de "El mundo a mis pies" de la autora canariona (XDDD) Nisa Arce publicado por Baylon, un cuento con ilustraciones de  Delfina Palma. También se venderán ejemplares firmados por Nisa. ¡Nos vemos allí!

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Como ya les dije ayer, me toca hacer IMM para enseñaros todas las cositas que me compré el sábado (y unos regalitos que me hicieron!). Aquí está el tocho, vamos a desglosarlo.

"Doce Campanadas" de Nisa Arce, la primera compra y la que más ilusión me hizo, tanta que me la empecé a leer nada más llegar a casa y me la comí en unas horas. Precioso. Ya leerán mi reseña (aunque quizás no en este blog, oh-oh!).

Los juegos del hambre, de Suzanne Collins. Este libro me viene recomendadísimo, y la semana pasada me leí el primer capítulo, que encontré por ahí para descargar. Cualquiera que se haya leído el libro sabe que si terminas el primer capítulo necesitas leer el libro entero, y aquí está, me lo comí en una tarde y una mañana. Ma-ra-vi-llo-so.

Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist. Me llamó la atención la película. La empecé a ver, pero de repente decidí leer el libro primero. Lo veo en la librería lo cojo en mis manos, sopesando mi decisión y entonces aparece Mike y suelta como si nada: "Ese libro es Dios". Decisión tomada: ¡A la saca!

Monster, Volumen 3, de Naoki Urasawa. Con este manga me pasó parecido al libro anterior. Vi el primer capítulo del anime y me dije: "pues cómo debe ser el manga". Y no me equivocada, me encanta, espero que el tomo 3 siga siendo igual de bueno que los anteriores.

Wild Rock, de Kazusa Takashima. Este manga lo leí en su momento en Scanlation, ¡no tenía ni idea de que estaba editado en español! No me lo pensé ni un segundo. ¿Quieren más alicientes? Miren la imagen de la contraportada.

¡¡¡Siiií, es Yaoi!! (Ay, Omá que ricos, ggrrr!).

Yellow- Peligro, tomos del 1 al 4, de Makoto Tateno, ¡más Yaoi! (ay madre, lo mío es grave), recomendación directa de Arsénico.
Y aquí empezamos con los regalitos!


Bruja mala nunca muere, de Kim Harrison. Regalo de las organizadoras de la quedada bloguera (gracias chicas!). Luego me enteré que es una saga de no-sé-cuántos libros, ay como me guste me arruino, ajajaja.

Y Amar a un caballero, de Nicole Jordan, regalo de Arsénico (creo que por acompañarla al corte inglés), gracias preciosa!
Uff, bien de cositas. ¡A leer!
Ay se me olvidaba (Gracias Arsénico! -¿te das cuenta que en algún punto de la Kdd empecé a llamarte así y ya no paro?) no he acreditado al creador de los IMM. Esta nota está extraída del blog Divagando:

In My Mailbox es una sección que fue creada por Alea en su blog Pop Culture Junkie, y que se fue expandiendo gracias a Kristi, del blog de Story Siren.
IMM consiste en que cada vez que os compréis un libro, os lo regalen, presten o lo saquéis de la biblioteca, publicaréis una entrada para mostrarlos y posteriormente compartir con los demás vuestras opiniones.

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Seguro que todo el mundo ya lo sabe, pero me sumo a la riada de blogs que lo están anunciando, sólo porque la noticia se lo merece: Juegos de Seducción de Nut acaba de ser publicada por Ediciones Babylon!
Es una noticia fabulosa, no sólo para Nut, a la que felicito de todo corazón, sino para todas las aficionadas (y aficionados) de la literatura HE escrita por y para mujeres.
Estamos siendo testigos de unos meses a esta parte, de como el mundo editorial se está abriendo a la literatura HE, un género (raro donde los haya, y poco conocido) que apenas está explotado en castellano, a pesar de tener a grandes cultivadoras del género (que siempre se habían contentado con la autoedición como medio para darse a conocer, al no haber manera de editar y comercializar esas obras profesionalmente).
Primero fue Nisa Arce, con su novela Pierrot, editada por Eldalie, una joven (y valiente) editorial que ha apostado por la HE, editando también recientemente "Inocencia" de Aurora Seldon y "Memphis" de Nimphie y anunciando que tiene en preparación "Unreality" y "Ángeles Caídos" de Khira.
Ahora le toca el turno a ediciones Babylon, a Nut y a la maravillosa novela Juegos de Seducción, adalid del género en castellano. Como se dice en el blog de la editorial:

"Sin embargo, si hay un motivo de peso por el que Juegos de Seducción ha tenido tanta repercusión, es porque, sin duda, es una de las novelas que mejor representan el género al que pertenece: la homoerótica escrita por mujeres.

Este género ha experimentado un gran crecimiento desde la irrupción de Internet como vehículo de expresión. Por lo general, las autoras de homoerótica retratan historias de amor protagonizadas por hombres bajo un punto de vista sutilmente distinto al de los escritores de la llamada "novela gay". Gracias a la red y a la aparición de páginas destinadas a la publicación de relatos, como la que se mencionó antes, en los últimos años han surgido numerosas autoras (y autores) que poco a poco han ido haciéndose hueco en el complicado mundo de la escritura profesional."

Así, que todos los aficionados de la HE estamos de enahorabuena ahora que por fin tenemos lo que hemos querido desde hace tanto tiempo, pero es también nuestra responsabilidad como colectivo que esto no sea un espejismo. Ahora que las editoriales apuestan por las escritoras que nos gustan es el momento de demostrar que ese riesgo no fue tomado en vano y que esas autoras efectivamente nos gustan. ¿Es esta una llamada al consumismo? (¿se ha notado mucho?). Tal vez sí, pero desde un punto de vista responsable con el momento que vivimos. ¿Queremos autoras de HE en castellano profesionales? De nosotras depende ahora que puedan serlo.

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Es curioso lo que pasa cuando te das cuenta de que no has hecho cosas que son indispensables o que al menos la gente de tu entorno comprende como indispensable. No estoy hablando ahora de las cosas serias de la vida, sino de tonterías como leer tal o cual libro, o ver tal película que tu mejor amigo considera un "clásico indiscutible".
Si bien es cierto que mi cartera de "cosas que hacer antes de morir" sigue bien llenita (nunca he visto 2001: una odisea en el espacio ni los siete samurais, tampoco he leído aún todos los cuentos de Poe ni de Lovecraft, ni ninguna de las obras de teatro de Oscar Wilde, ni he ido jamás a disneylandia, etc, etc, etc, etc), había una cosita en esa cartera que de repente se me antojó no sólo fácilmente remediable, sino de imperiosa resolución.
Resulta que en Facebook, en el grupo de creciente creación Yaoi - M/M Authors, Nimphie lanzó la inocente pregunta de cuales eran tus novelas homoeróticas o con contenido gay favoritas, y ella misma hacía una lista de las suyas. Cualquiera que me conozca desde hace algún tiempo pensaría que yo no tendría problema alguno en decir las mías también, pero me di cuenta, no si un atisbo de sorpresa, que no sólo no había leído ninguna de su recomendaciones (salvo la saga de nightrunner, pero no son novelas de género homoerótico en sí, sino fantasía en la que casualmente el prota tiene ciertas tendencias homosexuales), sino que tampoco tenía novelas homoeróticas favoritas aparte de las historias que he leído en internet de autoras aficionadas (la mayoría) y que nunca había leído un libro homoeótico editado por una editorial (aquí excluyo a las autoediciones no por desmérito, sino por el concepto de industria que conllevan las editoriales. Y que conste que aún estoy esperando que Eldalie me mande mi ejemplar de Pierrot!). Si bien estoy harta de oír que en EEUU la literatura homoerótica (no la novela LGTB per se, sino la escrita por y para mujeres) tiene tanto público que hay editoriales enteras dedicadas a ellas, y que sus autoras tienen cierta repercusión, respercusión que no tienen grandes autoras latinas porque la industria editorial no abre mercado para ellas (razón por la cual todas terminan acudiendo a la autoedición y distribución de sus obras, generalemente gratuitas por la red, como Aurora Seldom, Khira, Van Krauser, Nut, Nimphie y un laaarrgo etc de autoras completamente talentosas). Podría aprovechar este momento para analizar como el mercado editorial hispanoparlante está haciendo cambios a este respecto -porque de repente todos somos testigos de como algunas de estas autoras están empezando con editoriales "de verdad"-, pero eso lo dejamos para otro pots, porque no era eso lo que quería contar.
Sin irme más por las ramas, me dije que siendo comsumidora y escritora de literatura homoerótica como lo soy, debería leer a autoras norteamericanas, que en mi inocente presunción, debían ser todas muy buenas. ¿Y por qué no lo iban a ser? Son autoras que PUBLICAN a nivel PROFESIONAL y que supuestamente tendrán el apoyo de EDITORES PROFESIONALES y que por supuesto COBRAN por escribir esos libros. Sin desmerecer a las autoras aficionadas (entre las que evidentemente me incluyo) supuse que la profesionalización conllevaba también un aumeto de la calidad, y que por lo tanto, si son buenas escritoras, tendrán influencias en el resto de autoras del género. Así que me dije que no podía seguir escribiendo sin haber leído algo que estas autoras, que ya me valía.
Así que no corta ni perezosa decidí empezar con Evangeline Anderson, porque tiene cierto renombre, y concretamente con su novela "El esclavo".
¿Qué fue lo que me encontré? Evidentemente mucho menos de lo que esperaba, razón de ser de este post. Si bien no espero que una historia erótica que no tiene aspiraciones de ser más que eso tenga mucha trama, lo que sí esperaba era que las novelas de esta mujer aspiraran a ser otra cosa, en vez de conformarse con ser el marco de absurdas situaciones que tienen siempre una resolución sexual, en una versión algo elaborada de un PWP o como yo la llamo PWASOP (Porn with a shit of plot). No voy a entrar a criticar el estilo de al autora pues leí una traducción al español hecha por aficionados y aunque hicieron un trabajo muy correcto, no voy a entrar ahi por si acaso. Lo que sí voy a criticar son aspectos de la trama y la caracterización de personajes que nada tienen que ver con el idioma en el que estén escritos.
La historia, ambientada en un cutre mundo de sci-fi más propio de la serie B hecha por fans de star trek, narra la historia de Haven, un maestro de la luz (una especie de caballero Jedi pero sin espada láser) y de su aprendiz Wren, un hermosísimo joven (es que podía ser de otra manera?) que en su niñez había sido un esclavo sexual cuyo dueño alquilaba su boca (me remito a mi acotación anterior), de cuya situación le había salvaso Haven (Ídem). Ambos van a hacer de intermediarios en unas negociaciones de paz entre dos pueblos, uno de humanoides peludos y algo hippies y el otro de reptilianos verdosos en plan "V", porque estos últimos querían volar el planeta de los primeros (como si tuvieran la estrella de la muerte) sin ninguna razón aparente. Para satisfacer las costumbres de los anfitriones, los reptilianos esos, los diplomáticos deben fingir tener un esclavo sexual porque está mal visto no tener uno, y claro, Wren se ofrece ingenuamente a fingir ser el esclavo de su maestro, del que está secretamente enamorado. Os puedo poner la sinopsis oficial, pero la mía es más divertida (porque tiene más mala leche).
Bueno, eso es básicamente el capítulo 1. El resto de la historia, otros trece capítulos, se basa en poner a aprendiz/esclavo y maestro/amo en una serie de situaciones que los fuerzan a una intimidad que para ellos está prohibida (pues el contacto sexual entre maestro y aprendiz es convenientemente un delito), pero que deben realizar para no poner en peligro las negociaciones (¿¿???), al tiempo que se van desentrañando los traumas de infancia de Wren, quien revive con cierta y desconcertante alegría el hecho de volver a estar sometido sexualmente y se desgranan los sentimientos reprimidos que ambos protagonistas guardan el uno por el otro. La historia tiene un malo, por supuesto, toda buena historia la tiene (los cuentos infantiles y las películas de disney no sería nada sin un buen malo) que es un reptiliano sádico y de carácter seco y escamoso (ja! acabo de hacer un chiste, ¿se fijaron?), que tiene debilidad por torturar esclavos y que por supuesto (a ver quien no lo ha adivinado ya?) le tiene ganas al precioso aprendiz de Haven, que para más señas tiene un apretado y virginal culo (creo estar usando palabras textuales de la novela). Además, aprendiz y maestro tienen una especie de conexión telepática el uno con el otro que resulta especialmente conveniente para poder meter complejos (y disparatados) diálogos en las escenas de sexo oral (ejem!).
Como no podía ser de otra manera hay sexo a mansalva en las 200 páginitas que tiene la novela, y expresiones soeces como para llenar una novela de 1000 páginas y que aún así fuera considerada como "guarrilla". Además el sexapeal de la novela se basa en someter al joven virgen al mandato de su musculoso, atractivísimo y aparentemente bastante bien dotado maestro. Si bien no voy a entrar a criticar las prácticas de sumisión-dominación o de sadomaso que se aprecian en el libro (ni soy quien, ni me parecen mal), no hay más erotismo que eso, y de hecho, el erotismo se va por la borda con expresiones como: "Nací para esto. Nací para estar de rodillas y someterme a ti. Para chupar tu polla", o la inolvidable "Sólo fóllame, ¿quieres? Sólo lléname con tu leche, ahora".
Una de las más delirantes escenas de la novela ocurre cuando Wren tiene que vestir una "cola" para ir a un desfile, cola que por supuesto se inserta por el ano. Haven tiene que ponérsela, claro y aplica unos aceites, aunque al hacerlo de manera incorrecta deja a su aprendiz en un estado de total cachondez mental que no desaparecerá hasta que no lo haga el aceite. Mientras ese aciete está en el ano y los genitales del chico, éste se comporta como un demonio lascivo pidiendole una y otra vez a su maestro que le dejara chupar su polla (de nuevo uso palabras textuales). Así que para quitar ese aceite, Haven hace a su aprendiz bañarse con fruicción, y de hecho él mismo se mete en la bañera con él y frota su pene y su culito para ayudarle a limpiarse. Pero todos los intenton son improductivos, hasta que al final le dicen que el único disolvente conocido para ese aceite es el semen y no un semen cualquiera, sino de aquel que lo apilcó (WTF?!), así que el propio Haven se ve en la "terrible obligación" de frotar el pene de su discípulo con su semen y de introducirlo también en su ano, pero sin (no se lo pierdan, que esto es bueno) desvirgarlo. Si quieren averigüar como lo consiguió, léanse el libro, aunque sea por esa malsana curiosidad.
Ahora, si has llegado al final del post, aparte de merecerte que te invite a una caña, querrás saber porqué coño me siento estafada. La razón es bien sencilla: ¿es esto es la literatura homoerótica nortemaericana, la más especializada y profesionalizada y aparentemente, al menos de cara a la galería, lo mejor que tenemos? ¿De verdad estas autoras, o al menos Evangliene Anderson (porque no he leído a otras y no quiero generalizar) publican porque sus libros sean buenos? No si ya veo que no, ¿es culpa mía por se ingenua y esperar algo mejor, por creer que puede haber una literatura erótica de calidad?
La verdad es que me alegro de no haberme comprado ese libro, porque si no es que me volvía loca, y lo que más me asombra y me enfada es ¿por qué demonios todas esas grandes autoras de homoeróticas en castellano, a las que Evangeline no llega a la suela del zapato, no tienen sus novelas publicadas y se pueden dedicar profesionalmente a la escritura y ella sí?
Después de leer este libro no me extraña tanto que la erótica sea un género olvidado y dejado al más absoluto ostracismo porque es mala literatura, porque si lo que se publica está a este nivel, efectivamente lo es. Esto debería hacernos reflexionar acerca de lo que las autoras de homoerótica en español queremos, qué tipo de literatura queremos crear, que estándar de calidad queremos darle a nuestro trabajo, sobre todo ahora que el mercado parece abrirse. ¿Podremos hacerlo mejor que las americanas? Espero, sinceramente, que sí.

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Creo que mi entrada del otro día se merece una segunda parte, ahora que por fin tengo tiempo de sentarme a escribir.
Sinceramente, al parecer estaba metiendo un dedo en la llaga sin darme cuenta de que lo hacía, y de repente he generado un festival de opiniones. Ante todo, muchas gracias a tod@s los que se han pasado por aquí para contarme sus experiencias dentro y fuera del armario.
Amoldarse a las normas sociales, esconder quienes somos en realidad para no destacar, de eso trataba mi última entrada, pero es que ¡yo quiero destacar! No lo digo desde un punto de vista arrogante, no quiero ser más lista, o más guapa o más grande que nadie, pero sí presumo de ser diferente. ¿Se una friquie puede ser un orgullo? Espero que sí, porque ese es el mío.
Siempre me he sentido diferente, todos los somos, ya lo sé, pero yo siempre era más diferente. De pequeña era enteradita, marisabidilla, lectora compulsiva y escribía (según mi profesora) las mejores redacciones de la clase (¿se acuerdan de las redacciones?? Qué risa). Quizá por eso sufrí ese tan de moda acoso escolar, que antes no era más que "si los otros se meten contigo es que te lo buscas". Probablemente yo me lo buscaba porque nunca, ni en mis más hormonados años de adolescente, hice nada sólo para tener el reconocimiento de los demás. Cuando entré en el instituto, descubrí la literatura fantástica: los reinos olvidados, la dragonlance (de la que ahora reniego públicamente), la historia interminable, el elfo oscuro y Elric de Melniboné. Para cuando todas las chicas de mi clase llevaban las carpetas forradas con fotos de chicos guapos, yo la tenía plagada de dragones, guerreros épicos, espadas y sangre, ¡como no iba ser la rarita! Entonces, a mi hermana le dio por buscarse un novio friquie, y él reconoció mi potencial. Me regaló mi primer ejemplar de El señor de los Anillos y me enseñó a jugar al rol, hasta que terminamos yendo juntos a los torneos, jugando codo con codo (qué tiempos, ¿eh Agis?). Pero esa también fue la epoca del asesino del rol, de la mala fama de estos juegos, de que la gente te mirara raro sólo por tu afición, y al principio me daba mosca decirlo, hasta que un día me dije "al cuerno", e hice de mi afición mi bandera.
Supongo que el mecanismo es igual que el del día del orgullo gay: después de sentirte reprimido lo que deseas es expresar escandalosamente lo que eres, y eso hice yo. Por eso todos mis amigos saben que tengo todas esas aficiones raras... salvo la homoerótica.
¿Y por qué? Pues porque esto me viene de hace poco, algo menos de dos años, así que no es una de mis frikadas habituales. Además, al principio cuando descubrí lo que era el yaoi y empecé a ver/ leer mis primeros amines o mangas yaois lo hice de una manera soterrada. Luego empecé a escribir homoerótica (yo que siempre he odiado la literatura romántica, hay que joderse...), y al principio ni siquiera publicaba mis cosas, las escribía sólo para mí.
¿Dónde está el límite? ¿Cuándo esta afición ha dejado de ser algo íntimo para ser algo que al parecer todo el mundo tiene derecho a saber sobre mí? Quizá cuando empecé a publicar, cuando otros empezaron a leerme. Pero esas personas que me leen no saben quien soy yo, no saben nada de mí, ni de mi vida privada. Quizá el límite lo traspasé cuando dejé que algunos de ellos entraran en mi vida y se convirtieran en amigos y no sólo en meros lectores, quizá cuando he conocido personalmente a otras personas a las que me une la misma afición. ¿Ha sido entonces cuando mis dos "personalidades" se han fundido?
Siempre me ha llamado la atención esa ley no escrita por la que, al parecer, hay cosas de tu vida que los demás tienen "derecho" a saber sobre ti, mientras que otras son irrelevantes o se considera darles demasiada información. De nuevo usaré a los homosexuales para ilustrarlo: Si una persona es gay TODO el mundo tiene (al parecer) que saberlo, y cuando llega alguien nuevo al entorno se le dice "Pepito es gay" como si saberlo fuera fundamental para establecer una relación social con ese individuo. En cambio a nadie parece importarle, ni a nadie le digo, lo que hago con mi marido en la intimidad del dormitorio, y nadie quiere saber si soy sadomasoquista, si me gusta el bondage o si prefiero o no la postura del perrito, a nadie le importan mis opciones sexuales porque soy heterosexual, pero si mi opción sexual fuera ser lesbiana tendría que decirlo o por el contrario lo estaría ocultando. ¿No es eso injusto? ¿Por qué unas opciones sexuales permanecen en la intimidad mientras que otras deben ser declaradas como si estuviéramos en una aduana?
Eso me lleva a otra pregunta, ¿es mi afición por la homoerótica una opción sexual? Y si es así, ¿pertenece a la clase de las que puedo dejar en la intimidad o debo sacarla a colación ante el mundo sólo porque tenga algo que ver con la homosexualidad? ¿Si no lo digo es que lo estoy ocultando?
Yo no pretendo que todos mis amigos me digan si les gusta el cine porno o no, por ejemplo, así como yo no les digo que consumo homoerótica. O quizá ahí está la frontera, al dejar de ser una mera espectadora para pasar al lado de la creación propia, ¿es ahí donde esta afición ha abandonado el refugio de la intimidad?

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Es curioso como a veces intentamos amoldarnos a las normas establecidas socialmente, como queremos adaptarnos hasta a veces ocultar quienes somos.
Supongo que todo esto viene porque ser una escritora de homoerótica en la red me hace sentirme un poco como dentro de un armario, no soy gay, pero los gays me gustan y escribo sobre ellos en ambientes generalmente cargados de erotismo, ¿es eso algo malo?
La verdad es que nunca he sentido que lo sea, de hecho me parece ridículo que alguien piense así, no tengo ese tipo de mente que me diga que algo está bien o no, al menos no desde un punto de vista puritano y mojigato. Nunca he sido así, ni he tenido prejuicios contra la gente que piensa diferente a mí. Supongo que eso es gracias a mi madre, que me enseñó la filosofía del "vive y deja vivir" y la de "en el sexo todo vale mientras los implicados están de acuerdo", buena filosofía de vida, ¿no? 😉
Cuando era pequeña, escuchando un día con atención la canción "Mujer contra mujer" de Mecano, me di cuenta de que hablaba de dos mujeres que estaban enamoradas. La verdad es que en ese momento me llamó mucho la atención y le pregunté a mi madre al respecto, ella pragmática donde las haya, me dijo sin ningún atisbo de pudor o juicio moral que había mujeres que se enamoraban de mujeres y hombres que se enamoraban de hombres, y que eso se llamaba homosexualidad. A mí, la única duda que me quedó, dado mis precarios conocimientos de anatomía sexual, era cómo harían los homosexuales el amor, y cómo podían entonces tener hijos. Creo que esa pregunta me la guardé para mí, y seguramente terminé por descubrirlo con los años.
Esto ocurrió más o menos a finales de los ochenta, y al hacerme más mayor y empezar a salir al mundo, de repente descubrí que los homosexuales eran vilipendiados y odiados por muchos, y que las cosas no eran ni tan fáciles ni tan bonitas como mi madre me había contado, pero para ese entonces, yo ya estaba tan carente de prejuicios hacia ellos que nunca comulgué con esas ideas. Cuando estaba en octavo de EGB, que antes era el último año de primaria, mi profesor de religión pontificaba acerca de que los que no seguían las normas de la Iglesia irían al infierno, que los homosexuales, los ateos, los paganos y las prostitutas arderían en las llamas por el resto de la eternidad. Yo pensaba en los "pobres homosexuales", como los llamaba mi mente de doce años, y me preguntaba "¿Por qué Dios los rechaza si los ha creado así?". Ese tipo de pensamientos que germinaron en mi mente en ese momento florecieron en un inapelable ateísmo que practico desde que tengo doce años, y como siempre digo, desde que aprendí a pensar por mí misma.
Y aún así, sólo unas pocas personas de mi entorno saben que esscribo literatura homoerótica, que mi nombre en la Red es Nayra Ginory, que no es mi nombre real. ¿Por qué no se lo digo a mis amigos? Me lo he preguntado muchas veces, ya estoy acostumbrada a ser la friqui del grupo (jugadora de rol, aficionada a la literatura fantástica, tolkiendili y miembro de la sociedad tolkien española, tan aficionada a SaintSeiya que sé decir "Dame tu fuerza Pegaso" en japonés...) que sé que lo tomarían como una más de mis extravagancias.
¿Es por vergüenza? ¿Vergüenza a qué? No lo sé, si siempre voy por ahí diciendo que este mundo debería ser libre para que la gente se exprese como son, y que la gente debe ser valiente para expresarse. ¿Es por miedo al rechazo? Lo dudo, porque esa no es mi naturaleza. Cuando tenía trece años y entré en el instituto una chica comenzó el bulo de que yo era lesbiana para joderme, y durante dos años no lo desmentí, porque quería saber quienes me aceptarían pasara lo que pasara. Fueron muy pocos la verdad y sufrí el ostracismo de la homosexualidad hasta que empecé a salir con un chico. ¿Entonces por qué no lo digo?
Primero se lo conté a mi marido, y se lo tomó sorprendentemente bien (¡!). Luego se lo dije a mi madre y a mi hermana mayor, y me dijeron que era una zorra por no decírselo antes, y se rieron de mí por haberlo ocultado. Hoy he superado otro tabú y le dejé leer a mi madre el relato que publiqué en la antología de relatos de San Valentín de la Coleccion homoerótica. Y me dijo que era "elegante", me gustó que lo describiera así.
Aún así, ni mis amigos, ni mis compañeros de trabajo, ni mi padre (que es tan homofóbico que si hay dos chicos besándose en una peli cambia de canal) lo saben. La verdad, es que esto empezó como un hobbie en la red, algo que hacía para mí, a lo que no le daba ninguna importancia, pero ahora tengo una novela a mitad y un montón de gente me lee, he hecho muchos amigos, y a algunos he tenido la suerte de conocerlos personalmente. Me he sentido como una persona como una doble personalidad: enfermera de día, escritora de homoerótica por la noche (o viceversa si me toca guardia nocturna en el hospital) pero ahora los límites entre esas dos personalidades parecen diluirse y ya no sé donde está el límite entre querer parcelar mi vida y estar ocultando un secreto. ¿Significa eso que tengo ganas de "salir del armario"? El tiempo lo dirá.

2

I
—¿Enfermera? ¿Está usted ahí? ¿Enfermera?
—Aquí estoy —una voz tranquilizadora me envolvió mientras sentía una tibia mano que se deslizaba por mi frente—. Voy a ponerte el termómetro.
—Sí —dije—, creo que tengo fiebre. Siento escalofríos.
Sentí una pequeña intrusión en mi oído y un pitido.
—Tienes razón, treinta y ocho y medio.
Asentí levemente.
—Sí —casi un susurro—, siempre siento escalofríos cuando tengo fiebre.
Oí cómo la enfermera salía de la habitación, con sus pesados zuecos de madera resonando sobre el mármol. Cerré los ojos e intenté descansar, pero me sentía muy mal y la tiritona estaba haciendo presa de mí. Mi compañero de habitación tarareaba una vieja tonada. Era un hombre muy anciano, que tenía una voz grave y seca.
—Tomás, Tomás —el hombre dejó de tararear, pero no me contestó—. Tomás, ¿qué canción era esa?
—¿Te gusta, eh? —preguntó él a su vez.
—Sí —admití—, es muy bonita.
—Es la canción de Casablanca, ya sabes: “Tócala otra vez, Sam” —dijo esto último poniendo una voz muy varonil—. Sabes ¿no?
—No, no he visto Casablanca.
—¿Qué no has visto…? Bah, claro, en tu situación no me sorprende. Aaah —suspiró melancólico—, es la mejor historia de amor que jamás se haya contado.
—¿Mejor que Romeo y Julieta?
—¿Cuál?
—Sí, hombre —insistí—. Romeo y Julieta, de Shakespeare.
—No lo sé, no he visto esa película.
Definitivamente, Tomás y yo no tenemos los mismos intereses. Oí de nuevo los pasos rítmicos de la enfermera avanzando por el pasillo.
—Esa chica es muy guapa.
—¿Quién? ¿La enfermera?
—Sí, con ella me hacía yo un Casablanca y un Lo que el viento se llevó si hiciera falta. No espero que tú lo entiendas —añadió muy serio—, no quiero ofender, pero eres tan…
—¿Joven? —intenté terminar su frase, pero la llegada de la enfermera nos interrumpió.
—Aquí estoy de nuevo —otra vez esa voz, que me calma como un bálsamo y ese olor a moras. La chica tomó mi mano y empezó a manipular la vía—. Esta medicación hará que te baje la fiebre, ¿de acuerdo?
Asentí sumiso. Puede que yo no entienda de esas cosas, pero en realidad yo también pienso que es muy hermosa.
Llevo ya casi un mes ingresado. Yo, que odio los hospitales a morir. Vaya, qué frase tan irónica, porque para eso estoy aquí, para morir. Y si los odio es porque en el pasado los he sufrido más tiempo del que soy capaz de recordar. El olor de los antibióticos y de las heridas infectadas, los ruidos de los monitores, los médicos paternalistas y las enfermeras antipáticas. Pero esta vez quiero que sea diferente. Ya tengo veinte años, y sé que no llegaré a los veintiuno, nada de paternalismos por favor. Por lo menos eso fue lo que le dije a mi médico la primera vez que vino a verme: «Dígame la verdad doctor Ojeda, que ya somos mayorcitos, y yo, créame doctor, soy capaz de ver la verdad mejor que nadie». Eso le hizo reír, y ahora resulta que le caigo bien. Por eso creo detectar un tono de desesperación cada vez que habla conmigo, cada vez que me dice que ese tumor inoperable que tengo crece más y más, y que incluso con el tratamiento paliativo avanza más rápido de lo que era de esperar. O tal vez no sea porque le caigo bien, sino porque soy joven y él tiene un hijo de mi edad, y porque al fin y al cabo, si yo mismo no fuera yo mismo, también me tendría pena. Pero resulta que no tengo ganas de auto compadecerme, quizá sólo porque soy un testarudo y nunca hago lo que se supone que debo hacer, o quizá porque tengo ganas de disfrutar estos pequeños momentos que me quedan y no perder el tiempo con ese estúpido duelo, que según la psicóloga que viene a verme tengo que pasar.
—La primera fase es la negación —me dice.
—Qué negación ni que ocho cuartos, si me tengo que morir pues me muero, para que negar lo evidente. Lo que pasa es que me cabrea.
—Ah claro, tú ya has pasado a la segunda fase —y añade son voz de interesante—. La ira.
—Mire señorita, la única ira que yo tengo es la que usted me provoca con tanta tontería.
Desde entonces la psicóloga viene a verme con menos asiduidad, y creo yo que es un poco más antipática conmigo.
—Hola cariño, ¿cómo estás? —mi madre, siempre tan solícita, que viene a verme cada martes y cada jueves. El resto de los días tiene clases de pádel. Siempre pienso que es una pena que sus clases no sean diarias—. Te he traído bombones, de esos con avellanas, que te gustan tanto.
—No tenías que molestarte, mamá.
—Sí, ya lo sé hijo, pero deja que te mime un poco —y planta un sonoro beso en mi mejilla. A buen seguro que me ha manchado de carmín.
Suspiro pesadamente, y no digo nada más. Cada cual descarga su conciencia como puede, y mi madre tiene mucha mala conciencia que descargar. Mientras, ella mariposea por la habitación quejándose de todo lo que ve.
—Esta habitación es una porquería. De hecho, este hospital es una porquería. Podrías estar en la clínica hijo, que para eso pagamos el seguro.
Mi madre parlotea nerviosa, mientras pasa revista a mis cosas como un coronel a sus tropas.
—Prefiero la pública mamá, que para eso pago mis impuestos.
—Sigo pensando que es una tontería hijo, pero haz lo que quieras.
Oigo pasos de zuecos de madera viniendo hacia mi habitación.
—Con permiso. —Mi enfermera entra despacito, quizá intimidada por mi madre y su actitud francamente hostil ante todo el personal de la sanidad pública. Así es mi madre, toda encanto—. Es la hora de tu medicación.
Su mano se apoya en mi brazo con suavidad, y me estremezco, aunque sé que es sólo para abrir la vía.
—No mamá, hay cosas que uno no encuentra en una clínica privada.

II

Me duele la cabeza y me zumban los oídos. No puedo dormir. Toco el timbre y espero lo que parece una eternidad. Hubiese llamado antes si ella hubiese estado esta noche, pero no le toca hasta mañana. Es irónico, me sé su horario de memoria cuando siempre he sido un despistado incapaz de recordar ni las fechas de los cumpleaños. Mi profesor de latín decía que cada cual memorizaba más rápido lo que más le interesaba. Ese hombre era un sabio, y yo sin darme cuenta hasta ahora.
—¿Qué quieres? —pregunta una impertinente voz por el interfono.
—Me duele la cabeza —consigo musitar.
—¿Cómo?
Antes de que pueda contestar, oigo la voz de Tomás vociferando a mi lado.
—¡Que me estoy meando!
—Vale, vale. Ya voy.
Oigo a Tomás reír.
—Es que si no, no vienen más nunca.
Intento sonreírle, pero un acceso de náuseas me congela el gesto.
—Aguanta un poco niño, que ya vienen.
Duermo toda la noche, después de que me pongan un calmante, pero tengo pesadillas en las que parece que me ahogo y no puedo descansar. El nuevo día me encuentra con los párpados pegados y casi incapaz de moverme. Oigo el trajín de las mañanas, las enfermeras con sus carros de un lado a otro del pasillo, las auxiliares entrando y saliendo de las habitaciones, los médicos hablando gravemente en susurros. Deseo que se olviden de mí y que no vengan a bañarme ni a verme. Que me dejen en paz. Pero no tengo tanta suerte.
—Buenos días —aquí llega Margarita con su incombustible buen humor—. A bañarse guapito.
—Hoy no quiero bañarme —susurro.
—¿Cómo no vas a querer? —Margarita ya está enfrascada en la tarea de desnudarme, mientras oigo cómo su compañera llena una palangana con agua en el baño.
—Estoy tan cansado.
—¡Habráse visto! —exclama con indignación—. ¿Tú te lo puedes creer Lorena?
Es ella. Lorena, mi enfermera, que entra con sus pasitos de madera en la habitación. De repente soy consciente de mi desnudez y me siento indefenso, pensando que ella está de pie frente a mí y me está viendo en estas condiciones. Me ruborizo furiosamente.
—No seas mala con el chico, seguro que sí se quiere bañar y sólo está de broma, ¿verdad?
Asiento en silencio, ¿cómo llevarle la contraria? Ella parece contentarse con eso y se limita a ponerme la medicación.
—Me dijeron que pasaste mala noche. ¿Estás mejor? —esa voz tan dulce.
—Sí —le contesto.
«Ahora estoy en el cielo», pienso sublimado por el perfume que ella desprende. A moras, siempre huele a moras.

III

Han pasado dos semanas y me toca de nuevo revisión en el escáner, esa máquina odiosa en la que me siento atrapado y que emite unos zumbidos insoportables. Pero lo peor no es eso, lo peor es que sólo me da malas noticias.
—Esto es muy serio muchacho, no estoy bromeando —el doctor Ojeda parece muy triste hoy—. El tumor está avanzando muy rápido, a este paso…
—¿Cuánto tiempo? —pregunto fríamente. Jugar a hacerme el duro siempre ha sido uno de mis pasatiempos favoritos.
—Eso no lo sé, pero no mucho. Lo siento.
El doctor pone una mano en mi hombro y me da un suave apretón, antes de salir de la habitación.
—Ejem.
Mi compañero se revuelve incómodo en su cama.
—¿Sí, Tomas?
—Eso ha sido un buen trago.
—Sí, es verdad. Lo ha sido —admito suavemente. Lo que es cierto, es cierto.
—Que vida más puta. Con perdón.
—No lo perdono Tomás, que tiene usted toda la razón. Esta vida es una reputa.
El viejillo se ríe socarrón.
—Eso querría yo, pero aquí no me dejan traer una.
—Está hecho usted un Don Juan, siempre pensando en lo mismo.
—Hay que ponerle sal a la vida. Y las mujeres son lo más salado que conozco.
—Picantes Tomás, que son picantes.
—Como tú quieras muchacho, como si las prefieres más bien dulces, como la enfermerita esa —y se ríe con conocimiento—. Lo importante es tener una mujer al lado, para darle un sentido a la vida.
Un nudo de angustia se aposenta en la boca de mi estómago.
—Quizá es ya un poco tarde para eso, ¿no le parece? —le respondo agriamente.Tomás se queda callado. Creo que le he dado un buen corte. No era mi intención, pero no me disculpo. Hoy yo también estoy un poco triste. «Sí, me gustan más bien dulces», pienso para mí. «Me gustan las moras».
Lorena se pasea por la habitación, llenando el aire con su fragancia. Pero no está aquí para atenderme a mí, sino a Tomás. Siento cierta envidia.
—Y tú, ¿no estás casada?
—No Tomás, no lo estoy.
—Vaya, qué pena, una chica tan guapa. ¿Y novio, no tienes?
—No, no tengo. Date la vuelta.
—Pues no lo entiendo, si yo tuviera veinte años menos…
Ella se ríe, un sonido cristalino que me congela.
—Querrás decir cuarenta años menos.
—¿Qué pasa? ¿No te gustan maduritos?
Ella vuelve a reír, y yo siento que me derrito como un cubito de hielo.
—Porque si te gustan jovencitos, yo conozco a más de uno que…
Siento pánico de que Tomás se vaya de la lengua.
—Tomás, ¿cómo se llamaba aquella película? —interrumpo sin pensar, y me avergüenzo de mí mismo.
—¿Cuál?
—La de la canción.
—Ah esa, Casablanca hombre. Qué mala memoria tienes.
—Qué bonita, me encanta esa película —la voz de Lorena adopta un tono melancólico que me resulta encantador—. Siempre la veo con mi madre, cada año en Navidad. Esa y también Qué bello es vivir.
—Mira la niña —Tomás se ríe—. Además de bonita le gusta el buen cine.
—Sí, me encanta el cine, sobre todo si es en blanco y negro.
—¿En blanco y negro? —pregunto curioso.
—Sí, el cine que no es en color. Date la vuelta otra vez Tomás. Así, ¿estás cómodo?—Sí, preciosa.
—Pues hala, ya he terminado en esta habitación.
Y se va. Pero deja su perfume detrás, como si me hiciera un regalo.

IV

Hoy me siento extraño, más cansado que de costumbre. No llamo a las enfermeras, ¿para qué? En realidad no me duele nada. Tomás también está raro hoy, muy callado, lo que en él no es habitual. No habla, no canta, ni les echa piropos a las enfermeras. Creo que hoy tiene que pensar. Su hija le ha hecho una visita y han tenido una pequeña discusión. No oí lo que decían, pero hablaban con una tensión mal disimulada. Sin su amena conversación descubro que me aburro mucho. La ociosidad es lo peor para las mentes, las hace pensar, y eso es lo que yo hago. Pienso en mi vida, en lo corta que me está resultado, en todo lo que he sufrido, desde mi infancia de niño enfermizo, hasta mi madurez apenas alcanzada, con este cáncer que se come mi cerebro. Pienso en lo injusto que es tener que morir sin haber hecho todo lo que quería hacer: no me dio tiempo de terminar la universidad, nunca me he enamorado, jamás veré el mar. Recuerdo los buenos momentos que he pasado, pero me saben a poco, y me dejan la sensación de tener cenizas en la boca. Río amargamente y pienso que al menos la psicóloga no está aquí, viéndome ahora y entonando con esa voz suya tan de sabelotodo: «Vaya, qué interesante, ahora estás en la fase de depresión».
—¿Te da miedo morir? —Tomás me saca de golpe de mis pensamientos, con su habitual brusquedad.
Me quedo callado un momento, pensando qué contestarle, pero me doy cuenta de que hoy no estoy de humor para hacerme el duro.
—Un poco —contesto al fin.
A mí me da mucho miedo. Mi hija dice que me voy a poner bien, que sólo estaré aquí unos meses, y que me voy a poner bien. Me parece que esa hija mía no se da cuenta de que yo sé leer.
—¿A qué se refiere?
—A que en el cartel de la puerta dice «Unidad de Cuidados Paliativos». Cómo si yo fuera tonto —da un sonoro resoplido—. Ella quiere convencerme, pero yo sé que voy a morir, igual que lo sabes tú. Eres muy valiente ¿sabes?
—No es valor Tomás, es que no me queda más remedio que aceptarlo.
—Eso es valor, hijo mío —me contesta con la voz rota—. Valor y entereza.
Al final del día, mi malestar inespecífico se concreta en unas fieras náuseas, que no me permiten ni retener el agua que bebo. Doy gracias al cielo de que Lorena esté trabajando esa tarde, y que sea ella la que esté a mi lado mientras vomito, poniendo su cálida mano en mi frente, apartando mis cabellos del rostro.
—¿Ya está? ¿Se te ha pasado?
—Creo que sí —me recuesto sobre la almohada y oigo como se aleja de mí, para tirar las bateas sucias al contenedor. Luego vuelve a mi lado y toca mi brazo con delicadeza.
—Te voy a poner un suero, con una medicación para quitarte las náuseas. Luego podrás cenar un poco si te apetece.
Aún me siento mal, pero intento contenerme. Respiro profundamente un par de veces en un intento de aclarar mi mente y acallar ese profundo malestar que me atenaza.
—Espero que haya chuletas —digo con una sonrisa.

Eso la hace reír.

V
Me han trasladado a una habitación mejor, más grande. Estoy solo y tengo una televisión que no es de pago y un sofá-cama para un acompañante. Pero solamente un tonto se alegraría de un cambio así. Esto es una mera cortesía porque me estoy muriendo.
En realidad echo de menos a Tomás. Si estuviera en mi mano, pediría que me llevaran de nuevo a mi antigua habitación, para tener con quien charlar, pero comprendo que las enfermeras quieren ahorrarle a Tomás y su familia el ver cómo me muero. No es de buena educación morirse delante de los demás.
De todas formas, agradezco la calma que la soledad me proporciona. Y por otro lado, las enfermeras entran aquí más a menudo, para administrarme calmantes, para charlar conmigo y para ver si sigo vivo. Lo que significa que paso más tiempo con Lorena.
Mi madre no ha venido en toda la semana, pero no creo que sea porque esté ocupada con el pádel. Sencillamente creo que hay cosas que ella no puede afrontar, y ver morir al hijo imperfecto, que fue una gran decepción y al que nunca ha sabido amar, debe ser una de ellas. Supongo que es difícil enfrentarse a la muerte, aunque no sea a la propia.
Así que me paso la mayor parte del tiempo solo, leyendo o escuchando música, eso siempre y cuando los calmantes estén haciendo lo que deben estar haciendo. Cuando no, me acurruco en mi cama, cierro los ojos muy fuerte y espero que todo pase, como si fuese una pesadilla de la que espero despertar tarde o temprano.
Una noche me despierto bruscamente, a causa de una intensa sensación que me embarga. Me siento desfallecer. El aire me falta y un desagradable quejido sale de mis pulmones. Siento los párpados pesados y una pesada somnolencia se apodera de mí. Me asusto un poco, ¿estaré agonizando? Busco con manos temblorosas el timbre de llamada y lo acciono con ansiedad. Oigo pasos que se acercan con rapidez. Para mi alivio, huelo a moras antes de que se abra la puerta.
—¿Qué pasa?
—Lorena —es la primera vez que la llamo por su nombre.
Oigo el monitor a mi izquierda pitar con cierta insistencia.
Ella se queda un instante en el umbral de la puerta, como paralizada.
—¡Dios mío! —exclama finalmente—. Voy a llamar al doctor.
Y se dispone a irse.
—Lorena —vuelvo a llamarla, saboreando su nombre—. Lorena ven… Lorena, por favor, no me dejes solo.
Oigo sus pasos acercándose a mí lentamente, como si estuviera asustada. Tiendo mi mano hacia ella, y la sostiene entre las suyas.
—No, Lorena, no es eso —digo con cierta impaciencia—. Déjame verte, Lorena.
Abro los párpados y la miro sin verla, con esos inútiles ojos míos, mientras levanto mi mano hacia su rostro, para leer en él. Pómulos altos, nariz estrecha, labios carnosos, ojos enormes. Creo que me he enamorado.
Una gota cae sobre mi rostro y se desliza hasta mis labios, dejándome probar el amargo sabor de las lágrimas. Mi enfermera llora por mí porque ni yo mismo puedo hacerlo. Mis ojos son inútiles hasta para eso. Oigo un pitido aún más insistente, y mi mente empieza a desvanecerse.

«Sí», pienso con mi último aliento. «Creo que me he enamorado».

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