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Así que estás viviendo uno de esos infames y temidos bloqueos del escritor.
Surge poco a poco, soterradamente: Cada vez te cuesta más y más sentarte a escribir, dar con la palabra adecuada, dotar de coherencia a tus personajes, y escribir se convierte en un proceso lento y enojoso. Quizás te has quedado atascado en una escena, o no visualizas un diálogo, o en el proceso de escaletar tu nueva novela ves que la trama no encaja. Te enfadas  con todo y todos (especialmente contigo mismo) y dejas de escribir. 
Y de momento, no has podido continuar.

No desesperes. Del bloqueo, querido escritor, se sale. Muchas veces, solo hay que esperar un tiempo hasta que la chispa de la inspiración brilla de nuevo. Pero si quiere acelerar el proceso, o el bloqueo te genera mucha ansiedad, existen ciertos trucos que podemos usar.

Reconoce que tienes un bloqueo

Y hazlo cuanto antes. Identificar un problema es siempre la primera fase para superarlo. Negarte a ti mismo una y otra vez que estás absolutamente sobrepasado, y empeñarte en seguir dejándote los ojos en la misma página o en el parpadeo del cursor día tras día no tiene sentido.

Identifica la causa.

«¿Por qué estoy bloqueado?», debería ser la primera pregunta que nos hagamos siempre que detectemos un patrón en nuestra escritura. A veces puede ser la obra en sí, quizás la trama no va por dónde querías, no consigues transmitir la atmósfera adecuada o los personajes se sienten planos. A lo mejor, descansar un poco de la historia para verla con nueva perspectiva o incluso replantearte ciertas cosas sobre ella pueden bastar para desbloquear de nuevo tu inventiva.

Pero quizás el bloqueo viene de ti mismo. Quizás estás aterrado ante la idea de no ser lo suficientemente bueno, de defraudar a tus lectores, de no tener éxito en las metas que te pongas... En muchas menos ocasiones de las que pensamos, la procrastinación llega a nuestra vida por pura holgazanería. Casi siempre es una manera de postergar algo que tememos hacer, porque no nos creemos capaces de hacerlo o de hacerlo bien. Si es así, si esa es la causa de tu bloqueo, deja de gandulear y coge el toro por los cuernos. Sí, aunque lo que estés escribiendo no vaya a ganar nunca el premio Planeta.

Pasea. Relájate. Cambia de actividad.

Date permiso a ti mismo a descansar, despejarte y airear las ideas. Quizás la próxima vez que te sientes frente al ordenador tengas las cosas más claras.

Lee

Vuelve a redescubrir el placer de leer, en caso de que lo hayas perdido. Lee a autores cuya narrativa te gusta, que creen una ambientación parecida a aquella que estés intentando plasmar. O prueba a releer un libro que adores, no importa cuántas veces lo hayas leído antes. Disfrutar de la lectura, sin más pretensiones que la pura diversión, pueden ayudarte a redescubrir por qué empezaste a escribir en primer lugar.

Escribe

Lo que sea. Mucho o poco, siempre será mejor que nada. Si una escena te tiene bloqueado, pasa de largo y escribe otra escena. U otro capítulo. Si necesitas un descanso de tu historia, concédetelo, pero escribe algo más: un micorrrelato, un diario, un post, cartas…

Coge papel y lápiz

Sí, me has leído bien. Apaga el puñetero ordenador y coge papel y lápiz (un bolígrafo sirve para el mismo fin), siéntante en un lugar cómodo y alejado de distracciones (apaga también el puñetero móvil), sírvete un café o cualquier bebida caliente que te apetezca y empieza a escribir. La escritura manual genera en el cerebro un feedback de las acciones motoras que nos hace ser más consciente de lo que escribimos, proceso que no ocurre con la escritura en teclado. Quizás descubras que escaletar una trama o avanzar con una escena que se te resiste es mucho más fácil si lo haces en papel.

Disfruta

Parece obvio, pero la primera vez que te sentaste a escribir algo lo hiciste porque querías hacerlo, porque algo dentro de ti lo pedía a gritos. Y lo disfrutaste como un enano, aunque probablemente el resultado te resultaría vergonzante de volverlo a leer. Date el permiso a ti mismo de volver a disfrutar al escribir como aquella primera vez, de escribir lo que te apetezca sin preocuparte de nada más. Mientras más te centres en la alegría del proceso, menos te angustiará la calidad del resultado.

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Incluso antes de abrir los ojos lo percibo: este jodido dolor de cabeza. La pulsante presión en mis sienes, la enloquecedora tensión que me atenaza la base del cráneo, el intenso vértigo que me domina cuando, todo lo lentamente que puedo, me siento en la cama.
Mi mente va a estallar, como si una gigante llave inglesa se estuviera cerrando sobre mis huesos temporales, y por un instante, deseo que eso ocurra, que mi cabeza explote, que salpique de sangre el suelo y las paredes, las blancas sábanas sobre las que me siento y el camisón de satén de la mujer que, aún dormida, comparte la cama conmigo. Que acabe, que pare el dolor.
Como si quisiera acelerar el proceso, coloco mis puños en los extremos de mi frente y apreto con fuerza. Durante un magnífico segundo el dolor cede, mi cuello se relaja y lo único que siento es el latido de mis venas contra mis nudillos, pero en cuanto aflojo la presión el dolor vuelve con renovada furia. Me levanto despacio.
No enciendo la luz cuando entro en el baño. Me lavo la cara a oscuras, con agua muy fría, y pongo las palmas empapadas sobre la nuca. La nariz me chorrea agua, mocos, lágrimas. Apoyo la frente contra el espejo y, en la grisácea mañana de esta primavera que parece no llegar nunca, solo puedo distinguir algunos de mis rasgos: mi ceño fruncido, mis ojos llorosos, mi rictus de dolor.
Cuando sobre mí el fluorescente se enciende con un estallido, cierro los ojos con fuerza y lanzo un reniego. La luz, fría y azul, atraviesa mis párpados, recorre mi nervio óptico y taladra mi cerebro. Ella hace pis a mi lado, la oigo bostezar. Entreabro los ojos brevemente y la veo: las bragas en los tobillos, el camisón en los muslos, limpiándose el culo con aire soñoliento. Se levanta y pone una mano sobre mi hombro. «¿Te duele la cabeza?», la oigo preguntar. Ni siquiera tengo fuerzas para asentir.
La luz se apaga. Estoy solo de nuevo, a oscuras y a merced de ese monstruo que, de cuando en cuando, se sienta sobre mis hombros. Me masajeo los trapecios. Me froto las cervicales. Intento pegar la barbilla al pecho, pero mi cuello protesta y vuelvo a levantarla.
Debería estar acostumbrado, asumir las jaquecas con entereza, integrarlas decididamente en mi vida, no quejarme. Pero la resignación tiene el amargo regusto de la derrota, y yo siempre he sido un ganador.
Entonces lo oigo: el paso apresurado que se dirige a mi habitación, dos rápidos toques en la puerta, la decidida irrupción en la estancia. Antes de que el hombre trajeado que acaba de entrar se dirija a mí, ya sé qué va a decirme.
Le escucho a medias, mientras cierro la bata alrededor de mi cuerpo con un laxo nudo. Las palabras «objetivo», «operación», «misil» y «órdenes» llegan a mi desastrado cerebro. «Debe tomar una decisión», concluye.
Esbozo la primera sonrisa del día, ladeada, levemente agria. Esa decisión la tomé hace mucho tiempo. «Proceda, general», digo impertérrito, escondiendo mi debilidad tras una hierática expresión. El hombre me mira con sorpresa durante la décima de segundo que tarda en controlar su expresión. Quizás, pensaba que yo no sería capaz, de hacerlo, y menos con tanta calma.
No es calma lo que siento, idiota, es dolor, es enfado, es frustración. En días como este, no me importa lo que le pase al mundo.
El hombre asiente y se va. Yo me dispongo a vestirme para supervisar los eventos del día. Sé lo que se espera de mí y nada podrá pararme.
Ni siquiera este jodido dolor de cabeza.

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Hace aproximadamente tres semanas que eliminé mi cuenta de Facebook.
Y lo digo así, con la boca bien grande. Nunca fue una red social que me gustara especialmente, y no le vi la gracia hasta que empecé a rentabilizarla como escritora, sobre todo a partir de la creación de la página de A través del sexo. Y fue también, más o menos en esa época, cuando empecé a descuidar mi blog.
Ahora puedo decir que no echo de menos Facebook. En absoluto. No añoro el icono azul de la app en mi móvil, y definitivamente, tampoco las continuas notificaciones de dicha app, que te obligaban a entrar en Facebook cada poco solo para no tener en el móvil ese enojoso icono rojo que parecía indicarte que tenías cosas pendientes por hacer. Nunca perdí mucho el tiempo en Facebook, y sin embargo, todo tiempo pasado en Facebook me parecía perdido. Tenerlo me parecía superfluo. A mis amigos y familia los tengo muy presentes en la vida real y más presentes todavía en el dichoso WhatsApp. Las noticias de sus vidas siempre he preferido recibirlas en persona, y nunca he preferido un chateo a una agradable conversación sobre unas tazas de café. El resto me parece superfluo.
El único aspecto de Facebook del que me costó desprenderme no tiene nada que ver con mi perfil personal, sino con la página de A través del sexo, que al desactivar mi perfil, ha dejado, virtualmente, de existir, y ni siquiera sé si podré recuperarla algún día si decido reactivar mi cuenta, pero también creo que esa página ya había cumplido su función, se había amortizado, y que quizás no tenía sentido seguir apegada a ella.
Sé que muchas aplicaciones y funciones online están vinculadas a Facebook y limitadas, por tanto, a sus usuarios, pero sinceramente, es algo que de momento ni me preocupa ni me ha ocasionado (al menos de momento) molestia alguna. No echo de menos Facebook, y aunque solo he tomado la decisión de desactivar temporalmente mi cuenta, no creo que de momento vaya a volver.
Lo que sí echo de menos, y lo llevo haciendo desde hace varios años, es este blog. Sentía que ya no tenía nada interesante que contar o compartir, mayormente porque cuando lo tenía, lo decía y compartía en redes sociales como Facebook y Twitter. Parecía que al irlo descuidando también iba perdiendo mi derecho a escribir en él, como si ya no tuviera sentido volver, hasta que recordé que este blog es ante todo mi propio espacio, creado para mí y que aunque preferiría que no fuera solo mío, me he dado cuenta de que prefiero que sea eso a que desaparezca.
Quizás por eso, aparejado a mi deseo de abandonar Facebook, vino otro, el de reactivar este blog, aunque solo sea para poder expresarme y tener un lugar propio en este enorme océano que es internet, alejado del bullicio y la inmediatez de las redes sociales.
Así que ahora, si quieres pasaros por aquí, me veréis de vez en cuando. Reorganizaré el blog, que ha quedado algo desfasado, y probablemente me anime (por fin) a hacer la migración a WordPress y tener un dominio propio, para poder empezar de nuevo este proyecto que nunca debí haber abandonado.

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Hoy me ha pasado una cosa muy curiosa. En el contexto de una conversión casual en el trabajo salió a relucir que a mí me gusta (y mucho) The Walking Dead, y una de las personas presentes, una chica muy joven y muy maja, tras confesar que ella también era muy fan de la serie, me dice: "Pues vaya, no te pega". Yo me sentí terriblemente ofendida, porque sé que con ese comentario me quería decir que por mi aspecto y mi manera de ser me pega más ver series de "chicas", así que le respondí: "Es que tú no me conoces" y añadí (solo para chincharle) "Además, a ti tampoco te pega". Para mi tremenda sorpresa, ella me contestó con un "No te creas, que soy un poco frikie".
Yo con muchas ganas de descubrir a un nuevo frikie en el mundo, le pregunté que a que tipo de frikismo se refería, y no me supo contestar otra cosa más que que le gustaba también Juego de Tronos (la serie),así que me decidí, no solo a determinar qué tipo de friki era, sino también a poner a prueba su frikismo con un (sencillo) cuestionario que improvisé sobre la marcha. No supo contestar a una sola pregunta.
Comparto ahora este test para ver si a) es (como ella decía) demasiado difícil; y b) determinar el número de frikis (y su nivel) que tengo a mi alrededor.  Así que, ahí va:
1) Quién es Masami Kurumada?
2) En qué año se editó Dragones y Mazmorras?
3) Quién es Drizzt Do'Urden?
4) De dónde procede el Sr. Spock?
5) Qué es un padawan?
6) Quién formuló las tres tres leyes de la robótica?
7) Qué conjuro usarías para desarmar a alguien en un combate de varitas mágicas?
8) Quién es Stan Lee?
9) De qué libro es Faramir?
10) Entiendes todos los chistes de The Big Bang Theory?
Y eso es todo, qué os ha parecido? Cuántas habéis acertado?

Me entregué con devoción a la tarea: me senté con las piernas cruzadas, apoyé las manos sobre mis muslos, dejando las palmas laxas, y cerré los ojos. Inspiré, espiré, varias veces, dejando que el vacío tomara mi mente, intentando parar el torbellino de ideas que bullía en mi cabeza. 
Sabía que era fútil dejarme llevaron mis sentimientos en aquel momento, recrearme en ellos, preocuparme por cosas del pasado que no podía cambiar, ni por eventos de un futuro aún no materializado, así que dejé de luchar contra ellos, me alejé, y los observé desde una prudencial distancia.
Pude reconocer mi ira, una masa carmesí, pulsante, en una constante amenaza de expandirse y ocuparlo todo, pero levanté un muro entre ella y yo. Pude observar mi miedo, una sombra azul acurrucada contra una esquina. Levantó un instante la cabeza para animarme a unirme a él, pero yo preferí mirar para otro lado. Pude admirar la inmensidad de mi dolor, una ominosa forma negra y viscosa, que envenenaba con pegajosas manchas oscuras todo lo que había a su alrededor, pero no dejé que se me acercara.
Más allá de los confines de mi mente, mi cuerpo físico seguía respirando, incansablemente. Me elevé, centrándome solo en la sensación del aire invadiendo mis fosas nasales, contrayendo mi diafragma, expandiendo mi abdomen y escapándose en forma de silenciosos suspiros que acariciaban mi lengua al salir. Incliné la barbilla sobre el pecho y me centré en el aquí y el ahora, apartando de mi ser todo aquello que no perteneciera al presente más inmediato.
Mi mente se había convertido en un claro cielo azul. Solo oía el leve murmullo del viento entre árboles que no podía ver. Mi cuerpo se asentaba firmemente en la madre tierra mientras que mi cabeza se elevaba hacia el firmamento. Me recreé en la contemplación mental de ese imperturbable e infinito manto de paz que se sostenía gracias a la determinación con la que mi respiración se mantenía contante. 
Un rápido pensamiento cruzó mi mente, un rostro hostil, un grito de dolor; pero no permití que mi mente explorara ese recuerdo, de la misma manera que no permitiría que mis ojos abandonaran la contemplación del cielo para seguir el vuelo de una golondrina.
Otras golondrinas siguieron a la primera: una era una idea acerca de lo que podría haber hecho, otra un recuerdo de lo que había ocurrido, la tercera, un temor de lo que quedaba por venir; a todas las ignoré, dejando que cruzaran mi cielo mental y siguieran su silencioso vuelo, hasta volver a perderse más allá de los confines de mi propia mente.
La cuarta tenía una marca de fuego. Cruzó el cielo dejando tras ella una estela negra como la muerte, antes de interrumpir su vuelo para empezar a caer. En llamas. Gritaba mientras se precipitaba y mi ojo mental la siguió, horrorizado, mientras los restos de su cuerpo carbonizado caían antes mis pies.
Abrí los ojos.
La madre tierra estaba húmeda bajo mi piel, mohosa y hedionda. La oscuridad imperante solo era contrarrestada por la humilde llamita de una vela de cebo, que estaba a punto de consumirse y el único sonido en la estancia lo hacía la rata que roía las mugrientas mantas que hacían de jergón. Las paredes a mi alrededor eran oscuras y lóbregas, y no había el más mínimo resquicio que me permitiera ver la luz del sol, pero sabía que el amanecer estaba cerca. En breve vendrían a buscarme.
Y entonces sería yo quien estallaría en llamas y gritaría, bajo un claro cielo azul.

Quizás las cosas que más daño nos hacen son aquellas que no duelen mucho, las que trabajan poco a poco y soterradamente para hacernos enloquecer. O al menos era lo que pensaba yo mientras sostenía mi arma ensangrentada.
Indudablemente, a ELLA le había dolido el golpe, y ahora, los restos marchitos de su descuidado cuerpo yacían ante mí, impávidos y orgullosos, como queriendo ser ajenos a mis actos y mis sentimientos; sin embargo, yo no podía dejar de pensar, quizás estúpidamente, que la víctima era yo.
Tardé mucho tiempo en darme cuenta de su mera presencia me hacía daño. Quizás no lo hacía adrede, quizás ni siquiera era consciente de ello, pero sus aparentemente inofensivas exigencias, cumplidas por mí con absoluta diligencia y entrega, servían tanto para salvaguardarla a ELLA como para destrozarme a mí. 
La había protegido con un empeño enfermizo de cualquier cosa que pudiera hacerle daño: la luz, la exposición, la vida... A la vez que me convertía en su baluarte, su mundo y su único alimento, sin darme cuenta de que eso me confinaba a un mundo que me alejaba de cosas que para mí eran vitales. Pensamientos de una amargada y doliente naturaleza se fueron adueñando de mi mente, royendo mi autoconfianza, mi alegría, mi cordura, embadurnándolo todo de una tristeza viscosa y densa que flotaba a mi alrededor y me ocultaba del mundo. En medio de toda esa bruma, la absoluta certeza de que ELLA se crecía gracias a mi angustia y se alimentaba con la desesperación que saboreaba en mi sangre, me dio la fuerza suficiente para enfrentarla por primera vez.
Con un movimiento brusco, descorrí los pesados cortinajes y dejé que la luz del sol inundara la estancia y disipara los últimos jirones de confusión que nublaban mi juicio. Me embebí en la luz, largamente añorada, dejando que el calor del sol entibiara mi piel hasta que sentí cómo escocía. En aquel breve, victorioso instante, saboreé lo que mi vida podría ser si no estuviese sometida al influjo de aquella criatura de la oscuridad. Sin embargo, al escuchar leves sonidos de vida tras de mí, no pude evitar sentir cierto alivio.
ELLA se retorcía en el suelo, se agitaba mientras sus marchitos miembros volvían a la parodia de vida que siempre habían representado. Por un instante, la volátil esperanza de que el mazazo recibido la persuadiría de deshacerse voluntariamente de mí, asaltó mi vapuleada consciencia, pero por la manera en la que sus exigentes garras se dirigían hacia mí, me convencí de que tal cosa jamás ocurriría.
En ese momento, confieso que pensé en huir, alejarme de ELLA y no mirar atrás, pero mientras veía cómo su cuerpo luchaba con patetismo por erguirse de nuevo en medio de sus podridos ropajes negros, deseché la idea. A pesar de todo, la quería.
Cerré los cortinajes, protegiéndola de la luz, y ELLA avanzó hacia mí, implacable. Dejé caer mi arma al suelo, y rendido, la dejé poseerme y alimentarse de mí, mientras dejaba que mi mente cayera, para siempre, en el abismo.

Esta última semana ha sido toda una locura.
Hace ya una semana que terminé de escribir #ATDS, y cinco días desde que publiqué el que fue el último capítulo. 
Han sido días de emociones muy intensas, de verdad, me ha pillado todo con las emociones a flor de piel, desde el momento de bajona y llorera total que me dio al escribir la última frase de la novela (como lloré, madre mía) hasta la alegría más absoluta que he sentido al ver la repercusión (a pequeña escala y modesta, pero repercusión al fin y al cabo) que este capítulo ha tenido en las redes sociales. 
He dado las gracias esta semana más que en el resto de mi vida, me parece, y ya publiqué hace unos días una entrada de agradecimiento a todas esas personas que han participado en este proyecto conmigo, pero sigo teniendo mucho que agradecer, pues todavía sigo recibiendo a día de hoy mensajes de apoyo y felicitación.
Siento una pena tremenda al pensar que ha terminado ya esta etapa de mi vida, y sé que añoraré los adelantos y la histeria de las lectoras cuando el capítulo se retrasaba, pero a cambio creo que he madurado y aprendido muchísimo gracias a todo esto, y como dice el refrán, todo lo bueno acaba.

Además, no es la acogida del final de ATDS lo único que tengo que agradecer esta semana, pues he sabido que finalmente mi relato, "Muerte de un Chapero", ganó el miniconcurso de Octubre de los premios Watty, en la categoría "Gemas por descubrir", así que de nuevo un enorme Gracias a todos los que votaron y leyeron mi relato. 

Esta entrada va a ser larga, y va a doler. Vamos allá.
Hoy es un día especial para mí, creo que casi todos los que me siguen sabrán por qué. Hoy publicaré el que será el último capítulo de A través del sexo, la novela que llevo escribiendo 5 años. Y no sólo es un día especial para mí, sino para muchas personas que leen la novela desde hace mucho tiempo, que la han integrado en sus vidas, y la han hecho suya también. Eso no sólo me hace increíblemente feliz, sino que tengo mucho que agradecer, a muchas personas que me han acompañado en este camino, y que han conseguido que la escritura de este libro haya sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. 
Gracias sobre todo a mi familia, por aguantarme las neuras, por no juzgarme, y por apoyarme en todo. 
Gracias a mi madre en especial, por ser la mejor de las atedeístas. Te quiero, mamá, aunque sólo leas esta guarrada porque yo la escribo.
A mi Javi, mi amor, por construirme una Torre de Marfil, y dejarme estar allí sola cuando entendía que Noah y David me necesitaban más que él.
A Nisa Arce, no sólo por ser una grandísima amiga, sino por instruirme y guiarme en el proceso que es escribir una novela, y por avisarme del extraño vacío que me quedaría al acabarla. Y por estar ahí para mí cuando llegó ese momento.
A Fátima, por decir que no leería ATDS hasta que no la terminara. Y por caer como una tonta, como yo sabía que lo haría. Gracias, grandísima MotherFucker, sin tu odio a David, y tus sabios consejos, esta novela no sería lo que es.
A Soley, la capitana del TeamDavid, por tu pasión e intensidad, por tu entusiasmo desmedido.

Gracias.

A Kevin, por dejarme meridianamente claro que las pollas no palpitan. Aunque yo sigo pensando que sí que lo hacen. 
A Gabriel, por ser la ilustradora oficial de ATDS, por regalarme la maravillosa portada, por ponerle rostro a David, por ser la creadora del club de fans en Twitter. Gracias por no dejar de leer ATDS a pesar de que dijiste que lo harías. Espero que el final compense tus desvelos.
A Pilar, por organizar la quedada en Facebook para el último capítulo, por ser el alma de la fiesta que espero que se desencadene esta tarde.
A Esther y Mayoli, mis compis. A Esther por apoyarme en todo. A Mayoli por estar permanentemente enfadada conmigo. Os quiero a las dos. 
A todas las lectoras, y lectores, que han seguido capítulo a capítulo las neuras de Noah. Y las mías. Gracias por aguantar los retrasos, las épocas sin actualización, los rumores de que la novela quedaría inacabada. Gracias por elucubrar con cada adelanto, por llorar y reír conmigo, sois tantas que ni siquiera voy a intentar nombraros a todas, pero sabeis quienes sois, y sabeis que os quiero.

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No sé por qué, y muchas veces no sé cómo se puede solucionar, pero lo cierto es que todos los escritores solemos sufrir alguna que otra vez el temido bloqueo.
El otro día, teniendo una conversación por Twitter con Nisa Arce (@nisa_arce) y Mer González (@mergonzalez__), otras dos escritoras canarias, hablábamos de esto del bloqueo, de la falta de inspiración, de esa rara "ley de murphy" de los escritores, que hace que sólo tengas buenas ideas cuando no te puedas sentar a escribir, pero una vez ante el PC o ante la libreta te quedas de nuevo en blanco.
¿Por qué nos cuesta escribir? ¿Falta de tiempo? ¿De inspiración? ¿Quizás sea que no tenemos tan claro como nos gustaría creer lo que queremos contar?
Supongo que es patente que yo estoy pasando por uno de esos dichosos "bloqueos". Llevo no-sé-cuánto-tiempo sin publicar un capítulo de mi novela. Al principio decía "estoy muy ocupada", luego empecé a decir "el capítulo 32 se me está resistiendo", ahora ya asumo que estoy estancada. Pero no creo que eso sea algo malo. Al menos no necesariamente.
A veces, siento que necesito poner distancia entre mí misma y lo que escribo, sobre todo cuando me estanco. Es en esas veces que por mucho que me siento a escribir las cosas no salen como a mí me gustaría, las escenas no tienen sentido y no fluyen bien, los diálogos que escribo son desastrosos. Entonces lo admito: estoy bloqueada. Y me rindo. Aparco la libreta, no abro el archivo que estoy escribiendo en un par de semanas y me dedico a leer, a jugar a los videojuegos y a vivir la vida. Pero eso no quiere decir que no siga pensando en cuál puede ser mi problema. Cuando conduzco, cuando estoy cuidando de mis plantitas o cuando cocino... en definitiva, cada vez que hago alguna actividad repetitiva y que no requiera un esfuerzo mental por mi parte, me pongo a pensar en mis personajes: en por qué hacen lo que hacen, en cómo reaccionarían ante tal o cual situación, en cómo describir tal reacción o sentimiento, en cómo, en definitiva, terminar de contar lo que quiero contar consiguiendo que sea realista, coherente y bla-bla-bla. Y en un mágico y efímero momento, tarde o temprano, se me enciende una bombillita en el cerebro y todo cuadra como un puzle bien resuelto, me siento a escribir y todo vuelve a ir como la seda.
¿Le pasa a todo el mundo lo mismo? Supongo que sí. Una cosa que he aprendido en estos años, es que los esritores conformamos una especie aparte, todos somos iguales, así que ¿por qué no suponer que a todos les pasa lo que a mí? Lo malo, es que yo, al escribir una novela por "entregas" estoy más expuesta, cada vez que tengo un bloqueo, todos mis lectores se enteran, en cambio, ¿cuántos de los lectores de Kafka, Cervantes o Proust han tenido que esperar por el escritor para terminar una novela? Es como lo del huevo de Colón, o algo parecido al menos, cuando mi novela esté terminada (algún lejano día de origen incierto) habrá parecido muy fácil de escribir.

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Las hermanas pequeñas están hechas para sonreír. Sonreír con una sonrisa fabulosa y sincera. Las hermanas pequeñas están hechas para ser felices, niñas eternas que corren por el prado con vestidos de flores, criaturas etéreas y puras que contienen todo lo bueno que hay en el mundo. Las hermanas pequeñas están hechas para tener una vida larga y plena. 
Hoy es el aniversario de la muerte de mi hermana pequeña.
Las hermanas pequeñas deberían ser listas y adorables, deberían hacer carrera, tener un trabajo interesante. Las hermanas pequeñas deberían poder encontrar el amor, casarse con un hombre maravilloso y darte sobrinos a los que mimarás como nunca la mimaste a ella en la infancia, porque no eras más que una niña tonta que le tenía celos, y la llamabas enana, mocosa y le tirabas de las trenzas. 
Hoy es el aniversario de la muerte de mi hermana pequeña.
Las hermanas pequeñas deberían llorar por sus padres cuando estos fallecieran, mesándose los cabellos ante la incomprensión de la muerte, abrazándose a ti cuando devolvieran sus cuerpos al fuego y la tierra, con la confianza que una mujer sólo puede tener con las personas junto a la que se ha criado. Las hermanas pequeñas no están hechas para ser lloradas por sus mayores, por una madre ajada y un padre marchito, las hermanas pequeñas deberían ser inmortales. 
Hoy es el aniversario de la muerte de mi hermana pequeña.