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Suelo decir que no me gusta tener en cuenta las fechas, que no te recuerdo más o menos porque un día en concreto esté relacionado con tu vida, pero la verdad es que últimamente, cuando se cumplen tanto el día de tu llegada al mundo como el de tu marcha, te tengo especialmente presente. Quizás es porque este es un año especial, ya que hoy hace justo 10 años que te moriste. A lo mejor, me fijo en las fechas más de lo que me gusta admitir. 

Quiero que sepas que en ocasiones sueño contigo, pero nunca de cuando estabas enferma. En mis sueños siempre estás bien y se te ve muy guapa, y yo ni siquiera sé que estás muerta. En mis sueños solo eres mi hermana otra vez y a veces ni te hago mucho caso. Pero no me lo tengas en cuenta, que cuando estabas viva tú a veces también pasabas un poco de mí.

Cuando estoy despierta a veces recuerdo los peores momentos. Recuerdo cuando estabas mala y cuando lo pasabas mal. Y últimamente recuerdo mucho el día que te moriste. No te lo tomes a mal, que no lo digo como algo malo. Si de algo en el mundo estoy orgullosa es de haberte ayudado a morir bien, en tu propia cama, tranquila y sin dolor; y de haber elegido un vestido con muchos colores para que estuvieras bien guapa en tu ataúd, que sé que a ti nunca te gustó mucho eso de vestir de oscuro. Y si de algo estoy agradecida, es de haberte tenido como hermana, aunque te fueras tan prontito. 

Es que eras una tía de puta madre. Con una sonrisa, un par de halagos y un gesto ya los tenías a todos en el bolsillo, porque persona más simpática que tú no he conocido jamás. Eras muy graciosa y tenías una risa contagiosa. Y eras capaz de tocarte la nariz con la punta de la lengua, tu payasada favorita. Aprendí, ademas, mucho de ti: el valor de la inocencia, de ver siempre lo mejor de los demás, de valorar a cada persona y no burlarme nunca de los defectos ajenos. Y sobre todo que lo más importante no es llegar más alto que los demás, sino todo lo alto que tú puedas esforzándote al máximo.

Han pasado muchas cosas en estos diez años que me habría gustado que supieras. Deberías ver a nuestra sobrina Carmen, aquella que te empeñaste que nombráramos igual que a ti. Ya es más alta de lo que tú lo eras y pronto será más alta de lo que yo lo soy, y solo tiene diez años. Y es lista, tía. Súper lista. Pero también es un poco maniática y lenta como una tortuga igual que tú. También me hubiera encantado que conocerías a Ana, que es pizpireta, simpática e independiente. En eso se parece a ti tanto como a mí. Y te perdiste mi boda, y ver a tu hermana casarse con un vestido rosa. Así en plan princesa.

Que sepas que las Spice Girls volvieron a hacer un tour el año pasado. Operación triunfo y concursos del estilo siguen existiendo. David Bisbal aún canta y yo sigo sin poder escuchar a Laura Pausini sin acordarme de ti. Harry Potter ganó y se cargó a Voldemort, y aún no ha salido la secuela de Avatar, que fue la última película que vimos juntas en el cine. Te hubiera encantado la serie Jane, the Virgin, y la nueva trilogía de StarWars, porque las protagonistas son chicas guapas y fuertes, como a ti te molan. Seguro que hubieras insultado a Donal Trump cada vez que lo vieras en la tele y te habrías cabreado muchísimo con todo esto del confinamiento. «Este coronavirus me tiene harta», te imagino diciendo, cansada de estar tanto tiempo metida en casa. 

Te imagino a veces cantado, que tanto te gustaba, y bailando, que siempre lo hiciste tan bien. Recuerdo tus ojos, enormes, y la marca que la varicela te dejó en la frente. Recuerdo tu barbilla menudita y tu cabello casi negro. Recuerdo que siempre querías ser el centro de atención y que casi siempre lo conseguías. Y que eso a veces me enfadaba un poquito. Recuerdo lo presumida que eras, y lo bien que te quedaban los vestidos. Recuerdo que tus últimas palabras me las dijiste a mí, y que en ese momento no supe entenderlas. Y recuerdo cuando decías que eras especial, y que a veces lo decías como si eso fuera algo malo. No lo era. Eras especial. Y eras única. Y yo no te habría podido querer más de lo que te quise si hubieras sido de cualquier otra manera. 

También quiero que sepas que estoy bien. Y que soy feliz, que eso siempre te preocupó mucho. Que aunque a veces llore un poquito cuando me acuerdo de ti no pasa nada, porque la mayoría de las veces, me acuerdo de ti sonriendo. Que cuido de mamá y de papá por ti y me preocupo de que la familia siga unida y sin enfados entre nosotros, que no soportabas vernos discutir. Que no estoy enfadada contigo por haberte ido tan prontito. Y que fuiste fuerte y valiente, como esas heroínas de las películas a las que tanto admirabas. Y preciosa, siempre fuiste preciosa, aun cuando no pensabas eso de ti misma. Y precioso es también el recuerdo que siempre tendré de ti. 

Yo no creo en el cielo, pero seguro que estoy equivocada porque tú dijiste que hacía allí te ibas. Así que quédate ahí bien tranquilita, que por aquí abajo estamos bien. 

Tu hermana, que te quiere

I

Érase una vez un matrimonio que vivía en una pequeña ciudad. Ambos estaban tremendamente afligidos porque deseaban más que ninguna otra cosa en el mundo tener un hijo, pero cada vez que la mujer quedaba encinta y daba a luz, el niño nacía muerto o moría a las pocas horas, y cada bebé muerto los alejaba cada vez más. 

La mujer, desesperada por ser madre y cumplir con su deber de esposa, pensó: «¡Haría cualquier cosa por tener un bebé sano y fuerte! Iré a ver a la vieja bruja, a la que siempre he temido. ¡Es posible que ella pueda ayudarme!». Así que un día, en secreto y sin decirle nada a su esposo, fue hasta la casita en la que habitaba la bruja. Era una casa pequeña, ruinosa, a orillas del mar, en cuyo jardín de cantos rodados no crecía vegetación alguna. Allí estaba la bruja, dando de comer a un canario un terrón de azúcar de su propia boca.

—¡Sé muy bien lo que deseas! —dijo la bruja nada más verla, apartando al pajarillo de sus labios para encerrarlo en una diminuta jaula que colgaba del porche—. Y verás cumplida tu voluntad, aunque a la larga solo te hará ser más desgraciada. Prepararé un bebedizo, pero antes de la salida del sol deberás volver a casa, yacer con tu esposo y beberlo. Entonces quedarás encinta y tendrás el bebé más sano y hermoso que puedas desear. El niño tendrá un espíritu fuerte y no morirá, pero ese espíritu no será enteramente suyo. Entrelazada con su alma habrá otra, un alma oscura que se retorcerá en su interior y despertará como una bestia terrible si alguna vez el niño prueba el sabor de las manzanas rojas. ¿Quieres tener ese bebé a pesar de todo, y que yo te ayude?

—¡Sí! 

—Pero, además, tendrás que pagarme —dijo la bruja—, y no es poco lo que pido. Después de que el niño haya nacido, deberás darme esas preciosas y cimbreantes piernas que escondes bajo tu falda. Tu rasgo más hermoso a cambio de mi poderoso bebedizo. ¡Te entregaré en él incluso un poco de mi propia sangre!

—Pero si me quitas mis piernas, no podré caminar.

—No podrás, pero serás madre. Tendrás un amado hijo al que educar, escucharás su risa y podrás cantarle para que se duerma en tu regazo.

—Así sea —exclamó la mujer, pensando tan solo en la dicha que un niño le aportaría a su hogar.

Y la bruja puso al fuego su puchero para preparar la pócima. Tras añadirle un sinfín de ingredientes, entre ellos, tal como había prometido, tres gotas de su propia sangre, se lo entregó a la mujer.

—Aquí tienes.

La mujer cogió la botellita que la bruja le ofrecía y que contenía un líquido oscuro, espeso y con olor a mar. No había salido aún el sol cuando regresó a su casa, y acudió a la cama de su esposo como la bruja le había indicado que hiciera. Luego, justo antes del amanecer, bebió la salada y amarga pócima e inmediatamente se sintió terriblemente indispuesta. 

Nueve meses más tarde dio a luz a un niño tan perfectamente formado, de tal vigor y belleza que en la casa todos quedaron maravillados. El niño creció rápidamente y la madre lo amó y lo consintió todo lo que quiso, a pesar de que poco después la bruja hiciera efectivo su pago y la mujer perdiera su capacidad de caminar. Sin haber olvidado la advertencia que le hiciera la anciana bruja, cada primavera mandaba podar todas las ramas del hermoso manzano que crecía en su jardín, para que nunca volviera a dar frutos, manteniendo a su hijo alejado del sabor de las manzanas rojas. 

Mas un trágico día, la mujer falleció. El niño, que amaba tiernamente a su madre, se quedó desconsolado y lloró lágrimas amargas frente al mutilado árbol, que tanto le recordaba a ella. No dejó de llorar hasta que vio ante sí a un joven príncipe de cabellos negros como el ébano, piel blanca como la nieve y labios rojos como la sangre. En su mano izquierda llevaba una gran manzana roja, jugosa y reluciente, como si hubiera sido pulida. Al verla, el niño quedó fascinado por ella y preguntó:

—¿Qué es eso que llevas en la mano?

—Una manzana —fue la simple respuesta—. ¿La quieres probar? —añadió el príncipe, ofreciéndosela.

El niño no sabía lo que era una manzana, nunca había visto una en toda su vida, pero nada más verla supo, sin ningún género de duda, que siempre había deseado probar una de ellas. Acercó la boca a la manzana ofrecida y la mordió, y la carne de la fruta, deshaciéndose lentamente en su boca, le pareció lo más dulce y delicioso que había probado jamás. Él no lo sabía, pero el sabor de aquella fruta para él prohibida había despertado aquello que habitaba en su alma. Poco a poco, el niño que era dejó de existir y su lugar fue ocupado por una figura negra y lanuda que, con las fauces abiertas, miraba con ojos inyectados en sangre al joven que había frente a sí. 

Aun así el príncipe no parecía estar asustado de la bestia que tenía en frente, sino que lo miraba con la misma compasión con la que lo hiciera cuando aún era aquel triste niño que lloraba por su madre muerta. Sin mostrar el menor signo de temor, volvió a ofrecerle el resto de la manzana, acercándola osadamente al horrible hocico, tentándolo con la fragancia que la fruta desprendía, y el animal la devoró con tanta violencia que hizo sangrar al joven príncipe. La sangre inundó la palma de su pálida mano y la bestia la lamió con su lasciva y roja lengua, antes de elevar su terrible cabeza al cielo y aullar a la luna llena. 

PRÓLOGO

Las Palmas de Gran Canaria, 24 de marzo de 1914

Gabriel sintió la cercanía del amanecer incluso antes de ver, a través de un ventanuco en el alto techo abuhardillado, que el cielo empezara a clarear. Aun así no se movió, y siguió acurrucado en la misma esquina en la que había estado toda la noche. Una intensa modorra empezaba a apoderarse de él y la idea de permanecer allí, abrazado a sus rodillas, escondiendo su deshonra del mundo, se le antojó muy tentadora, aunque dudaba que el dulce olvido del sueño le trajera algún alivio después de lo que había hecho. Avergonzado, hundió el rostro entre las manos, y el profundo suspiro que exhaló rompió el silencio de la estancia, atrayendo hacia sí la atención del hombre que la compartía con él.

Fernando, a quien apodaban el Brujo, volvió el rostro hacia él. Al sentirlo, Gabriel se encogió todavía más en su rincón sin atreverse a levantar la vista, pero aun así pudo notar una intensa sensación de desnudez cuando aquella mirada cayó sobre él, iluminando como la rutilante luz de un faro sus pensamientos más íntimos, para luego pasar de largo en cuanto Fernando perdió el interés en él para seguir rebuscando entre los enseres del dormitorio. Al fin y al cabo, tras pasar la noche interrogándole y leyéndole el pensamiento, el hombre ya sabía que Gabriel no podía darle ninguna de las respuestas que tan desesperadamente necesitaba.

Ni siquiera él mismo tenía esas respuestas. Hasta aquel momento se había creído incapaz de matar a nadie, y menos de la manera en que lo había hecho. Sin embargo, algo en él parecía haber cambiado en los dos últimos meses, meses que se habían esfumado por completo de su mente.

No sabía por qué su memoria se mostraba tan esquiva, por qué su mente era una amalgama de recuerdos evanescentes que se perdían cada vez que intentaba poner el foco en los últimos acontecimientos de su vida. Lo último que recordaba con claridad era acudir a una sesión de espiritismo a mediados de enero, donde había conocido a Fernando, y ahora se reencontraba con él en funestas circunstancias y descubriendo con estupor, que ya era marzo.

Con la creciente luz, las imprecisas sombras del dormitorio fueron convirtiéndose en formas reconocibles: la cama de madera maciza, con el barniz descolorido y desconchado a causa del paso del tiempo; el armario, cuyas puertas entreabiertas dejaban ver unos cuantos vestidos, zurcidos demasiadas veces, tirados en completo desorden junto a unos viejos zapatos; la estantería, llena de volúmenes. Varios de los libros habían caído al suelo y uno de ellos se había abierto, dejando ver el grabado de un lobo que acechaba con sus afilados colmillos a una dulce niña en mitad del bosque. 

Ese grabado le hizo pensar en los sucesos ocurridos la noche anterior, a causa de los cuales estaba encerrado como el animal rabioso que era. Bajó la mirada hacia sus manos, posadas sumisamente sobre su regazo. En las horas transcurridas desde el crimen, la sangre de su víctima se le había secado en las manos, formando costras oscuras alrededor de las uñas y en los pliegues de sus falanges. También su camisa seguía manchada y la sangre se había oxidado sobre la tela, dejando una marca ocre y un olor metálico. El recuerdo de aquella sangre bañando su piel, regando su garganta, le acometió violentamente, atormentándolo durante los segundos que tardó en recordar cuánto lo había disfrutado. No pudo evitar la evocación del tosco rasgueo de sus colmillos al despedazar la piel, el estallar de la carne contra su lengua, la satisfacción que había sentido al destrozar aquel cuerpo que con tanta asiduidad había amado. El deseo de volver a experimentarlo hizo que su respiración se acelerara y sus encías empezaran a latir dolorosamente, haciéndole ver los instintos animales de los que era presa. 

Lo que más le atormentaba era el recuerdo de su propia crueldad. Después de que todo hubiera acabado, cuando la virulencia de su propia ira se había aplacado, se encontró a sí mismo contemplando la dantesca escena con absoluta frialdad: la sangre ajena que cubría su cuerpo, el cadáver que había a sus pies, el intenso vacío de aquellos ojos muertos vueltos hacia él… Todo ello le producía una desconcertante indiferencia. Ni siquiera el vínculo que había mantenido con quien yacía en el suelo, con los miembros destrozados y las carnes abiertas impúdicamente, parecía tener el menor efecto en él. Ahora, al rememorar el momento, no podía sino sentir horror, no ya por el crimen cometido, sino por reconocerse como ese inmisericorde verdugo que no sentía el más mínimo remordimiento por segar la vida de su víctima. 

Tampoco recordaba haber sentido alarma alguna al ser descubierto, minutos después, cuando el cadáver aún no se había enfriado. Era como si de alguna manera lo hubiera estado esperando. Aún con la sangre hirviéndole en las venas a causa de la matanza, se había mostrado ufano, determinado a no contestar a las airadas preguntas y acusaciones que se le hacían, albergando una sensación de orgullo por lo que acababa de hacer. Después de eso sus recuerdos se volvían confusos y caían en la inconsciencia, para luego despertarse en aquel oscuro desván habiendo perdido, al parecer, toda noción acerca de las endiabladas motivaciones que guiaran sus actos. 

—Es mejor para ti no recordar nada —le había dicho Fernando—. Has hecho cosas terribles. Lo que hiciste anoche solo fue el colofón de unos meses de verdadera depravación. 

Con calma desapasionada Fernando le había dado unas parcas explicaciones acerca de lo que había ocurrido. De cómo Fernando no era un brujo, sino otra cosa. Y de cómo Gabriel se había convertido en lo mismo que él.

—Vampiro —había dicho mientras un temblor supersticioso recorría su cuerpo.

—Noctívago —le aleccionó Fernando—, es así como debes dirigirte a ti mismo y a tus similares. Aunque en muy poco eres similar a mí: no eres más que un asesino, un monstruo —le había espetado con rabia apenas contenida en la voz—. Un demonio al que has alimentado con sangre. Nunca debí haber confiado en ti. 

«No, no debería haberlo hecho», se dijo con acritud mientras una profunda sensación de arrepentimiento atenazaba sus tripas. Su propia inconsciencia se presentó de improviso como una revelación: ¿cómo podía haber aceptado la inmortalidad cuando sabía muy bien lo que habitaba en su interior desde el mismo día de su nacimiento?

Amparado por la cálida oscuridad que le proporcionaban sus párpados cerrados, Gabriel se sintió transportado a otro tiempo y otro lugar. «Tienes al wa-yewta en tu interior, niño», casi pudo oír la arrugada voz que le susurraba, y ver ante sí el rostro de aquella misteriosa mujer, enturbiado por el humo del incienso al ser quemado. «Y ya nunca abandonará tu alma.» 

Quizás, de haber seguido la existencia anodina a la que estaba destinado, podría haber contenido al espíritu que de una manera u otra siempre había sabido dentro de sí, para nunca dejarlo salir. Por el contrario, había osado ambicionar una vida inmortal. «Un demonio al que has alimentado con sangre». Y ahora estaba condenado a seguir haciéndolo. 

Evocó entonces el tacto frío de una copa de vino, el intenso color rojizo del líquido que contenía, el sabor del tinto mezclado con unas primeras gotas de sangre, la sangre de Fernando. La había apurado con la promesa de la inmortalidad, sintiéndose más libre que en toda su vida, para encontrarse por contra más esclavo de sus pasiones que antes. A partir de aquel momento, Fernando se había convertido en su pater, y no necesitó expresar con palabras que Gabriel le debería lealtad a partir de entonces. La misma lealtad que se había apresurado a romper al cometer aquel terrible crimen.

—Debería usted matarme —susurró Gabriel con la voz preñada de convicción.

—Sí, debería —fue la dura respuesta. Fernando se puso junto a él y le miró desde su considerable altura, para luego darle la espalda—. Y sin embargo, no lo voy a hacer. —Gabriel levantó los ojos, y por primera vez en toda la noche se atrevió a mirar directamente a su pater—. A pesar de todo, eres mi prognatus. Eso debe de valer para algo. 

—Entonces, ¿qué va a hacer conmigo? 

—No lo sé. Ni puedes ayudarme a deshacer el mal que has hecho, ni te quiero a mi lado, al menos por el momento. Tendrás que expiar tus pecados como mejor sepas, si es que algún día llegas a conseguir tal cosa. 

Gabriel no sabía cómo sentirse al ver que no recibiría el castigo que creía merecer o la posibilidad de redimirse, pero mientras veía cómo su pater se dirigía a la puerta se dio cuenta, con creciente tristeza, de que no era lo suficientemente importante para él como para que se dignara a darle ni una cosa ni la otra.

«Fernando no entiende el poder de tu verdadera naturaleza». El recuerdo de esas palabras irrumpió en su mente, y con él la leve sensación de reconocimiento de una íntima conversación mantenida a oscuras, el contacto de un cuerpo cálido contra el suyo y una intensa añoranza, pero con la misma rapidez con la que vino, el recuerdo empezó a diluirse antes de que le diera tiempo a identificarlo. Intentó con desespero aferrarse a él, evocar el sonido de aquella voz, el movimiento de aquellos labios, la mirada de su confidente, sin lograr visualizar ni su rostro ni las circunstancias de esa conversación, a la vez que el recuerdo se deshacía como jirones de niebla al amanecer.

Sin embargo, aquel huidizo comentario, cuyo eco apenas se había esbozado en su memoria, le había dejado una certeza: Fernando nunca le había entendido o, al menos, no lo había hecho hasta el momento de ser testigo de la violencia que podía desatar, a pesar de haber reconocido lo que había en su interior desde la primera vez que se vieran.

«Tienes al wa-yewta en tu interior». Y ahí se va a quedar, pensó decidido a no dejarlo salir nunca más. Ahora que ya comprendía la naturaleza violenta de tal entidad, Gabriel se prometió luchar cada día de su vida contra él.

Al verse solo, se incorporó lentamente, oyendo a su cuerpo protestar por la postura adoptada durante toda la noche. Poco a poco se deslizó hasta abandonar el rincón que había estado ocupando y se incorporó. Miró a sus pies el montón de libros que Fernando había dejado caer tras observarlos detenidamente. Eran libros infantiles, comprobó con cierta sorpresa, fábulas de Esopo, historias populares, cuentos de los hermanos Grimm, Perrault o Andersen, como si la habitante de aquel dormitorio fuera una niña pequeña, y no la joven de esbelta figura que sus vestidos dejaban adivinar. Se agachó para recoger el libro que había llamado su atención unos minutos antes. Como todos los demás, era un libro para niños, una recopilación de cuentos clásicos. Lo hojeó, observando los grabados que ilustraban las diferentes historias: dos huérfanos perdidos en el bosque; una princesa mordiendo una manzana envenenada; la sirenita que moría por amor; el amenazante lobo, que miraba con ojos lujuriosos a una dulce niña. 

Unos pasos en el piso inferior le hicieron darse cuenta de que no estaba solo. Su primer instinto fue pensar que su pater volvía, pero tras prestar atención unos segundos se convenció de que no era así. La presencia que percibía en la casa no era poderosa, como la de Fernando, sino pequeña y apocada. Sus pasos eran ligeros, como los de alguien acostumbrado a pasar desapercibido, y ahora recorrían el piso inferior en completo silencio, desprendiendo una tristeza infinita. Una profunda sensación de pérdida, que nada tenía que ver con el dolor que aún sentía por la que fuera su víctima, le asaltó súbitamente, y tardó unos segundos en darse cuenta que no provenía de sí mismo. Fue entonces cuando Gabriel se percató, con enorme asombro, de que en realidad no escuchaba aquellos pasos, sino que los sentía de alguna manera que no alcanzaba a comprender, de la misma manera que sentía el dolor que aquella mujer —pues ahora sabía sin lugar a dudas que eso es lo que era— dejaba tras de sí como el olor de un penetrante perfume. Con los ojos cerrados frunció el ceño, concentrándose al máximo en aquellas percepciones tan nuevas para él, y le pareció acercarse tanto a ella que casi la pudo visualizar, así como percibir el lento bombeo de su corazón y el incesante impulso de la sangre en sus arterias. Un torrente de emociones y pensamiento ajenos le golpeó, dejándole casi sin aliento, y visualizó con total claridad la imagen de una doncella de enormes ojos ambarinos y rostro en forma de corazón. Un escalofrío le invadió, como si el de amor, la culpa y los remordimientos que la mujer albergaba por ella no le fueran completamente ajenos. De pronto sintió como si esa joven le mirara fijamente, como si no fuese la mera contemplación de un pensamiento ajeno, sino como si ella también pudiera verlo, como si le estuviese buscando. Luego la visión cambió, y con el estómago revuelto y el suelo balanceándose bajo sus pies la vio a bordo de un barco que se mecía en las olas, vistiendo con un camisón empapado de sangre, perdiéndose como una cáscara de nuez en la inmensidad del océano Atlántico. 

Sobresaltado por la intensidad de la visión, abrió los ojos y trastabilló, tropezando con la pila de libros y golpeándose contra la estantería. El estrépito originó una alarma en el piso inferior y Gabriel escuchó cómo la persona con la que compartía la casa corría escaleras arriba en dirección al desván con un destello de esperanza en su corazón. Pero mientras escuchaba cómo en el exterior la mujer descorría los pestillos y abría las cerraduras que mantenían la puerta sellada, Gabriel supo que no era a él a quien la mujer esperaba ver allí.

—Hija mía, ¿has vuelto? ¿Estás ahí? —exclamó, entrando precipitadamente en la estancia. 

Por un segundo, Gabriel pudo verse a sí mismo a través de aquellos ojos ajenos: una figura oscura y espigada, que se confundía amenazante con las sombras de la habitación. Observó cómo la mujer se quedaba paralizada por el miedo, escrutando la habitación con unos ojos que aún no se habían acomodado a la escasa luz que entraba por el ventanuco, y aprovechó esos segundos para huir. Lanzando un rugido, se abalanzó sobre la puerta abierta, golpeándola y haciéndola soltar una aguda imprecación a causa del susto. Bajó a toda prisa las escaleras que conducían al piso inferior, dejando a sus espaldas los gritos de la mujer. Alcanzó la puerta principal y no paró hasta alejarse calle abajo, cuando, tras resguardarse en un portal, se permitió detenerse. Solo entonces se percató de que aún llevaba en la mano el viejo volumen infantil que había hojeado en el desván. Sujetándolo fuertemente bajo su brazo, miró a su alrededor. 

Le pareció reconocer la calle en la que se encontraba y solo entonces se dio cuenta de que la casa de la que había salido tan precipitadamente era la del propio Fernando. El alumbrado público estaba ya apagado, pero a pesar de que el cielo mostraba el profundo azul del amanecer, el sol aún no era visible tras los edificios que le rodeaban. Los escasos transeúntes, en su mayoría tenderos que iban o venían del mercado a aquella hora temprana, lo miraban con disgusto, curiosidad o clara animadversión. Pudo sentir, emanando de ellos, una miríada de opiniones, sentimientos e ideas, y el reflejo de su propia y desarrapada imagen le desagradó profundamente.

—Aparta, borracho —le espetó un hombre que salía del portal en el que se encontraba.

Sintiéndose terriblemente humillado y deseando huir de las miradas ajenas, se alejó a toda prisa para meterse en calles menos concurridas, cada vez más alejado de la zona pudiente de la ciudad. No se detuvo hasta llegar a un destartalado edificio cerca de la zona portuaria. Se coló en el interior aprovechando que un vecino salía del portal y subió las escaleras hasta el último piso, donde había un cuartucho de alquiler. Esperando que el inquilino siguiera siendo el mismo, tocó con vehemencia a la puerta.

—¿Quién es a estas horas? —oyó a través de la puerta tras varios insistentes toques.

—Antonio —contestó al reconocer la voz—, abre, que soy yo.

Escuchó una precipitación al otro lado y, pocos segundos después, la puerta se abrió de golpe. Se encontró mirando frente a frente a un joven de cabellos ensortijados y redondas mejillas, cuyos ojos exageradamente abiertos mostraban sorpresa.

—Gabriel —balbuceó—. ¿Qué haces aquí? Te dábamos por muerto. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

No contestó, sino que se dejó observar. Suponía el deplorable aspecto que debía presentar, y por un segundo lo percibió a través de la mirada de su amigo: delgado, famélico, con la camisa manchada y rasgada y un brillo animal en sus enormes ojos castaños. Sacudió la cabeza en un intento de alejar de sí pensamientos ajenos con los que no se sentía capaz de lidiar.

—He hecho algo terrible —dijo con parquedad. 

Sin decir una palabra, Antonio se quitó la bata de dormir y la puso alrededor de sus hombros, haciéndole entrar en la habitación. Luego, tras mirar a ambos lados del rellano para cerciorarse de que no había nadie alrededor, cerró la puerta.

No sé a vosotros, pero tras tres semanas de confinamiento este se ha convertido en una nueva rutina para mí, lo cual no sé si es malo o bueno teniendo en cuenta que en España nos esperan al menos tres semanas más.

También es cierto que yo no he estado este tiempo exclusivamente en casa. Como enfermera que soy, mi rutina laboral ha seguido más o menos igual, lo que me permite salir, relacionarme con mis compañeros, etc. Solo estuve encerrada diez días por una sospecha de Covid (que quedó en nada).

Si eres uno de esos afortunados seres humanos que no comparten el confinamiento con niños, y empiezas a aburrirte del binge watching en Netflix, o crees que no puedes soportar tres semanas más de encierro, esto es lo que puedes hacer:

Céntrate en algo:

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¿Cuántas veces hemos dicho eso de: ojalá tuviera tiempo para…? Pues ahora lo tienes. Aprovéchalo. Sea algún bricolaje en casa que llevas teniendo un tiempo pendiente, sea leer la saga completa de Geralt de Rivia, sea retomar un hobby que llevaba un tiempo abandonado… hazlo. Yo, personalmente le estoy dando a la tecla más que nunca, lo cual me ha ayudado a despejarme y centrarme en algo que no sea la situación actual.

No veas las noticias:

Foto de cottonbroO al menos, no las veas todo el rato. Sé que es un consejo un tanto manido, y que las noticias ya no son tan catastrofistas como al principio de la epidemia, pero ver cómo el recuento de infectados y fallecidos sigue creciendo o las imágenes de los hospitales de campaña, pueden seguir siendo agobiantes. Si quieres estar informado, dedícale un tiempo cada día para ver las noticias. O escucharlas, que la radio es generalmente más sosegada y no nos deja con inquietantes imágenes en las retinas. Yo, personalmente, escucho cada mañana el podcast de La Cafetera, un programa con noticias nacionales e internaciones muy sosegado y tranquilo, perfecto para informarte sin que te de un ataque de estrés, y leo el boletín que envía ElDiario.es con información sobre el Covid actualizada y de calidad, mientras que prefiero no ver los telediarios. Elegir bien de qué medios te informas te ayudará a evitar alarmismos. Lo que nos lleva al siguiente consejo.

Bloquea y detecta los bulos por WhatsApp:

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Menos que al principio, pero mucha gente sigue reenviando noticias catastróficas, medias verdades o directamente bulos. Hasta hay quien ha decidido desinstalarse el WhatsApp por unos días o ha bloqueado a algún amigo o conocido. Yo misma he hecho esto último. No temas tomar medidas drásticas, como salir de algún grupo o bloquear a alguien que te manda continuamente información, verídica o no, que te pone de los nervios. Y procura poner tu granito de arena al respecto: no reenvíes audios o información cuya fuente desconoces o que te suenen sospechosos y piensa siempre si lo que vas a reenviar tiene un valor informativo real, y si va a ser de utilidad a la persona a la que se lo envías o solo va a contribuir a aumentar su ansiedad. Sé considerado, empático y respetuoso.

Haz ejercicio:

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No voy a ser yo la que haga un mundo por coger una kilitos debido a la inactividad, ni que aconseje hacerse una sesión de crossfit en el salón. Este consejo no tiene nada que ver ni con la gordofobia imperante ni con el culto al cuerpo, sino simple y llanamente con la salud física y mental.

Si eres una persona activa ya habrás buscado la manera de seguir haciendo algún tipo de ejercicio en casa. Pero si no lo eres, quizás pienses que no te hace falta, ya que nunca lo has hecho antes. La diferencia es que ahora no nos desplazamos al trabajo, ni damos un paseo por el centro comercial y esa falta total de actividad, unida al hecho de estar entre cuatro paredes 24/7 puede empezar a generarte problemas de ansiedad, dolores de espalda, etc.

Hay muchas actividades que puedes hacer con un espacio mínimo en tu salón. Unos sencillos estiramientos diarios, o algo de yoga, pilates o meditación. Hay muy buenos canales de YouTube sobre esos temas. Mi preferido desde hace años es Yoga with Adriene.

Pasa más tiempo contigo mismo, y con los demás:

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¿Estás pasando la cuarentena acompañado? Genial. La compañía (la buena compañía, se entiende) siempre es bienvenida. Sea tu pareja, un familiar… aprovecha el tiempo extra para hacer cosas juntos, que habitualmente las rutinas diarias no os dejarían hacer. Sentarse con una copa y charlar puede ser un ejercicio enriquecedor para reconectar con tu pareja. Jugad a algún juego juntos, descubrid alguna serie que todos queráis ver, compartid los momentos de actividad física si el espacio lo permite.

Tampoco olvides el espacio propio. Permite que las personas que viven contigo puedan disponer de un tiempo a solas, y exige el tuyo cuando lo necesites. La compañía (incluso la buena compañía) puede llegar a agobiar.

Y tanto si estás solo como acompañado, aprovecha para volver a reconectar contigo mismo. Sentarse con una taza caliente entre las manos y pensar es una actividad que hemos ido perdiendo, pero que debería seguir presente en nuestras vidas. Aprovecha el parón para pensar en ti, en cómo te sientes, en qué quieres…

Sé también indulgente contigo mismo, y date los placeres que el cuerpo te pida, sea una riquísima y grasienta pizza de cuatro quesos o una sesión con tu Satisfyer. Mantenernos satisfechos es también mantenernos sanos.

Descubre cosas nuevas:

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Se hicieron muchas bromas al principio de la cuarentena con el aluvión de oferta cultural que nos cayó a los consumidores de repente: el circo del sol, ópera gratis, conciertos en vivo en instagram, libros para descarga… Pero es que realmente es el momento adecuado para disfrutar de esas cosas. Lo que yo aconsejo es aprovechar para descubrir cosas que ya existían antes de la cuarentena y que se puede convertir en nuevas aficiones una vez la hayamos acabado.

Los podcasts, por ejemplo, son un gran entretenimiento para dentro y fuera de casa. Suelo recomendar:

Aprovecha también para leer gratis.Todos sabemos que las grandes editoriales están poniendo lecturas para descarga gratuitas, pero también otras menos conocidas.  Ediciones Babylon ha puesto parte de su catálogo de ebooks para descarga gratuita, entre ellos el primer volumen de A través del sexo. La escritora Marta Sanz ha escrito durante este confinamiento y puesto online el relato Sherezade en el búnker , Valdemar ofrece un relato gratuito al día en su cuenta de Twitter, Astiberri, que ha puesto el cómic La balada del norte para su descarga… Por supuesto, seguimos teniendo autores autopublicados en Amazon u otras plataformas (Nisa Arce suele poner en determinados días sus obras gratis) y siempre nos quedará Wattpad.

Lleva un diario de la cuarentena:

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Parece una tontería, pero estando encerrados cada día puede confundirse con el anterior. Escribir unas líneas cada noche sobre qué has hecho ese día, cómo te has sentido o qué noticia te ha impactado más te ayudará a gestionar el paso del tiempo, organizar tu pensamiento y con el paso de los años, si lo guardas, se convertirá en un recuerdo de incalculable valor para recordar cómo fueron estos inusuales días que nos está tocando vivir.

En todo caso, no pierdas de vista lo importante: mantenerse sano y proteger a los demás con el simple hecho de quedarse en casa. Todo lo demás, carece, al final, de importancia.

 

Últimamente, he recuperado (¡por fin!) el deseo de escribir. Y no solo de escribir ficción. Sino de escribir. A secas. Cualquier cosa. Y sí, esto incluye también este blog. Una de las principales razones por las que deseé reiniciar el blog (lo que incluyó un migrado desde Blogger y la adquisición de un dominio propio) fue precisamente ayudarme a reiniciar mi escritura, que en 2018, debo confesarlo, estuvo en franco dique seco. Lo que en un principio interpreté como un bloqueo (y por tanto, empecé a tratar como tal) se desveló a final como pura y simple desgana. Y no hay fácil cura para eso.
El año pasado fue algo raro para mí. No malo, pero sí lleno de cambios, sobre todo a nivel profesional, que me han sometido a ciertos ajustes y desajustes. Y eso significa que he sido (quizás en exceso) indulgente conmigo misma y no me he exigido demasiadas cosas. Pero tras unos cuantos meses, se podría decir, ganduleando, he empezado a filosofar sobre el sentido de la vida. Esa no sé si es buena o mala señal.
Estos últimos meses he leído más de lo que he acostumbrado últimamente, pero también he perdido mucho tiempo jugando a videojuegos o viendo series. Aún queda por decidir la cuestión de qué es y qué no perder el tiempo. Creo que todos coincidimos en que leer nunca lo es, pero que no lo sea ver televisión, aunque esta sea de calidad, se abre a debate. Lo cual es interesante por sí mismo.
En todo caso, he empezado a preguntarme si «está bien» que ocupe mi tiempo libre en hacer virtualmente nada, si es «correcto» ser tan poco productiva. Dejando de lado el hecho de que ya trabajo manteniendo mi hogar en orden y también en un hospital, ganándome el sueldo con un trabajo que no solo es agotador y apasionante, sino tambien vital (literalmente) me pregunto constalmente si soy injusta conmigo por fustigarme por mi escasa productividad en mi tiempo de ocio o si es mi pleno derecho hacer nada de vez en cuando.
Y aún así, es algo que me preocupa. Quizá esa preocupación sea solo fruto de la presión que sentimos por estar continuamente haciendo cosas, siempre informados, siempre conectados, que hemos perdido la capacidad de NO HACER NADA y que nos parezca bien. Esa capacidad la tenemos todos de niños. O al menos la teníamos los niños de nuestra generación: esas tardes aburridas en las que no había nada que hacer más que pensar en las musarañas o mirar por la ventana para ver los coches pasar.
A lo mejor, todo el auge actual del mindfulness no sea otra cosa más que otra respuesta a la hiperactividad a la que somos sometidos constantemente, pero yo sigo sin estar segura de que vaciarme el coco jugando a "The Witcher" sea tan saludable como meditar.
En todo caso, supongo que dos hechos determinantes me han hecho cuestionarme todo esto: el primero, que últimamente he pasado más tiempo en casa del que estoy acostumbrada por (leves) cuestiones de salud; y en segundo lugar, mi recuperado deseo de ser (y nótese que esta palabra se ha repetido ya varias veces en la entrada) productiva.
No sé si este deseo se materializará en algo concreto, como retomar la escritura de mi segunda novela (o de cualquier otra cosa) o no. Pero por lo menos siento el deseo de hacer algo. Y eso es un inicio prometedor. Aunque no prometo abandonar "The Witcher" por el momento.

Últimamente, he recuperado (¡por fin!) el deseo de escribir. Y no solo de escribir ficción. Sino de escribir. A secas. Cualquier cosa. Y sí, esto incluye también este blog. Una de las principales razones por las que deseé reiniciar el blog (lo que incluyó un migrado desde Blogger y la adquisición de un dominio propio) fue precisamente ayudarme a reiniciar mi escritura, que en 2018, debo confesarlo, estuvo en franco dique seco. Lo que en un principio interpreté como un bloqueo (y por tanto, empecé a tratar como tal) se desveló a final como pura y simple desgana. Y no hay fácil cura para eso.
El año pasado fue algo raro para mí. No malo, pero sí lleno de cambios, sobre todo a nivel profesional, que me han sometido a ciertos ajustes y desajustes. Y eso significa que he sido (quizás en exceso) indulgente conmigo misma y no me he exigido demasiadas cosas. Pero tras unos cuantos meses, se podría decir, ganduleando, he empezado a filosofar sobre el sentido de la vida. Esa no sé si es buena o mala señal.
Estos últimos meses he leído más de lo que he acostumbrado últimamente, pero también he perdido mucho tiempo jugando a videojuegos o viendo series. Aún queda por decidir la cuestión de qué es y qué no perder el tiempo. Creo que todos coincidimos en que leer nunca lo es, pero que no lo sea ver televisión, aunque esta sea de calidad, se abre a debate. Lo cual es interesante por sí mismo.
En todo caso, he empezado a preguntarme si «está bien» que ocupe mi tiempo libre en hacer virtualmente nada, si es «correcto» ser tan poco productiva. Dejando de lado el hecho de que ya trabajo manteniendo mi hogar en orden y también en un hospital, ganándome el sueldo con un trabajo que no solo es agotador y apasionante, sino tambien vital (literalmente) me pregunto constalmente si soy injusta conmigo por fustigarme por mi escasa productividad en mi tiempo de ocio o si es mi pleno derecho hacer nada de vez en cuando.
Y aún así, es algo que me preocupa. Quizá esa preocupación sea solo fruto de la presión que sentimos por estar continuamente haciendo cosas, siempre informados, siempre conectados, que hemos perdido la capacidad de NO HACER NADA y que nos parezca bien. Esa capacidad la tenemos todos de niños. O al menos la teníamos los niños de nuestra generación: esas tardes aburridas en las que no había nada que hacer más que pensar en las musarañas o mirar por la ventana para ver los coches pasar.
A lo mejor, todo el auge actual del mindfulness no sea otra cosa más que otra respuesta a la hiperactividad a la que somos sometidos constantemente, pero yo sigo sin estar segura de que vaciarme el coco jugando a "The Witcher" sea tan saludable como meditar.
En todo caso, supongo que dos hechos determinantes me han hecho cuestionarme todo esto: el primero, que últimamente he pasado más tiempo en casa del que estoy acostumbrada por (leves) cuestiones de salud; y en segundo lugar, mi recuperado deseo de ser (y nótese que esta palabra se ha repetido ya varias veces en la entrada) productiva.
No sé si este deseo se materializará en algo concreto, como retomar la escritura de mi segunda novela (o de cualquier otra cosa) o no. Pero por lo menos siento el deseo de hacer algo. Y eso es un inicio prometedor. Aunque no prometo abandonar "The Witcher" por el momento.

Así que estás viviendo uno de esos infames y temidos bloqueos del escritor.
Surge poco a poco, soterradamente: Cada vez te cuesta más y más sentarte a escribir, dar con la palabra adecuada, dotar de coherencia a tus personajes, y escribir se convierte en un proceso lento y enojoso. Quizás te has quedado atascado en una escena, o no visualizas un diálogo, o en el proceso de escaletar tu nueva novela ves que la trama no encaja. Te enfadas  con todo y todos (especialmente contigo mismo) y dejas de escribir. 
Y de momento, no has podido continuar.

No desesperes. Del bloqueo, querido escritor, se sale. Muchas veces, solo hay que esperar un tiempo hasta que la chispa de la inspiración brilla de nuevo. Pero si quiere acelerar el proceso, o el bloqueo te genera mucha ansiedad, existen ciertos trucos que podemos usar.

Reconoce que tienes un bloqueo

Y hazlo cuanto antes. Identificar un problema es siempre la primera fase para superarlo. Negarte a ti mismo una y otra vez que estás absolutamente sobrepasado, y empeñarte en seguir dejándote los ojos en la misma página o en el parpadeo del cursor día tras día no tiene sentido.

Identifica la causa.

«¿Por qué estoy bloqueado?», debería ser la primera pregunta que nos hagamos siempre que detectemos un patrón en nuestra escritura. A veces puede ser la obra en sí, quizás la trama no va por dónde querías, no consigues transmitir la atmósfera adecuada o los personajes se sienten planos. A lo mejor, descansar un poco de la historia para verla con nueva perspectiva o incluso replantearte ciertas cosas sobre ella pueden bastar para desbloquear de nuevo tu inventiva.

Pero quizás el bloqueo viene de ti mismo. Quizás estás aterrado ante la idea de no ser lo suficientemente bueno, de defraudar a tus lectores, de no tener éxito en las metas que te pongas... En muchas menos ocasiones de las que pensamos, la procrastinación llega a nuestra vida por pura holgazanería. Casi siempre es una manera de postergar algo que tememos hacer, porque no nos creemos capaces de hacerlo o de hacerlo bien. Si es así, si esa es la causa de tu bloqueo, deja de gandulear y coge el toro por los cuernos. Sí, aunque lo que estés escribiendo no vaya a ganar nunca el premio Planeta.

Pasea. Relájate. Cambia de actividad.

Date permiso a ti mismo a descansar, despejarte y airear las ideas. Quizás la próxima vez que te sientes frente al ordenador tengas las cosas más claras.

Lee

Vuelve a redescubrir el placer de leer, en caso de que lo hayas perdido. Lee a autores cuya narrativa te gusta, que creen una ambientación parecida a aquella que estés intentando plasmar. O prueba a releer un libro que adores, no importa cuántas veces lo hayas leído antes. Disfrutar de la lectura, sin más pretensiones que la pura diversión, pueden ayudarte a redescubrir por qué empezaste a escribir en primer lugar.

Escribe

Lo que sea. Mucho o poco, siempre será mejor que nada. Si una escena te tiene bloqueado, pasa de largo y escribe otra escena. U otro capítulo. Si necesitas un descanso de tu historia, concédetelo, pero escribe algo más: un micorrrelato, un diario, un post, cartas…

Coge papel y lápiz

Sí, me has leído bien. Apaga el puñetero ordenador y coge papel y lápiz (un bolígrafo sirve para el mismo fin), siéntante en un lugar cómodo y alejado de distracciones (apaga también el puñetero móvil), sírvete un café o cualquier bebida caliente que te apetezca y empieza a escribir. La escritura manual genera en el cerebro un feedback de las acciones motoras que nos hace ser más consciente de lo que escribimos, proceso que no ocurre con la escritura en teclado. Quizás descubras que escaletar una trama o avanzar con una escena que se te resiste es mucho más fácil si lo haces en papel.

Disfruta

Parece obvio, pero la primera vez que te sentaste a escribir algo lo hiciste porque querías hacerlo, porque algo dentro de ti lo pedía a gritos. Y lo disfrutaste como un enano, aunque probablemente el resultado te resultaría vergonzante de volverlo a leer. Date el permiso a ti mismo de volver a disfrutar al escribir como aquella primera vez, de escribir lo que te apetezca sin preocuparte de nada más. Mientras más te centres en la alegría del proceso, menos te angustiará la calidad del resultado.

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Si no te sale ardiendo de lo más profundo de ti,

a pesar de todo,

no lo hagas.

A no ser que salga espontáneamente de tu corazón,

 de tu mente, de tu boca

 de tus entrañas,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte durante horas

con la mirada fija en la pantalla del ordenador

o clavado en tu máquina de escribir

buscando las palabras,

no lo hagas.

Si lo haces por dinero o por fama,

no lo hagas.

Si lo haces para llevarte mujeres a la cama,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte

y reescribirlo una y otra vez,

no lo hagas.

Si te cansa sólo pensar en hacerlo,

no lo hagas.

Si estás intentando escribir

como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,

espera pacientemente.

Pero si nunca llega a rugir, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa

o a tu novia o a tu novio

o a tus padres o a cualquiera,

no estás preparado.

No seas como tantos escritores,

no seas como tantos miles de

personas que se llaman a sí mismos escritores,

no seas pesado y aburrido y pretencioso,

no te consumas en el amor propio.

Las bibliotecas del mundo

bostezan hasta dormirse

con esa gente.

No seas uno de ellos.

No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma

como un cohete,

a no ser que quedarte quieto

pueda llevarte a la locura,

al suicidio o al asesinato,

no lo hagas.

A no ser que el sol que hay dentro de ti

esté quemando tus tripas, no lo hagas.

Cuando sea verdaderamente el momento,

si has sido elegido,

sucederá por sí solo y

seguirá sucediendo hasta que mueras

o hasta que muera en ti.

No hay otro camino.

Y nunca lo hubo.

1

Hace aproximadamente tres semanas que eliminé mi cuenta de Facebook.
Y lo digo así, con la boca bien grande. Nunca fue una red social que me gustara especialmente, y no le vi la gracia hasta que empecé a rentabilizarla como escritora, sobre todo a partir de la creación de la página de A través del sexo. Y fue también, más o menos en esa época, cuando empecé a descuidar mi blog.
Ahora puedo decir que no echo de menos Facebook. En absoluto. No añoro el icono azul de la app en mi móvil, y definitivamente, tampoco las continuas notificaciones de dicha app, que te obligaban a entrar en Facebook cada poco solo para no tener en el móvil ese enojoso icono rojo que parecía indicarte que tenías cosas pendientes por hacer. Nunca perdí mucho el tiempo en Facebook, y sin embargo, todo tiempo pasado en Facebook me parecía perdido. Tenerlo me parecía superfluo. A mis amigos y familia los tengo muy presentes en la vida real y más presentes todavía en el dichoso WhatsApp. Las noticias de sus vidas siempre he preferido recibirlas en persona, y nunca he preferido un chateo a una agradable conversación sobre unas tazas de café. El resto me parece superfluo.
El único aspecto de Facebook del que me costó desprenderme no tiene nada que ver con mi perfil personal, sino con la página de A través del sexo, que al desactivar mi perfil, ha dejado, virtualmente, de existir, y ni siquiera sé si podré recuperarla algún día si decido reactivar mi cuenta, pero también creo que esa página ya había cumplido su función, se había amortizado, y que quizás no tenía sentido seguir apegada a ella.
Sé que muchas aplicaciones y funciones online están vinculadas a Facebook y limitadas, por tanto, a sus usuarios, pero sinceramente, es algo que de momento ni me preocupa ni me ha ocasionado (al menos de momento) molestia alguna. No echo de menos Facebook, y aunque solo he tomado la decisión de desactivar temporalmente mi cuenta, no creo que de momento vaya a volver.
Lo que sí echo de menos, y lo llevo haciendo desde hace varios años, es este blog. Sentía que ya no tenía nada interesante que contar o compartir, mayormente porque cuando lo tenía, lo decía y compartía en redes sociales como Facebook y Twitter. Parecía que al irlo descuidando también iba perdiendo mi derecho a escribir en él, como si ya no tuviera sentido volver, hasta que recordé que este blog es ante todo mi propio espacio, creado para mí y que aunque preferiría que no fuera solo mío, me he dado cuenta de que prefiero que sea eso a que desaparezca.
Quizás por eso, aparejado a mi deseo de abandonar Facebook, vino otro, el de reactivar este blog, aunque solo sea para poder expresarme y tener un lugar propio en este enorme océano que es internet, alejado del bullicio y la inmediatez de las redes sociales.
Así que ahora, si quieres pasaros por aquí, me veréis de vez en cuando. Reorganizaré el blog, que ha quedado algo desfasado, y probablemente me anime (por fin) a hacer la migración a WordPress y tener un dominio propio, para poder empezar de nuevo este proyecto que nunca debí haber abandonado.

2

Con este manido meme se me ocurrió a mí anteayer ir avisando a los atedeístas en la página oficial de mi novela que el segundo volumen "se acerca" (XDD). Aún desconozco la fecha de lanzamiento (para ruegos y preguntas, dirigirse a Ediciones Babylon) pero sé (espero) que será en breve.
Mientras tanto, y para ir caldeando el ambiente, mis queridísimos atedeístas han ido creando sus propios memes para pedir la publicación del segundo volumen. No tienen desperdicio. Aquí os los dejo.

A colación  de este último meme, os garantizo que la respuesta (en mi humilde opinión) es que sí. Incluso puede que hasta sea mejor. Ahí va, en primicia, un adelanto de la misma

4

Anonada me he quedado al constatar que no hay en mi blog una sola entrada en el año 2015, lo cual no debería constituir una sorpresa: las entradas (que yo sepa) aún no se escriben solas (la tecnología de Blogger tiene mucho que mejorar XDDDD).
Supongo que siendo este el blog de una "escritora aficionada" que lleva en el dique seco (si descontamos un fic escrito a trompicones) un año y medio, a veces parece que no tengo de qué hablar aquí.
Empecé este blog como instrumento para promocionarme como escritora y Frikie hace años, cuando las redes sociales no estaban tan de moda (¿recordáis la vida cuando no había Facebook?), ahora mismo que no estoy escribiendo nada, este blog parece haber quedado carente de significado.
Sin embargo, me resisto a que sea así. Sé que es más fácil escribir tus opiniones en el microblogging de Twitter o compartirlas en Facebook, ¿para qué molestarse en escribir un blog? Además, los blogs parecen reservados para temáticas concretas (blogs de reseñas literarias, de series, de maquillaje, de moda, de ciencia, de cine...) pero yo me niego a hacer un blog que trate SOLO un tema, porque mis intereses son eclécticos, así que al final, no escribo nada porque creo que a nadie le va a interesar un blog así.
Sin embargo, al pensar de esa manera, he olvidado algo muy importante: que este es mi espacio personal, y que no debería importarme si a muchos o a pocos les interesa leer mis opiniones o intereses, porque lo que está claro, es que a mucha menos gente le interesará leer un blog sin actualizar.
Así que me he propuesto retomar el blog. ¿Hablando de qué? De lo que me parezca. ¿Me acompañáis?