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I

Érase una vez un matrimonio que vivía en una pequeña ciudad. Ambos estaban tremendamente afligidos porque deseaban más que ninguna otra cosa en el mundo tener un hijo, pero cada vez que la mujer quedaba encinta y daba a luz, el niño nacía muerto o moría a las pocas horas, y cada bebé muerto los alejaba cada vez más. 

La mujer, desesperada por ser madre y cumplir con su deber de esposa, pensó: «¡Haría cualquier cosa por tener un bebé sano y fuerte! Iré a ver a la vieja bruja, a la que siempre he temido. ¡Es posible que ella pueda ayudarme!». Así que un día, en secreto y sin decirle nada a su esposo, fue hasta la casita en la que habitaba la bruja. Era una casa pequeña, ruinosa, a orillas del mar, en cuyo jardín de cantos rodados no crecía vegetación alguna. Allí estaba la bruja, dando de comer a un canario un terrón de azúcar de su propia boca.

—¡Sé muy bien lo que deseas! —dijo la bruja nada más verla, apartando al pajarillo de sus labios para encerrarlo en una diminuta jaula que colgaba del porche—. Y verás cumplida tu voluntad, aunque a la larga solo te hará ser más desgraciada. Prepararé un bebedizo, pero antes de la salida del sol deberás volver a casa, yacer con tu esposo y beberlo. Entonces quedarás encinta y tendrás el bebé más sano y hermoso que puedas desear. El niño tendrá un espíritu fuerte y no morirá, pero ese espíritu no será enteramente suyo. Entrelazada con su alma habrá otra, un alma oscura que se retorcerá en su interior y despertará como una bestia terrible si alguna vez el niño prueba el sabor de las manzanas rojas. ¿Quieres tener ese bebé a pesar de todo, y que yo te ayude?

—¡Sí! 

—Pero, además, tendrás que pagarme —dijo la bruja—, y no es poco lo que pido. Después de que el niño haya nacido, deberás darme esas preciosas y cimbreantes piernas que escondes bajo tu falda. Tu rasgo más hermoso a cambio de mi poderoso bebedizo. ¡Te entregaré en él incluso un poco de mi propia sangre!

—Pero si me quitas mis piernas, no podré caminar.

—No podrás, pero serás madre. Tendrás un amado hijo al que educar, escucharás su risa y podrás cantarle para que se duerma en tu regazo.

—Así sea —exclamó la mujer, pensando tan solo en la dicha que un niño le aportaría a su hogar.

Y la bruja puso al fuego su puchero para preparar la pócima. Tras añadirle un sinfín de ingredientes, entre ellos, tal como había prometido, tres gotas de su propia sangre, se lo entregó a la mujer.

—Aquí tienes.

La mujer cogió la botellita que la bruja le ofrecía y que contenía un líquido oscuro, espeso y con olor a mar. No había salido aún el sol cuando regresó a su casa, y acudió a la cama de su esposo como la bruja le había indicado que hiciera. Luego, justo antes del amanecer, bebió la salada y amarga pócima e inmediatamente se sintió terriblemente indispuesta. 

Nueve meses más tarde dio a luz a un niño tan perfectamente formado, de tal vigor y belleza que en la casa todos quedaron maravillados. El niño creció rápidamente y la madre lo amó y lo consintió todo lo que quiso, a pesar de que poco después la bruja hiciera efectivo su pago y la mujer perdiera su capacidad de caminar. Sin haber olvidado la advertencia que le hiciera la anciana bruja, cada primavera mandaba podar todas las ramas del hermoso manzano que crecía en su jardín, para que nunca volviera a dar frutos, manteniendo a su hijo alejado del sabor de las manzanas rojas. 

Mas un trágico día, la mujer falleció. El niño, que amaba tiernamente a su madre, se quedó desconsolado y lloró lágrimas amargas frente al mutilado árbol, que tanto le recordaba a ella. No dejó de llorar hasta que vio ante sí a un joven príncipe de cabellos negros como el ébano, piel blanca como la nieve y labios rojos como la sangre. En su mano izquierda llevaba una gran manzana roja, jugosa y reluciente, como si hubiera sido pulida. Al verla, el niño quedó fascinado por ella y preguntó:

—¿Qué es eso que llevas en la mano?

—Una manzana —fue la simple respuesta—. ¿La quieres probar? —añadió el príncipe, ofreciéndosela.

El niño no sabía lo que era una manzana, nunca había visto una en toda su vida, pero nada más verla supo, sin ningún género de duda, que siempre había deseado probar una de ellas. Acercó la boca a la manzana ofrecida y la mordió, y la carne de la fruta, deshaciéndose lentamente en su boca, le pareció lo más dulce y delicioso que había probado jamás. Él no lo sabía, pero el sabor de aquella fruta para él prohibida había despertado aquello que habitaba en su alma. Poco a poco, el niño que era dejó de existir y su lugar fue ocupado por una figura negra y lanuda que, con las fauces abiertas, miraba con ojos inyectados en sangre al joven que había frente a sí. 

Aun así el príncipe no parecía estar asustado de la bestia que tenía en frente, sino que lo miraba con la misma compasión con la que lo hiciera cuando aún era aquel triste niño que lloraba por su madre muerta. Sin mostrar el menor signo de temor, volvió a ofrecerle el resto de la manzana, acercándola osadamente al horrible hocico, tentándolo con la fragancia que la fruta desprendía, y el animal la devoró con tanta violencia que hizo sangrar al joven príncipe. La sangre inundó la palma de su pálida mano y la bestia la lamió con su lasciva y roja lengua, antes de elevar su terrible cabeza al cielo y aullar a la luna llena. 

PRÓLOGO

Las Palmas de Gran Canaria, 24 de marzo de 1914

Gabriel sintió la cercanía del amanecer incluso antes de ver, a través de un ventanuco en el alto techo abuhardillado, que el cielo empezara a clarear. Aun así no se movió, y siguió acurrucado en la misma esquina en la que había estado toda la noche. Una intensa modorra empezaba a apoderarse de él y la idea de permanecer allí, abrazado a sus rodillas, escondiendo su deshonra del mundo, se le antojó muy tentadora, aunque dudaba que el dulce olvido del sueño le trajera algún alivio después de lo que había hecho. Avergonzado, hundió el rostro entre las manos, y el profundo suspiro que exhaló rompió el silencio de la estancia, atrayendo hacia sí la atención del hombre que la compartía con él.

Fernando, a quien apodaban el Brujo, volvió el rostro hacia él. Al sentirlo, Gabriel se encogió todavía más en su rincón sin atreverse a levantar la vista, pero aun así pudo notar una intensa sensación de desnudez cuando aquella mirada cayó sobre él, iluminando como la rutilante luz de un faro sus pensamientos más íntimos, para luego pasar de largo en cuanto Fernando perdió el interés en él para seguir rebuscando entre los enseres del dormitorio. Al fin y al cabo, tras pasar la noche interrogándole y leyéndole el pensamiento, el hombre ya sabía que Gabriel no podía darle ninguna de las respuestas que tan desesperadamente necesitaba.

Ni siquiera él mismo tenía esas respuestas. Hasta aquel momento se había creído incapaz de matar a nadie, y menos de la manera en que lo había hecho. Sin embargo, algo en él parecía haber cambiado en los dos últimos meses, meses que se habían esfumado por completo de su mente.

No sabía por qué su memoria se mostraba tan esquiva, por qué su mente era una amalgama de recuerdos evanescentes que se perdían cada vez que intentaba poner el foco en los últimos acontecimientos de su vida. Lo último que recordaba con claridad era acudir a una sesión de espiritismo a mediados de enero, donde había conocido a Fernando, y ahora se reencontraba con él en funestas circunstancias y descubriendo con estupor, que ya era marzo.

Con la creciente luz, las imprecisas sombras del dormitorio fueron convirtiéndose en formas reconocibles: la cama de madera maciza, con el barniz descolorido y desconchado a causa del paso del tiempo; el armario, cuyas puertas entreabiertas dejaban ver unos cuantos vestidos, zurcidos demasiadas veces, tirados en completo desorden junto a unos viejos zapatos; la estantería, llena de volúmenes. Varios de los libros habían caído al suelo y uno de ellos se había abierto, dejando ver el grabado de un lobo que acechaba con sus afilados colmillos a una dulce niña en mitad del bosque. 

Ese grabado le hizo pensar en los sucesos ocurridos la noche anterior, a causa de los cuales estaba encerrado como el animal rabioso que era. Bajó la mirada hacia sus manos, posadas sumisamente sobre su regazo. En las horas transcurridas desde el crimen, la sangre de su víctima se le había secado en las manos, formando costras oscuras alrededor de las uñas y en los pliegues de sus falanges. También su camisa seguía manchada y la sangre se había oxidado sobre la tela, dejando una marca ocre y un olor metálico. El recuerdo de aquella sangre bañando su piel, regando su garganta, le acometió violentamente, atormentándolo durante los segundos que tardó en recordar cuánto lo había disfrutado. No pudo evitar la evocación del tosco rasgueo de sus colmillos al despedazar la piel, el estallar de la carne contra su lengua, la satisfacción que había sentido al destrozar aquel cuerpo que con tanta asiduidad había amado. El deseo de volver a experimentarlo hizo que su respiración se acelerara y sus encías empezaran a latir dolorosamente, haciéndole ver los instintos animales de los que era presa. 

Lo que más le atormentaba era el recuerdo de su propia crueldad. Después de que todo hubiera acabado, cuando la virulencia de su propia ira se había aplacado, se encontró a sí mismo contemplando la dantesca escena con absoluta frialdad: la sangre ajena que cubría su cuerpo, el cadáver que había a sus pies, el intenso vacío de aquellos ojos muertos vueltos hacia él… Todo ello le producía una desconcertante indiferencia. Ni siquiera el vínculo que había mantenido con quien yacía en el suelo, con los miembros destrozados y las carnes abiertas impúdicamente, parecía tener el menor efecto en él. Ahora, al rememorar el momento, no podía sino sentir horror, no ya por el crimen cometido, sino por reconocerse como ese inmisericorde verdugo que no sentía el más mínimo remordimiento por segar la vida de su víctima. 

Tampoco recordaba haber sentido alarma alguna al ser descubierto, minutos después, cuando el cadáver aún no se había enfriado. Era como si de alguna manera lo hubiera estado esperando. Aún con la sangre hirviéndole en las venas a causa de la matanza, se había mostrado ufano, determinado a no contestar a las airadas preguntas y acusaciones que se le hacían, albergando una sensación de orgullo por lo que acababa de hacer. Después de eso sus recuerdos se volvían confusos y caían en la inconsciencia, para luego despertarse en aquel oscuro desván habiendo perdido, al parecer, toda noción acerca de las endiabladas motivaciones que guiaran sus actos. 

—Es mejor para ti no recordar nada —le había dicho Fernando—. Has hecho cosas terribles. Lo que hiciste anoche solo fue el colofón de unos meses de verdadera depravación. 

Con calma desapasionada Fernando le había dado unas parcas explicaciones acerca de lo que había ocurrido. De cómo Fernando no era un brujo, sino otra cosa. Y de cómo Gabriel se había convertido en lo mismo que él.

—Vampiro —había dicho mientras un temblor supersticioso recorría su cuerpo.

—Noctívago —le aleccionó Fernando—, es así como debes dirigirte a ti mismo y a tus similares. Aunque en muy poco eres similar a mí: no eres más que un asesino, un monstruo —le había espetado con rabia apenas contenida en la voz—. Un demonio al que has alimentado con sangre. Nunca debí haber confiado en ti. 

«No, no debería haberlo hecho», se dijo con acritud mientras una profunda sensación de arrepentimiento atenazaba sus tripas. Su propia inconsciencia se presentó de improviso como una revelación: ¿cómo podía haber aceptado la inmortalidad cuando sabía muy bien lo que habitaba en su interior desde el mismo día de su nacimiento?

Amparado por la cálida oscuridad que le proporcionaban sus párpados cerrados, Gabriel se sintió transportado a otro tiempo y otro lugar. «Tienes al wa-yewta en tu interior, niño», casi pudo oír la arrugada voz que le susurraba, y ver ante sí el rostro de aquella misteriosa mujer, enturbiado por el humo del incienso al ser quemado. «Y ya nunca abandonará tu alma.» 

Quizás, de haber seguido la existencia anodina a la que estaba destinado, podría haber contenido al espíritu que de una manera u otra siempre había sabido dentro de sí, para nunca dejarlo salir. Por el contrario, había osado ambicionar una vida inmortal. «Un demonio al que has alimentado con sangre». Y ahora estaba condenado a seguir haciéndolo. 

Evocó entonces el tacto frío de una copa de vino, el intenso color rojizo del líquido que contenía, el sabor del tinto mezclado con unas primeras gotas de sangre, la sangre de Fernando. La había apurado con la promesa de la inmortalidad, sintiéndose más libre que en toda su vida, para encontrarse por contra más esclavo de sus pasiones que antes. A partir de aquel momento, Fernando se había convertido en su pater, y no necesitó expresar con palabras que Gabriel le debería lealtad a partir de entonces. La misma lealtad que se había apresurado a romper al cometer aquel terrible crimen.

—Debería usted matarme —susurró Gabriel con la voz preñada de convicción.

—Sí, debería —fue la dura respuesta. Fernando se puso junto a él y le miró desde su considerable altura, para luego darle la espalda—. Y sin embargo, no lo voy a hacer. —Gabriel levantó los ojos, y por primera vez en toda la noche se atrevió a mirar directamente a su pater—. A pesar de todo, eres mi prognatus. Eso debe de valer para algo. 

—Entonces, ¿qué va a hacer conmigo? 

—No lo sé. Ni puedes ayudarme a deshacer el mal que has hecho, ni te quiero a mi lado, al menos por el momento. Tendrás que expiar tus pecados como mejor sepas, si es que algún día llegas a conseguir tal cosa. 

Gabriel no sabía cómo sentirse al ver que no recibiría el castigo que creía merecer o la posibilidad de redimirse, pero mientras veía cómo su pater se dirigía a la puerta se dio cuenta, con creciente tristeza, de que no era lo suficientemente importante para él como para que se dignara a darle ni una cosa ni la otra.

«Fernando no entiende el poder de tu verdadera naturaleza». El recuerdo de esas palabras irrumpió en su mente, y con él la leve sensación de reconocimiento de una íntima conversación mantenida a oscuras, el contacto de un cuerpo cálido contra el suyo y una intensa añoranza, pero con la misma rapidez con la que vino, el recuerdo empezó a diluirse antes de que le diera tiempo a identificarlo. Intentó con desespero aferrarse a él, evocar el sonido de aquella voz, el movimiento de aquellos labios, la mirada de su confidente, sin lograr visualizar ni su rostro ni las circunstancias de esa conversación, a la vez que el recuerdo se deshacía como jirones de niebla al amanecer.

Sin embargo, aquel huidizo comentario, cuyo eco apenas se había esbozado en su memoria, le había dejado una certeza: Fernando nunca le había entendido o, al menos, no lo había hecho hasta el momento de ser testigo de la violencia que podía desatar, a pesar de haber reconocido lo que había en su interior desde la primera vez que se vieran.

«Tienes al wa-yewta en tu interior». Y ahí se va a quedar, pensó decidido a no dejarlo salir nunca más. Ahora que ya comprendía la naturaleza violenta de tal entidad, Gabriel se prometió luchar cada día de su vida contra él.

Al verse solo, se incorporó lentamente, oyendo a su cuerpo protestar por la postura adoptada durante toda la noche. Poco a poco se deslizó hasta abandonar el rincón que había estado ocupando y se incorporó. Miró a sus pies el montón de libros que Fernando había dejado caer tras observarlos detenidamente. Eran libros infantiles, comprobó con cierta sorpresa, fábulas de Esopo, historias populares, cuentos de los hermanos Grimm, Perrault o Andersen, como si la habitante de aquel dormitorio fuera una niña pequeña, y no la joven de esbelta figura que sus vestidos dejaban adivinar. Se agachó para recoger el libro que había llamado su atención unos minutos antes. Como todos los demás, era un libro para niños, una recopilación de cuentos clásicos. Lo hojeó, observando los grabados que ilustraban las diferentes historias: dos huérfanos perdidos en el bosque; una princesa mordiendo una manzana envenenada; la sirenita que moría por amor; el amenazante lobo, que miraba con ojos lujuriosos a una dulce niña. 

Unos pasos en el piso inferior le hicieron darse cuenta de que no estaba solo. Su primer instinto fue pensar que su pater volvía, pero tras prestar atención unos segundos se convenció de que no era así. La presencia que percibía en la casa no era poderosa, como la de Fernando, sino pequeña y apocada. Sus pasos eran ligeros, como los de alguien acostumbrado a pasar desapercibido, y ahora recorrían el piso inferior en completo silencio, desprendiendo una tristeza infinita. Una profunda sensación de pérdida, que nada tenía que ver con el dolor que aún sentía por la que fuera su víctima, le asaltó súbitamente, y tardó unos segundos en darse cuenta que no provenía de sí mismo. Fue entonces cuando Gabriel se percató, con enorme asombro, de que en realidad no escuchaba aquellos pasos, sino que los sentía de alguna manera que no alcanzaba a comprender, de la misma manera que sentía el dolor que aquella mujer —pues ahora sabía sin lugar a dudas que eso es lo que era— dejaba tras de sí como el olor de un penetrante perfume. Con los ojos cerrados frunció el ceño, concentrándose al máximo en aquellas percepciones tan nuevas para él, y le pareció acercarse tanto a ella que casi la pudo visualizar, así como percibir el lento bombeo de su corazón y el incesante impulso de la sangre en sus arterias. Un torrente de emociones y pensamiento ajenos le golpeó, dejándole casi sin aliento, y visualizó con total claridad la imagen de una doncella de enormes ojos ambarinos y rostro en forma de corazón. Un escalofrío le invadió, como si el de amor, la culpa y los remordimientos que la mujer albergaba por ella no le fueran completamente ajenos. De pronto sintió como si esa joven le mirara fijamente, como si no fuese la mera contemplación de un pensamiento ajeno, sino como si ella también pudiera verlo, como si le estuviese buscando. Luego la visión cambió, y con el estómago revuelto y el suelo balanceándose bajo sus pies la vio a bordo de un barco que se mecía en las olas, vistiendo con un camisón empapado de sangre, perdiéndose como una cáscara de nuez en la inmensidad del océano Atlántico. 

Sobresaltado por la intensidad de la visión, abrió los ojos y trastabilló, tropezando con la pila de libros y golpeándose contra la estantería. El estrépito originó una alarma en el piso inferior y Gabriel escuchó cómo la persona con la que compartía la casa corría escaleras arriba en dirección al desván con un destello de esperanza en su corazón. Pero mientras escuchaba cómo en el exterior la mujer descorría los pestillos y abría las cerraduras que mantenían la puerta sellada, Gabriel supo que no era a él a quien la mujer esperaba ver allí.

—Hija mía, ¿has vuelto? ¿Estás ahí? —exclamó, entrando precipitadamente en la estancia. 

Por un segundo, Gabriel pudo verse a sí mismo a través de aquellos ojos ajenos: una figura oscura y espigada, que se confundía amenazante con las sombras de la habitación. Observó cómo la mujer se quedaba paralizada por el miedo, escrutando la habitación con unos ojos que aún no se habían acomodado a la escasa luz que entraba por el ventanuco, y aprovechó esos segundos para huir. Lanzando un rugido, se abalanzó sobre la puerta abierta, golpeándola y haciéndola soltar una aguda imprecación a causa del susto. Bajó a toda prisa las escaleras que conducían al piso inferior, dejando a sus espaldas los gritos de la mujer. Alcanzó la puerta principal y no paró hasta alejarse calle abajo, cuando, tras resguardarse en un portal, se permitió detenerse. Solo entonces se percató de que aún llevaba en la mano el viejo volumen infantil que había hojeado en el desván. Sujetándolo fuertemente bajo su brazo, miró a su alrededor. 

Le pareció reconocer la calle en la que se encontraba y solo entonces se dio cuenta de que la casa de la que había salido tan precipitadamente era la del propio Fernando. El alumbrado público estaba ya apagado, pero a pesar de que el cielo mostraba el profundo azul del amanecer, el sol aún no era visible tras los edificios que le rodeaban. Los escasos transeúntes, en su mayoría tenderos que iban o venían del mercado a aquella hora temprana, lo miraban con disgusto, curiosidad o clara animadversión. Pudo sentir, emanando de ellos, una miríada de opiniones, sentimientos e ideas, y el reflejo de su propia y desarrapada imagen le desagradó profundamente.

—Aparta, borracho —le espetó un hombre que salía del portal en el que se encontraba.

Sintiéndose terriblemente humillado y deseando huir de las miradas ajenas, se alejó a toda prisa para meterse en calles menos concurridas, cada vez más alejado de la zona pudiente de la ciudad. No se detuvo hasta llegar a un destartalado edificio cerca de la zona portuaria. Se coló en el interior aprovechando que un vecino salía del portal y subió las escaleras hasta el último piso, donde había un cuartucho de alquiler. Esperando que el inquilino siguiera siendo el mismo, tocó con vehemencia a la puerta.

—¿Quién es a estas horas? —oyó a través de la puerta tras varios insistentes toques.

—Antonio —contestó al reconocer la voz—, abre, que soy yo.

Escuchó una precipitación al otro lado y, pocos segundos después, la puerta se abrió de golpe. Se encontró mirando frente a frente a un joven de cabellos ensortijados y redondas mejillas, cuyos ojos exageradamente abiertos mostraban sorpresa.

—Gabriel —balbuceó—. ¿Qué haces aquí? Te dábamos por muerto. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

No contestó, sino que se dejó observar. Suponía el deplorable aspecto que debía presentar, y por un segundo lo percibió a través de la mirada de su amigo: delgado, famélico, con la camisa manchada y rasgada y un brillo animal en sus enormes ojos castaños. Sacudió la cabeza en un intento de alejar de sí pensamientos ajenos con los que no se sentía capaz de lidiar.

—He hecho algo terrible —dijo con parquedad. 

Sin decir una palabra, Antonio se quitó la bata de dormir y la puso alrededor de sus hombros, haciéndole entrar en la habitación. Luego, tras mirar a ambos lados del rellano para cerciorarse de que no había nadie alrededor, cerró la puerta.

2

Como alguno de ustedes (los que me siguen en redes sociales) deben saber ya, sigo vivita y coleando, y si no había actualizado este blog era por pura vagancia, por un lado, y por falta de tiempo y de ideas por el otro.
Pero no vengo aquí hoy a llorar sobre la leche derramada, sino a deciros que me volveréis a ver por aquí.
El motivo es que este pasado fin de semana he iniciado en wattpad la publicación de la que será mi segunda novela, El sabor de las manzanas rojas. Publicaré con periodicidad semanal fragmentos de capítulos, con semanas de descanso para subir el PDF del capítulo completo aquí en el blog, en la página de ESDLMR.
Algunos de los capítulos, si no todos, irán acompañados de una fotografía y una canción, que también subiré al blog. 
Los que me lleven siguiendo en el blog desde el inicio, quizás reconozcan algunos de los personajes y planteamientos de esta nueva novela, pues está basada en un relato que empecé a publicar en los inicios del blog, y que nunca terminé. Os dejo con la sinopsis y la portada.
Tienes al wa-yewta en tu interior. Lo has alimentado con sangre. La oscuridad ya nunca abandonará tu alma.»
  Gracias a que conserva muy vivo el recuerdo de un horrible crimen cometido en los albores del siglo XX, el vampiro Gabriel sobrelleva su vida noctura con mesura, mezclándose con la variopinta gente que puebla su bulliciosa ciudad cada anochecer. Pero cuando una extraña pareja empieza a frecuentar el Noctivagus, bar gótico que él regenta, no sólo le despertarán viejos sentimientos, sino que también traerán consigo las consecuencias de un oscuro pasado que Gabriel ni siquiera recuerda, y que le obligará a enfrentarse de nuevo con el sanguinario demonio que habita en su alma.